domingo, 21 de octubre de 2018



Los ríos del Municipio Zamora

Aníbal Palacios B.

         La palabra “rivalidad” proviene del latín “rivalis”, y esta de “rivus” (riachuelo, arroyo). Es que antes los ríos eran tan importantes para las comunidades que  solía generarse disputas sobre su propiedad, acceso y uso. Cualquier manantial, quebrada o riachuelo era defendida y protegida con afán porque representaba la vida. Con el tiempo los ríos fueron descuidados y el hombre buscó otras excusas para pelearse con el prójimo.

Cuando empezamos a perder ríos
         En el municipio Zamora, durante las primeras seis décadas del recién finalizado siglo XX las autoridades políticas que rigieron el destino de la comunidad siempre se preocuparon por los ríos que bañaban nuestros valles, y cuando intervinieron en ellos fue con el fin de aprovechar parte de su caudal para acercar el agua a la población urbana. Vino luego el triste período que abarca desde los años setenta hasta el presente, donde una gran cantidad de Concejales y la totalidad de los Alcaldes se han comportado de manera negligente con el municipio en general y con sus ríos en particular, que desde entonces han sostenido una desigual lucha contra los políticos indolentes, los depredadores forestales, funcionarios indecentes, explotadores comerciales, invasores profesionales, usuarios inescrupulosos que confunden ríos con autolavados y  ciudadanos indiferentes. Solos, con la única asistencia de organizaciones civiles impotentes.

Dique El Norte
A las autoridades municipales de 1936 les corresponde el honor de haber construido un dique en la Hacienda el Norte para llevar agua a la población, sin destruir el río, con menos recursos económicos, menos tecnología y sin legislación ambiental protectora. Los gobernantes del Municipio de mediados de los años setenta llevarán en sus conciencias haber destruido el río Pacairigua al cerrar el caudal del río Norte, para llevar agua a la población de Guarenas; les pareció más fácil y económica esa solución en lugar de preservar las fuentes precisamente para poder llevar agua a las comunidades sin destruirá mediano plazo el preciado tesoro.

Por ello pretendemos hoy reseñar una especie de inventario del potencial hidrológico del Municipio Zamora, con el fin de exhortar a la comunidad a enrolarse en una campaña de rescate de todas los ríos y quebradas que riegan los valles de Guatire y Araira, que permita legar a las generaciones futuras los que en buen estado recibimos de la generación que nos precedió.

Las lágrimas eternas del Ávila

La Churca
Al extremo Oeste de la población, en el sector conocido como Zamurito, aunque no tan cerca del pico del mismo nombre, nace el río Santo Cristo, conocido como río Zamurito por efectos de la suplantación toponímica que el nombre de la antigua hacienda cafetera usurpó por cortesía de los pobladores urbanos. El río Santo Cristo discurre por las laderas y al llegar a la falda de la montaña recibe las aguas del río Perque, proveniente de predios guareneros y de esa confluencia nace el río Guatire, que por obra y gracia de la comodidad lingüística popular y la negligencia e ignorancia de las autoridades municipales en materia toponímica, se le conoce como El Ingenio, ante la majestuosidad de la antigua hacienda homónima más productiva de la comarca hasta mediados del siglo XX. No obstante, insistimos, su denominación autóctona, oficial e histórica es río Guatire, nombre emblemático de la otrora apacible aldea Santa Cruz del Valle de Pacairigua y Guatire, cuyo apelativo defendemos por tratarse de la toponimia en la cual se fundamenta los orígenes de la población. Lo que equivale a decir que es un punto de honor, no se negocia; no existe en el municipio Zamora ningún rio que se llame El Ingenio, a despecho de aquel proyecto que se convirtió en bodrio al que pretendieron llamar Parque El Ingenio por un inexistente rio que solo fluía en la mente de sus promotores y cuyas aguas, no podía ser de otra manera, se volvieron turbias y lo condujeron al fracaso.

El río Guatire riega uno de los dos valles que sirven de escolta a la colina donde se erigió el pueblo, tiene aproximadamente 8,5 kilómetros de longitud y al llegar al sector Las Barrancas se orienta hacia el Este en busca del río Pacairigua, al cual se une cerca de la entrada de Sojo.

Un poco más al centro del territorio zamorano nace el río Norte, cuya cabecera está justamente en la hacienda cafetalera del mismo nombre, a una altura de 1400 metros, cerca del pico Pinturel. Su recorrido es de poco más 10 km. Una hermosa cascada, playa y balneario conocida como La Llovizna, que deleitó a varias generaciones de guatireños, era el regalo de despedida de este río antes de unirse al río Aguasales, para dar vida al río Pacairigua. La falta de imaginación, la desidia, la incompetencia, la mediocridad, la negligencia o quién sabe qué intereses, llevaron a que las autoridades de entonces prefirieran arruinar un río que construir un dique, destruyendo a su vez un hermoso paraje recreacional cuyo diseño costó a la naturaleza sus buenos siglos para obsequiárselo a esta comunidad.

