miércoles, 6 de julio de 2016


La Parranda de San Pedro:
¿De Guatire o de Guarenas?
Aníbal Palacios B.

A estas alturas, cuando por más de doscientos años ya hemos recorrido un largo trecho, cultores sanpedreños guareneros se mantienen sumergidos en un marasmo existencial para tratar de convencerse a sí mismos sobre la insostenible hipótesis de pretender que la Parranda de San Pedro es originaria de Guarenas. Algo que no preocupa en absoluto a sus semejantes guatireños que lo consideran una disputa irrelevante, estéril, vana, intrascendente y extemporánea, entre otras razones porque nadie puede demostrar nada que supere las especulaciones sinsentido.

La actitud de estos parranderos deviene en la de un padre irresponsable de dudosos sentimientos de culpa y arrepentimiento, que nunca atendió a sus hijos, jamás les dio afecto, ni cuidó de su alimentación, salud y educación, pero cuando el joven adquiere un título académico (Summa Cum Laude, por lo demás), intentan figurar en la fotografía de rigor ocupando un inmerecido primer plano, para luego, pasada la euforia del momento, volver a desaparecer de la vida del hijo  abandonado. Esa no es la actitud. Desde hace muchos años, los parranderos guatireños escogieron el camino de la atención, difusión, consolidación y proyección de la leyenda, primero en la propia aldea y luego allende nuestros límites geográficos; los resultados están a la vista. En un artículo publicado en www.guatire.com, la excelsa pluma de Marlon Zambrano zanja la discusión en los siguientes términos: “El San Pedro es aquello que nos contaron y en lo que depositamos fe ciega. Nadie sabe cómo, cuándo y dónde nació pero todos, a través de la tradición oral, afirman que fue entre Guarenas y Guatire, cabalgando los siglos XVIII y XIX en respuesta de los esclavos a la liturgia sincrética que diluía la devoción chamánica con la ceremonia eclesiástica”.

La hacienda San Pedro
Un argumento repetitivo es que la existencia de una hacienda San Pedro en Guarenas demuestra por sí sola que la parranda nació allí. Esto pudiera envalentonar a los habitantes de una populosa y ferviente Parroquia caraqueña para argüir que la Parranda de San Juan se originó en esos lares, por las mismas razones, y que los curieperos se la apropiaron impunemente, y en consecuencia emprendan una orquestada campaña publicitaria y legal para recuperarla. La Patrona de Guarenas es la Virgen de Copacabana, como la Santa Cruz lo es de Guatire, pero era una costumbre colonial (aún vigente) que los dueños de hacienda tuviesen un santo patrón particular de acuerdo con la devoción de cada quien, e incluso cada familia también, indistintamente del patrono del pueblo o de la hacienda, tan sólo tenía que registrarla en el Libro de Matriculas correspondiente, aunque no fuese un requisito obligatorio. En Guatire, por ejemplo San Pedro era Patrono de casa y hacienda  de Doña Isabel Gil Arratia, y Patrón de Casa de Gregorio Joseph de la Pompa, como lo han documentado en diferentes investigaciones el historiador René García Jaspe y la antropóloga Hortesia Caballero. Por lo demás, es pertinente acotar que parte de la hacienda San Pedro abarca predios del Municipio Zamora.
Ahora lo que nos falta es que venga Juan Luis Guerra a decirnos que la Parranda nació en San Pedro de Macorís basado en la creencia y premisa publicitaria  “¡Dominicana: Donde todo comenzó!”
Otro argumento esgrimido es el hallazgo de una supuesta partida de nacimiento de una niña llamada Rosa Ignacia. Ignoran los ponentes que para la fecha en que se supone nació la infanta, no se emitían “partidas de nacimiento”; más allá del hecho de ser María, Rosa e Ignacia nombres comunes en la comunidad colonial. Si María Ignacia hubiese bautizado a su hija con el nombre de Garbiñe Ignacia, tal vez podrían especular un poco más, pero que sepamos por estos lugares, Garbiñe hay una sola, por cierto guatireña.