La Llovizna
Si continuamos hacia el Este (Con el CEMAG se puede realizar un recorrido completo), nos encontramos con el río Aguasales, a veces llamado La Siria y definitivamente mal llamado La Churca, que no es más que un atractivo pozo: Nace entre las filas de Aguasales y las Perdices, entre 1600 y 1800 metros de altura y su longitud es de 9 km aproximadamente; al igual que el río Norte en su final, obsequia el Aguasales a la muchachada guatireña un hermoso y emblemático pozo para que luzcan sus dotes clavadistas, aunque con muchísimo riesgo físico, por lo que no lo recomendamos. Lo cierto es que a pocos metros de La Churca, los ríos Norte y Aguasales llegaron a unir sus corrientes para formar otro de los íconos toponímicos representativos de nuestra ciudad: el río Pacairigua, a veces mentado Santa Cruz por la terca comodidad pueblerina de asociar el nombre del río a sus haciendas de caña. Su longitud es de 12 km y cerca de la entrada de Sojo, los ríos Guatire y Pacairigua se unen, y se impone el nombre de este último hasta su confluencia, en El Calao, con el río Grande, que a muchos kilómetros de allí recibirá también las aguas de los ríos Araira, Chuspita y Morocopo para adentrarse en territorios del municipio Acevedo.

Los cristales andantes de Araira

Ya en la acogedora parroquia Bolívar, tenemos el río Araira que nace en las estribaciones montañosas que conforman los topos El Oso y Cogollal (o Majagual, como también le llaman) a una altura que varía entre los 1600 y 1800 metros sobre el nivel del mar. Su longitud es de 18 km aproximadamente desde su vertiente principal en el topo El Oso hasta su desembocadura en río Grande.
Si dejamos atrás las otrora Colonias y nos adentramos un poco en busca del famoso lar de las mandarinas, nos encontramos primero con el río Chuspita, que nace en las vertientes Este y Sur del topo Majagual, a unos 1400 metros sobre el nivel del mar, y drena entre Las Pavas, topo Redondo y topo El Camejo, con un recorrido aproximado de 25 kilómetros, lo cual lo convierte en el de mayor longitud de los ríos de nuestro municipio; desemboca también en el río Grande, que recoge todas las aguas guatireñas con excepción del río Salmerón.

El río Salmerón nace en los sectores conocidos como Brazo Grande y Brazo Chiquito, montaña adentro, entre topo Redondo y la Fila del Viento, aproximadamente a 1.000 metros de altura, se nutre con Quebrada Honda y se dirige a la Fila de las Perdices en un recorrido aproximado de 12 km., y confluye en la quebrada de El Bagre, en el sector Las Tapas, a partir de ese lugar pasa llamarse río Capaya, que nace en territorio zamorano y luego se dirige a regar los valles del municipio Acevedo, donde decae topográfica y ambientalmente.
Las montañas de Santa Rosalía y El Amarillo, a una altura relativamente baja de entre 400 y 600 metros, dan vida al río Cupo, que se nutre de las quebradas de María, los Saltrones y El Amarillo, y con una longitud aproximada de 13,5 km., drena también hacia el río Grande.

El Río Grande y su carga de angustia 
        Por la parte Sur es poca el agua que riega tierras guatireñas, pero allí tenemos al río Morocopo, con una longitud aproximada de 6,5 km. que nace entre las filas de Morocopo y Tierra Negra, al sudeste de Cupo y desemboca en río Grande, en el sector Los Jobos del Municipio Acevedo. Es precisamente ese río Grande que tantas veces hemos mencionado, el mayor colector de las aguas zamoranas, y el único que no mana de nuestras montañas. Recorre una distancia aproximada de 18 kilómetros. Se trata del mismo río Guarenas que cambia el nombre al entrar en tierras zamoranas y al nutrirse de las aguas de estos valles. Se extiende por todo el flanco sur del municipio y su cauce natural fue modificado en parte por la construcción de la autopista de Oriente. Tiene el dudoso honor de recibir también las aguas servidas de Guarenas y Guatire, efectos estos que llegan al río sin ningún tipo de tratamiento, en franca violación del Decreto N° 883 del 11/10/95, que establece las Normas para la Clasificación y Control de Calidad de los cuerpos de Agua y vertidos o efluentes líquidos, publicado en la Gaceta Oficial Nº 5021, Extraordinaria, del 18 de diciembre de 1995.

Las Quebradas, chicas pero cumplidoras

En cuanto a las quebradas, la conocida con el poco elegante nombre de Cañaote del Barrio, otrora tuvo una denominación más ostentosa: los indios la llamaban Taparaquao, o quebradas de las taparas, y por su cauce fluía agua clara de manera constante. También se le llegó a conocer como quebrada de El Palmar, hasta que decayó su grandeza y con ella la sonoridad de su nombre.
Otra quebrada que vio pasar mejores tiempos fue la de Care, o Cara, cuyas aguas también fluían de manera permanente. Por los lados de la Urbanización La Rosa (donde nunca hubo flores sino gamelote que los vecinos acudían a rozar, en busca de alimentos para los animales domésticos, por lo que la llamaron simplemente “la roza”), tenemos a la porfiada quebrada Muñoz, que en su terco discurrir se negó a morir ante la acción urbanística y reapareció a poca distancia con otro nombre, laguna La Rosa, para ver si la dejaban quieta. Por los lados de El Rodeo, en un sector hoy llamado Altamira, muy cerca del botadero de basura, también corre una quebrada que en algún momento llegó a servir de mucha utilidad a los agricultores de la región, hasta que vino el progreso y le interpuso un basurero. En su mejor época llegó a conocerse como la quebrada de Ceniza, cuando sus aguas regaron este pequeño valle ubicado en la entrada de Araira. Por su parte, el cauce de la quebrada de Canela sólo corría agua durante el invierno tropical.

Nuestra intención y anhelo imperecedero
Nuestra pretensión no es otra que la de insistir en la necesidad de establecer un programa de rescate de nuestros ríos que permita, a la vuelta de una década, verlos fluir nuevamente con la majestuosidad de antaño. Las leyes otorgan facultades a la comunidad organizada para tratar este problema que es demasiado delicado e importante como para dejarlo en las manos de los dirigentes políticos, que por lo demás han demostrado ser incompetentes para solucionarlo.

 
Guatire, octubre de 2018
palacitto@gmail.com















 

martes, 9 de octubre de 2018


La emblemática conserva de cidra
Aníbal Palacios B.
          El origen de la conserva de cidra, el dulce más representativo de la artesanía culinaria guatireña, hay que buscarlo siglo XIX abajo, a juzgar por el testimonio de quienes convirtieron su elaboración en una actividad comercial organizada, sistemática y rentable a principios del siglo pasado.
 
          La cidra; así, con ce, porque la conserva de sidra (con ese) podrá ser acaso un pay de manzana, pero la tradicional, auténtica y exquisita conserva guatireña es elaboraba con cidra que traían indistintamente de Jericó, Chuspita del medio y el Bautismo directamente a la casa de la familia Espinoza ubicada en un sector conocido entonces como La Lagunita, que hoy llamamos calle Santa Rosalía. Antes de eso la golosina era elaborada por diversas familias para un mercado básicamente local y en ocasiones puntuales como fiestas patronales y eventos de menor envergadura pero que congregaban a muchos vecinos en un solo lugar. Conversamos con Nelly Tovar Espinoza, sobrina-nieta de quien tiene el mérito de haber enriquecido la cultura culinaria de tres generaciones de guatireños. Nelly habla con la convicción y la emoción que da el haber vivido la experiencia.

Francisca, la emprendedora
          El término emprendedor ha tomado mucha relevancia en los últimos años pero ya a principios del siglo XX Francisca Espinoza era toda una mujer ingeniosa y pudo visualizar que la confección de la conserva de cidra realizada con criterios fabriles no solo mantendría a su familia en una época de economía deprimida sino que además, podía proyectarse como una referencia aldeana de la granjería criolla aún por sobre otras ofertas como el Pan de horno, el Papeloncito de azúcar y el Almidoncito de Yuca, para hablar solo de los tres dulces más distinguidos del arte culinario local. Tal fue su previsión, disposición y empeño que la conserva de cidra hoy por hoy representa el alimento más emblemático de la gastronomía aldeana, tal vez por exclusiva y seguro por deliciosa, a pesar de que la actual generación la desconozca porque no se produce con la regularidad de antaño.
         En 1925, Margarita Rico enseño a Francisca Espinoza y a la familia Graterol el proceso de elaboración del dulce, pero fue Francisca quien le sacó más provecho al aprendizaje. De inmediato compartió con sus hermanas y sobrinas todo lo aprendido y les instruyó sobre la manera de comercializar el producto. Así, siempre innovadora, formó una especie de cooperativa familiar con Antonia (quien se convirtió en lo que hoy llamaríamos la chef), Eva Luisa, Dilia y Fortunata. Se desconoce si Francisca había leído La Riqueza de las naciones de Adam Smith o si fue puro olfato productivo, lo cierto es que nuestro personaje pronto comprendió la necesidad de aplicar el concepto de división del trabajo y, siempre en familia, incorporó a las primas Porto-Espinoza (Olga, Juanita, Rosa Amelia),

Proceso de elaboración
        La cidra es una fruta cítrica pulposa parecida a una parcha granadina de concha gruesa y áspera. Llegaba a la casa de las Espinoza en La Lagunita en sacos de 50 kg aproximadamente. Miguel Ángel Lima era uno de los principales proveedores. La actividad  comenzaba con el lavado, que de por sí requiere mucha agua para quitarle el sabor amargo; luego se procede al rallado. Para esta parte del proceso productivo, dada la ingente cantidad de frutos que requería satisfacer la demanda del producto, se construyó un rallo especial con una lata (recipiente de aceite o manteca de cochino en forma cúbica) extendida cuyos huecos se forjaban con un clavo. Este duro trabajo lo realizaba Alejandro Gámez Espinoza (Nano) en casa de las Porto, ubicada en el Cerro de piedra de la calle Miranda, contigua a la Santa Rosalía, que formaba parte de la cadena de producción. Es pertinente aclarar que a diferencia del dulce de Cabello de Ángel, la pulpa de la cidra se desecha; es la concha del fruto la que se utiliza para elaborar la conserva. Luego viene la molienda; para esto se utilizaba una máquinas Corona, frecuentemente usadas para moler maíz pilado (que estaban es desuso pero cuya renovada demanda es producto de la crisis económica actual). Juanita, Ninfa, Rosa Amelia, Ana Luisa y Socorro conformaban esta unidad operativa.
El Criollito, salida de la calle Santa Rosalía
       Una vez colocada la masa en grandes azafates venía la cocción. Para esto se disponían de enormes pailas de bronce de un metro de diámetro y medio metro de profundidad, sobre un fogón de leña que transportaban en burro hasta la casa de las Espinoza, y a fuego lento, por espacio de tres horas,  entraban en acción las paleteras, con una especie de remo de madera. Este pesado trabajo lo realizaba un equipo conformado por Dilia, Lucina (Vitola), Conchita Pérez y Dominga Pérez. El azúcar también era materia prima guatireña, y lo proveía la prestigiosa Hacienda La Margarita en sacos de 10 kg (cada paila empleaba esa cantidad). Una vez terminada la cocción la conserva se tendía en bateas moldeadas en madera (que fabricaban los Ruiz en la carpintería ubicada justo en frente de la casa de las Espinoza), se oreaba y el proceso finalizaba con el secado al sol por espacio de tres a cuatro horas y requerían voltearse por ambas caras. Esta etapa es fundamental en la confección del producto puesto que le da el característico y distintivo endurecimiento exterior de la conserva y mantiene la suavidad y textura de la parte interna. Con días nublados no se elaboraban conservas y si al atardecer no estaban a punto, las conservas se almacenaban en un cuarto especial, porque no podían serenarse. El aroma del delicado producto atraía a los vecinos, pero estos eran potenciales clientes; el problema eran las abejas que había que espantarlas con soplete y quitar cuidadosamente las ponzoñas de aquellas que no lograban ser persuadidas.
       Finalmente se envolvían en papel blanco de bodega a razón de dos unidades por paquetes y se ofrecías al público a un precio de 0,75 bolívares (real y medio, en los términos monetarios que aún se usaban en aquel entonces, pero que pertenecían a la unidad monetaria derogada por Antonio Guzmán Blanco cincuenta años antes), que para aquel entonces equivalía a casi un tercio de dólar.

Subproductos
A la izquierda, Bodega de Peruchito Toro
       Los limoncitos eran una especie de complemento de la conserva; constituían la delicia de los niños porque su precio era más accesible: un centavo (0,05 céntimos) que por lo general era la única moneda al alcance de toda la chiquillería. Tenían la forma de un limón, de allí su nombre, pero la materia prima era la misma, aunque no tenían la misma textura del revestimiento de la conserva. Para los efectos económicos Francisca Espinoza pensaba en todo, la producción del limoncito facilitaba lo que hoy conocemos como el indispensable ”flujo de caja”.
       Nelly Tovar Espinoza, docente, destacada atleta guatireña y cantante, por lo demás, nos cuenta que también había una especie de departamento de Seguridad encargado de que los niños de la familia no metieran la mano, porque pese a la sana y severa costumbre del respeto y el persuasivo método de la mirada severa  y, en casos extremos, la oportuna cachetada (o chancletada), el aroma era una tentación muy grande. Confiesa que llegó a infringir las normas en varias oportunidades y recibido el justo castigo, pero eso nunca la detuvo, y eran justamente los limoncitos la razón de sus tormentos.

La distribución
        Braulio Istúriz, ya célebre por la elaboración de sus papeloncitos de azúcar, era el encargado de distribuir el producto en el mercado caraqueño aprovechando la amplia cartera de clientes cautivos que tenían sus golosinas. Así, los mercados de Coche, San Jacinto y Quintacrespo esperaban ansiosos la llegada de Braulio. Gustavo Matico Tovar se encargaba de los clientes de Guarenas y Barlovento, y en Guatire usted podía comprarlos en el Restaurant El Criollito (en la esquina de la calle Bermúdez con Santa Rosalía), la bodega de Peruchito Toro (donde hoy está el BOD) y la Panadería Urrutia (final de la Bermúdez, cerca de la actual panadería  El Socorro).
        Rómulo Betancourt fue el primero en llevar el producto al exterior. En sus frecuentes visitas a Guatire, públicas o clandestinas, solicitaba las conservas de cidra, primero donde las Espinoza, luego en casa las Porto, y solía embalarlas para disfrutarlas en sus viajes como Jefe de Estado. Ya para los años sesenta la segunda generación de la familia Espinoza se fue a Caracas, pero sus primas, las Porto, continuaron con la tradición desde su casa en el Cerro de Piedra. El producto perdió presencia externa porque el crecimiento de la demanda local absorbía la producción, pero paradójicamente se regó por todo el país porque los guatireños viajantes la repartían por todas partes a manera de obsequios.  
Clara Pacheco
    Las Porto ya creciditas se mudaron a Caracas y decayó la elaboración de este apetitoso manjar, pese al empeño de las Arnal, vecinas de las Porto, quienes obtuvieron la receta, y de Clarita Pacheco que además de mantener la tradición culinaria del Almidoncito de yuca, ha luchado por rescatar el de la conserva pero tiene un grave problema: no consigue quien le suministre la cidra. Clarita está dispuesta a dictar talleres para su elaboración si obtiene la materia prima de manera constante. Otros artesanos de la culinaria local se han sumado al proceso de elaboración de la conserva de cidra, pero sin lograr el punto exacto de su exquisitez que le da la ausencia del amargo característico de la fruta.
Guatire, octubre de 2018



 

 

 

 

 

domingo, 30 de septiembre de 2018


Guatire, cuna del beisbol femenino venezolano
Aníbal Palacios B.

En 1962 un grupo de jóvenes guatireñas se mete de lleno en la historia deportiva de Venezuela. Un flamante, poderoso y, por supuesto, hermoso equipo de beisbol, salta al terreno del estadio Miguel Lorenzo García a practicar un deporte que para los habitantes de Guatire constituía no sólo el único y necesario entretenimiento dominical urbano, sino que además era un espectáculo del cual se consideraba muy conocedor, lo que lo convertía en un público muy exigente.

El comienzo                              
Carmen González, Cilio Vegas, Ciola Isturiz y Cruz Gómez
Beisbol, no kickingball ni softbol. Las muchachas guatireñas, fanáticas que cada domingo animaban desde la tribuna a los equipos Gavilanes, Zamora, Alacranes, Lanceros  y Guatire Star, decidieron que era un buen momento para recibir ellas los aplausos y silbidos; sí, silbidos, no pitas, de quienes antes ellas aclamaban. Cirilo Loro Vegas comenta la idea con Pragedes Silvera, a la sazón presidente del equipo Zamora, a quien le agrada el planteamiento y ofrece financiarlo; seguidamente se lo comunican a Baltazar Guillén, presidente de la Liga de Beisbol del Distrito Zamora, y reciben el visto bueno correspondiente; luego buscan a Cruz Puñalito Gómez como entrenador. La conformación del equipo era más fácil; el estadio siempre se veía abarrotado de bellas mujeres animando a sus clubes favoritos, sólo había que alzar la vista y comenzar a invitar a estas jóvenes, que no se hicieron rogar; además la mayoría de ellas eran atletas de otras disciplinas deportivas “más femeninas”, de acuerdo con los preceptos sociales de la época. La resistencia vendría de parte de algunos padres, pero sobre todo de los novios de las futuras jugadoras. Así, las chicas se dispusieron emular a las damas norteamericanas que en 1943 conformaron el All American Girls Professional Baseball.

Pioneras
El equipo llevaba por nombre 3 Estrellas y estaba conformado por Nelly Reverón, Carmen González, Carlina Porras Briñoles, Evelia García, Pilar Palacios, Emma Pinto, Elsa Castillo, Miguelina Correa, Mercedes Rondón, Graciela Istúriz, Rosita Rondón (Madrina) y Marbelys Cruz (Mascota). Cilio Loro Vegas, manager; Cruz Puñalito Gómez, entrenador y Pragedes Silvera, una especie de Delegado, completaban la divisa. Iniciaron sus prácticas luego de los días de carnaval (marzo) del año 1962; dos días en la semana, por las tardes, las muchachas llegaban al estadio Miguel Lorenzo García para aprender técnicas de bateo, fildeo, recorrido de bases, manejo de señas; en fin lo que entonces se conocía como “rudimentos” del beisbol. La tarea difícil fue encontrar contendientes porque no habían rivales femeninas contra quien jugar y los equipos juveniles de Guatire no aceptaban el reto que continuamente le lanzaban para calibrar a este club, ante el temor de perder el juego y quedar mal parados ante los fanáticos locales, lo cual, ciertamente, hubiese sido deshonroso. Las chicas seguían practicando mientras Baltazar Guillén continuaba indagando a través de la Asociación de Beisbol del estado Miranda, sobre la conformación de algún equipo y acicateaba a sus colegas dirigentes de la región a conformar clubes que enfrentaran a las damas guatireñas, hasta que meses después su búsqueda o su exhortación tuvo éxito.

Debut
El trabuco femenino
La imagen muestra de pie, izquierda a derecha, a: Cruz Puñalito Gómez, Pilar Palacios, Emma, La Negra, Pinto, Josefina Castillo, Rosa Rondón, Miguelina Correa, Mercedes Rondón, Graciela Ciola Istúriz, Cilio Loro Vegas, Pragedes Silvera y Baltazar Guillén. Agachadas: Nelly Reverón, Carmen González, Marbelys Cruz, Carlina Porras Briñoles y Evelia García.

La constelación de hermosas chicas saltó al terreno del estadio Miguel Lorenzo García para su primer encuentro el 17 de junio de 1962. El uniforme era una franela blanca con tres estrellas dibujadas, mono negro y zapatos deportivos. Su rival, un club compuesto por hermosas jóvenes cuya sola presencia imponía respeto, formado en el sector La Balsa, cercano a Mamporal. La capacidad del estadio fue insuficiente para albergar la gran cantidad de espectadores que acudieron a la cita para ver el primer partido de beisbol femenino del cual se tuviera noticia en el país, debidamente documentado, con el aliciente de una vieja rivalidad entre Guatire y Barlovento, ya considerada un clásico peloteril mirandino. No está demás aclarar que pocos fueron los fanáticos que asistieron al estadio motivados por este último factor. Las chicas no decepcionaron al público, no sólo por el triunfo, sino porque estas jóvenes se dieron por entero en el terreno de juego.

     - “Yo era receptora, y jugaba mi posición como tal”.  - Nos comenta Nelly Reveron. –
     - “Abría bien las piernas para ampliar la zona de strike, y me colocaba en la clásica posición de un buen receptor”.

Al mejor estilo de Santiago Rondón, extraordinario e histórico receptor guatireño. Todos los asistentes al estadio (alrededor de mil personas) excepto uno, admiraron la calidad, solvencia y eficiencia del trabajo de Nelly. Ese único fanático disconforme, paradójicamente su más ferviente admirador, estuvo disgustado durante todo el encuentro: se trataba del novio de la bella jugadora (Ramón X.), que consideraba poco elegante la manera de jugar de Nelly. No obstante, es pertinente destacar que el criterio general de la calificada concurrencia fue que la hermosa jugadora no perdió glamour.

Alineación
El equipo jugó de la siguiente manera:
   ·         Carmen González (2B)
   ·         Nelly Reverón (C)
   ·         Graciela Ciola Istúriz (1B)
   ·         Carlina Porras Briñoles (3B)
   ·         Miguelina Correa (SS)
   ·         Pilar Palacios (LF)
   ·         Mercedes Rondón (RF)
   ·         Evelia García (CF)
   ·         Emma La Negra Pinto (P).

      - “Éramos deportistas” – nos acota Emma Pinto –“Yo representé a Zamora en muchos campeonatos estadales de voleibol”.

En efecto, se trataba de un compacto grupo de mujeres activas en los menesteres deportivos, pero que nunca habían agarrado un guante y un bate de béisbol, con la sola excepción de Nelly Reverón, quien desde niña vivía metida en el estadio jugando con los varones, por la sencilla razón de vivir a unos cincuenta metros del terreno y ser una atleta consumada.

Detalles fuera del terreno
Como elemento pintoresco, nos cuenta Emma Pinto que casi todas tenían por apodo el nombre del novio que por lo demás era un destacado pelotero de los equipos “AA”.
      -       A mí me decían Reyita”-

Por Reyes Navas (Reyito), lanzador del Gavilanes con una recta de 90 millas. No faltó algún exagerado admirador de la hermosa chica quien dijera que la recta de Emma nada tenía que envidiar a la de Reyito, y hasta la compararon con la de Juan de Mata García, otra vieja gloria de nuestro beisbol.
      -       El apodo de Carmen González era “Ricardita”-

Su novio, Ricardo Reverón, fuerte bateador de Gavilanes, al parecer no le transmitió sus secretos a Carmen por lo que ella se convirtió en hábil tocadora de la pelota, recurso que explotó con éxito.
      -       A Nelly la llamaban “Ramoncita” (de su celoso novio ya nos referimos).

El desquite 
El equipo visitante invitó a sus rivales a una revancha en Rio Chico, y hasta allá fueron nuestras hermosas representantes. El resultado también fue favorable al 3 Estrellas. No era cuestión del terreno de juego, había superioridad técnica; “es que estas damas guatireñas se tomaron el asunto muy en serio”, señala Cirilo Vegas, el manager

Hoja de vida
Todo equipo de beisbol que se precie de aguerrido tiene en su currículum una que otra tángana y 3 Estrellas no sería la excepción. Por el equipo guatireño la estirpe señala que la protagonista de la pelea no podía ser otra sino Graciela Ciola Istúriz, hija de Vicente Machadito Istúriz, temperamental, fogoso y excelente jardinero central del Gavilanes de los años cuarenta.
      -       A pesar de que le estábamos dando una paliza – o tal vez por eso-, en la novena entrada la lanzadora me dio un pelotazo, ¡y mire que tiraba duro! Me le fui encima y se armó la trifulca”.

Bagajes del oficio, dirían algunos. Se vaciaron los dogouts y el asunto no pasó de allí; sin rencores, como suele suceder en estas riñas que definitivamente forman parte del espectáculo.
 
Paradojas
Ser un equipo ganador incidió en la corta vida del club; las chicas continuaron practicando un par de meses más, pero para la época no era fácil encontrar rivales en esta categoría, y al tratarse de un trabuco nadie se animaba a enfrentarlas; ya decíamos que hasta los fuertes equipos juveniles de Guatire y Guarenas se negaron a jugar contra estas valerosas mujeres; la vergüenza ante una posible derrota les hubiera obligado a emigrar a lejanas tierras. Pero ese día, 17 de junio de 1962, estas bellas damas escribieron, sin saberlo, unas cuantas páginas en la historia del beisbol aficionado venezolano. Sólo nos queda decir que muchos novios y pretendientes suspiraron con alivio cuando el equipo dejó de jugar.



jueves, 23 de agosto de 2018


Guatire no tiene Plaza Bolívar
Aníbal Palacios B.

A mediados del año 1995 la comunidad guatireña se enfrentó al gobierno local que pretendía, en aras del progreso, la magnificencia y el derroche, desterrar al olvido lo que constituye uno de los patrimonios históricos y culturales más significativos del pueblo de Guatire desde su fundación.

 
La plaza principal de Guatire no se llama Plaza Bolívar; es más, Guatire no tiene plaza Bolívar. La plaza que todos conocemos frente a la iglesia, con la estatua pedestre del Libertador es la Plaza 24 de Julio. Su nombre no es caprichoso; todo lo contrario, tiene un profundo significado histórico que enaltece el gentilicio guatireño. La estatua de Simón Bolívar que allí admiramos fue adquirida por colecta pública entre todos los pobladores de aquel Guatire del año 1930:  comerciantes, hacendados, peones de las haciendas, empleados del comercio, amas de casa y hasta los niños estudiantes de la Escuela Federal Narvarte (varones) y de la Escuela Federal N° 74 (mujeres) que con orgullo cedieron sus  centavitos de la merienda escolar, aportaron, acorde con sus disponibilidades, el dinero que permitió adquirir tan significativa escultura.

Antecedente patrimonial
Añadir leyenda
La plaza de Guatire no tuvo nombre hasta finales del siglo XIX. Ubicada exactamente en el lugar que hoy ocupa el abandonado, feo e inútil estacionamiento del Centro Cívico, actual sede del Concejo Municipal, la plaza era un pequeño lugar de encuentro, con una fuente en su centro, rodeada de árboles, flores y palmeras, bordeada por una empalizada, que luego fue sustituida por una estructura de hierro y en lugar de la fuente se colocó un faro, y se arreglaron las caminerías. En 1917, por iniciativa de Antero Muñoz, comerciante guatireño de la época con gran ascendencia en la población, se logró que el municipio Zamora del estado Aragua donara a Guatire un busto de Ezequiel Zamora, que fue enviado desde Villa de Cura hasta Caracas, y de allí, en una carreta, lo trasladaron a nuestra población; a partir de ese momento la plaza pasó a conocerse como Plaza Zamora.

Antecedente histórico

El 5 de mayo de 1929, a las 4 y media de la tarde, hubo un alzamiento en Guatire contra el régimen de Juan Vicente Gómez. La conspiración local se enmarcaba dentro de una descoordinada rebelión nacional que en Miranda comandaba el general Norberto Borges. La rebelión fue abortada, pero los guatireños no se enteraron y actuaron según lo planeado. La conjura fracasó, no obstante en el enfrentamiento murió el Jefe Civil Luis Rafael Ostos y un funcionario policial. Juan Francisco Pacheco era el jefe de los insurgentes que, entre otros, conformaban Néstor Silva, Eugenio Muñoz, Gregorio Suárez y Félix Mijares. Desde Araira se incorporaron Natividad Rojas y sus hijos Miguel y Simón González, Luis Mario Monroy  y los hermanos Fernández, según relato de Ángel María Daló, quien agrega que Ramón Dorta no estaba implicado pero juzgó que de todas maneras lo acusarían y decidió sumarse al movimiento. Por su parte Andrés Pacheco 
Plaza 5 de Julio
Anderson (Pachequito), quien no tenía nada que ver con el asunto, se convirtió en el primer preso debido a que su ímpetu juvenil, tenía 18 años, le llevo a tomar el viejo Ford Tablitas del Jefe Civil e informar a todo el vecindario sobre los acontecimientos, para luego ir a Guarenas con el mismo propósito, pero fue detenido y torturado. Al resto de los alzados se les persiguió y luego de su detención  fueron enviados a la Rotunda, lugar donde ya les esperaba Pachequito.

A partir de ese momento Guatire cayó en desgracia para el gobierno de Gómez, tanto así que se pretendió hasta silenciar su nombre, y según un calificado relato de Elías Centeno, cuando la prensa capitalina tenía la necesidad de referirse a Guatire, solía utilizar expresiones como “… de una población mirandina…”.


Para el año 1930, con motivo del Centenario de la muerte del Libertador, el general Juan Vicente Gómez, entre otras disposiciones, ordenó que cada pueblo de Venezuela tuviese una plaza con un busto o una estatua del padre de la Patria, financiada por el gobierno nacional. Cuando las autoridades guatireñas fueron a Ocumare del Tuy, capital del estado, y solicitaron en la Gobernación de Miranda el busto de Bolívar que correspondía a nuestra población se les negó la petición, por alzaos. Ante esta situación, los honorables 

Plaza Zamora
ciudadanos guatireños constituyeron una Junta que conformaron el doctor Ramón Alfonzo Blanco (
Presidente), el padre Jacinto Soto (Vicepresidente), el doctor Manuel Hernández Suárez (Secretario), Elías Centeno (Tesorero), Antero Muñoz, Régulo Rico y Pablo Antero Muñoz, entre otros, quienes no se quedaron con los brazos cruzados y decidieron que la negativa de ayuda oficial no era motivo suficiente para que Guatire no rindiera un homenaje a Bolívar, por lo que decidieron solicitar a la población una colaboración para adquirir un busto del padre de la patria. La respuesta fue tan contundente que los fondos aportados (Bs. 27.139.80, según el calificado testimonio de Ángel María Daló) permitirían adquirir no ya un busto sino una estatua a un costo de Bs. 30.281,67. La diferencia, Bs. 3.141,87, la aportó la municipalidad. Eran tiempos de transparencia administrativa y no existía malversación; en otras palabras… bueno, ustedes entienden.



Plaza vieja - Iglesia vieja
Lo cierto es que acordaron remodelar la plaza y  erigir una estatua en lugar de un busto.
La efigie escogida fue la de Bolívar estadista y guerrero, como se le conoce. Se trata de una réplica de la escultura de Pietro Tenerani (1789-1869) erigida originalmente para la Plaza Bolívar de Bogotá en 1846, que fue la primera estatua pública del Libertador en el mundo. En Ciudad Bolívar también existe una réplica de la misma obra, del año 1869, según relata César Urbano Taylor en una publicación titulada Pietro Tenerani: el escultor del Libertador. De manera, que no es cierto que la estatua de nuestra plaza haya sido solicitada directamente al famoso escultor italiano (ya había fallecido), ni importada desde Francia o Italia. No había recursos suficientes para adquirirla, ni el tiempo para tramitarla, vaciarla y trasladarla, ya que fue levantada el 17 de diciembre de 1930.

Por lo demás, las autoridades mirandinas consideraron un desacato que los guatireños insistieran en tener su plaza y presionaron para que no llevara el nombre del Padre de la Patria, por lo que se optó por denominarle Plaza 24 de Julio. Fue un acto de resistencia pacífica activa contra el gomecismo, y toda la comunidad participó en el mismo. Elías Centeno describió el momento de la siguiente manera: “…Con este gesto correspondió Guatire a la negativa que se le hiciera, reconquistando así de manera insólita su derecho a ser un pueblo venezolano. No con fondos nacionales, sino con el dinero del pueblo…”. El 17 de diciembre de 1930, con un solemne acto público, Guatire conmemoró los cien años de la muerte del Libertador, y bautizó la plaza como 24 de Julio.  
 
La defensa patrimonial

Años después, en 1995, el Alcalde Arístides Martínez abatía la ilustre figura de su pedestal para sustituirla por una estatua ecuestre; demostrando así un absoluto desconocimiento de los valores patrimoniales del municipio que gobernaba, en una acción que subestimó el ímpetu de una joven generación de guatireños, que logró movilizar a la comunidad para impedir que la soberbia de un funcionario se impusiera por sobre el sentimiento popular y relegara al olvido una gesta histórica que representa precisamente una demostración de resistencia a las arbitrariedades de los gobernantes. Fue el poeta Rafael Borges quien siguiendo los consejos de un viejo bardo guatireño, Elías Calixto Pompa  (“… entreabre con amor tus labios viejos, y alumbra al joven que te sigue el paso, con la bendita luz de tus consejos”), dolido, preocupado e indignado, exclamó en la plaza ante un grupo de jóvenes: 

Plaza vieja - Iglesia nueva
“!Cómo es posible esa barbaridad;  eso es un crimen contra los valores culturales de un pueblo, a ustedes los muchachos les corresponde salvaguardar y honrar la memoria histórica de esta comunidad, cómo vamos a dejar que nos quiten nuestra estatua¡” Seguidamente detalló las intenciones del Alcalde y  explicó las razones por las cuáles la estatua de Bolívar no era tan sólo un monumento más erigido al padre de la patria, sino que tenía una connotación diferente para aquella generación de guatireños que en el año 1930 se atrevió a enfrentar la tiranía para rendir homenaje al Libertador. La arenga caló entre los jóvenes y el movimiento rescatista sumó adeptos en toda la población. La gesta reivindicadora creció y se constituyó el Comité Pro Defensa de la Plaza 24 de Julio, al frente del cual estaba, entre otros César Gil, José Manuel Milano, César Martínez, Oswaldo Gómez y Marcos Milano. Hubo movilización hacia los planteles educativos, las organizaciones culturales, deportivas, políticas, vecinales y ambientalistas de Guatire, lo que fortaleció al Comité.


Y se prende la mecha.
El Alcalde pretendía colocar en la plaza una estatua de Bolívar civil encargada al prestigioso escultor Julio César Briceño, pero la comunidad guatireña no aceptó la imposición. No se trataba de rechazar una obra de indiscutible valor artístico e histórico como la figura creada por Briceño; se trataba de defender el legado histórico de la población, y así se le hizo saber al Alcalde y a los Concejales. Pero prevaleció la prepotencia de los gobernantes y la estatua fue bajada de su pedestal a pesar del sólido razonamiento que constituía el hecho de ser un genuino y enaltecedor patrimonio público, de esos que dignifican la lucha de los pueblos. La actitud del Alcalde enardeció a los guatireños y a la iniciativa del Comité de Defensa de nuestra plaza se le fue sumando gente, que poco a poco iba aportando su granito de arena a la causa, y es así como Pedro (Pepote) Muñoz entrega un documento de significativa importancia en la discusión planteada: el programa elaborado para los actos del 17 de diciembre de 1930, denominado: OFRENDA QUE EL PUEBLO DE GUATIRE DEDICARÁ A LA MEMORIA DEL LIBERTADOR SIMON BOLIVAR EN EL PRIMER CENTENARIO DE SU MUERTE, y en reunión realizada en el salón de sesiones del Concejo Municipal, se acuerda que la estatua debe permanecer en su lugar. Pero la soberbia obnubila el entendimiento, y el Alcalde decidió días más tarde desconocer dicho acuerdo bajo el argumento de que ese “grupito” de personas no representaba el sentir popular.

Vista desde el Grupo Escolar
La Alcaldía decide invitar al doctor Marcos París del Gallego, Director del Ceremonial y Acervo Histórico de la Nación, en su búsqueda de apoyo, pero los delegados voluntarios de la comunidad guatireña iban multiplicándose día a día, y esta vez le tocó a Marcos Lander, viejo amigo del académico, sumar su aporte: alertó al ilustre visitante sobre la polémica existente, y París del Gallego, a la par de exaltar las bondades de la estatua ecuestre, lo cual nunca estuvo en discusión, recomendó escuchar la voz del pueblo, y ese pueblo gritaba ¡Devuélvannos la estatua! Ante la sordera oficial aunada a una campaña mediática que tenía por objeto descalificar la voluntad popular, la movilización continuó, y el Comité decide convocar una Asamblea Popular para el día 1º de noviembre de 1995 en la Casa Sindical; la masiva asistencia exigió a los organizadores acciones contundentes para la defensa del patrimonio histórico y cultural de Guatire, el panel lo conformaban César Gil, Cronista Oficial de la Ciudad y los citados José Manuel Milano, César Martínez y Oswaldo Gómez, quienes logran contener con mucho esfuerzo, a la exacerbada e indignada concurrencia. Privó la sindéresis y la Asamblea se canalizó dentro del riguroso contexto histórico que le era propio. Ese día se acuerda por unanimidad dar un ultimátum al alcalde en manifiesto escrito donde se insta a colocar la estatua en su lugar de origen en un plazo no mayor de 15 días.

Volvió la estatua
Al final, las autoridades ceden ante el peso de las circunstancias, y la estatua pedestre regresa al lugar al cual pertenecía por decisión popular, el poeta Rafael Borges que se encontraba presente en ese momento aplaudía con el entusiasmo de quien ve en ese acto un desagravio a aquellos guatireños de 1930.  

 
La estatua de Bolívar Ecuestre, del escultor Julio César Briceño, inspirada en un cuadro del pintor  Norberto Liendo, se convirtió entonces en una especie de jarrón chino, y comenzaron a buscarle desesperadamente un lugar, cualquier lugar, donde ubicarla. Su escultor negó categóricamente haber exigido a la Alcaldía que retire la estatua de su taller en Las Barrancas, y manifestó que pese a tener un convenio para su custodia, conservación, mantenimiento y protección, jamás le pagaron. El proyecto original era construir una plaza con el nombre del Libertador al lado del Centro Comercial Guatire Plaza, a través de un acuerdo de los constructores con la Alcaldesa Carmen Cuevas, cuya exigencia no fue concretada por ese gobierno. Años después, en 2016, los gobernantes de turno consideraron que ese espacio era más adecuado para ubicar buhoneros y construyeron allí una especie de centro comercial para ellos, mientras confinaban la estatua en la orilla del rio Guatire en la Urbanización Castillejo, en un parque denominado Paseo Ezequiel Zamora;  un final que, podemos decir, no fue tan feliz.