¿Un venezolano ganó el Premio Nobel de Medicina?
Quizá lo correcto es decir que un científico norteamericano nacido en Venezuela ganó en 1980, conjuntamente con dos colegas, el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, pero tiene mayor efecto periodístico decir que se trata de un médico venezolano. Sólo que él nunca se consideró tal. Baruj Benacerraf vivió sus primeros cinco años en Venezuela y se mudó a Francia con su familia en 1925, donde completó su educación secundaria, y en 1940 viajó a Nueva York  a estudiar en la Universidad de Columbia. El científico narra su vivencia en los siguientes términos: Tengo un fuerte sentimiento de identidad con mi patrimonio cultural, que puede haber moldeado gran parte de mi personalidad. Soy de ascendencia española, judía y sefardí. Mi padre nació en Marruecos, cuando era una colonia española. Mi madre nació en Argelia, recibió una educación francesa estándar y tenía el equivalente de un diploma de secundaria, que difieren, en este sentido, de mi padre, que era en gran parte autodidacta y tenía apenas suficiente educación para aprender a leer y escribir español”. (Benacerraf, Baruj: From Caracas to Stockholm: A Life in Medical Science. Prometheus Books; First Edition, August 1, 1998). Es decir, no se sentía venezolano, y con mucha razón.
Nacer en una ciudad específica es un evento circunstancial; no somos de donde nacemos sino de donde nos formamos. La Constitución Nacional obvia el lugar de nacimiento para considerar venezolano a un ciudadano, siempre que cumpla algunos parámetros y declare su voluntad de serlo. Por lo demás, los hijos de inmigrantes que llegan al país desde muy niños se sienten venezolanos. Incluso Elio Bolívar (ex Cronista Oficial de la Ciudad) en una oportunidad manifestó su preocupación porque los guareneros nacían en Guatire, ante la insuficiencia de centros asistenciales en Guarenas, pero no por ello dejaban de ser guareneros, acotamos nosotros. Así que discutir la nacionalidad del científico y la regionalidad ciudadana por el mero afán de darnos golpes de pecho nos parece un acto banal.

Parranda popular vs. Parranda familiar
En Guatire, el San Pedro siempre ha sido una Parranda comunitaria, colectiva, de arraigo popular. Nació en los tablones de caña y aún conserva ese tenor pueblerino de antaño que reivindica sus orígenes. La Parranda de Guarenas tiene un carácter familiar, exclusivo, y esto lo  decimos sin el ánimo cuestionador que siempre han utilizado muchos guareneros para ocultar su indiferencia e indolencia hacia la parranda. “Los Núñez creen que esa parranda es de ellos” argumentan para justificar su apatía y hasta su irresponsabilidad. Nosotros, por el contrario, siempre hemos considerado que, en todo caso, gracias a que los Núñez siempre creyeron que era de ellos, Guarenas tiene Parranda, porque nadie más se ocupo de ella. No obstante, es hora de abrir el compás y fomentar que comunidades como Los Naranjos, Las Clavellinas o Menca, tenga su propia parranda. Por nuestra parte, siempre hemos señalado que a pesar de lo masivo de nuestra tradición, cada comunidad que tenga una iglesia o una capilla (como Araira, Las Rosas, Las Casitas y Las Barrancas) debe salir a parrandear cada 29 de junio, dentro del marco de la tradición. Las Parrandas del 23 de Enero, del CEA y la Fundación, deben ser las abanderadas en esta tarea y marcar las pautas en ese sentido.

San Pedro de Guatire
Desde hace muchísimos años guatireños y araireños han realizado una constante, silenciosa, incansable y metódica labor para salvaguardar y difundir nuestras costumbres, de allí que cuando en 1948, con motivo de la toma de posesión de Rómulo Gallegos, Juan Liscano presentó a Venezuela y al mundo la diversidad y riqueza de las manifestaciones culturales del país en un festival llamado La Fiesta de la Tradición, estuviera presente la Parranda de San Pedro… de Guatire. Antes de ese momento, febrero de 1948,  las tradiciones culturales de cada pueblo eran desconocidas más allá de las respectivas fronteras. Cuando en 1976 Armando Urbina organizó en Los Teques un festival teatral con las diferentes leyendas y tradiciones mirandinas, también estuvo presente la Parranda de San Pedro de Guatire ¡y Armando era guarenero! Recientemente, en junio de 2014, el Cuerpo Diplomático acreditado en el país acordó rendir honores a la Parranda de San Pedro luego de ser declarada por la UNESCO Patrimonio Universal Inmaterial de la Humanidad, y se llegó hasta la humilde iglesia de la Santa Cruz de Pacairigua en Guatire. Por otra parte, artistas como Elizabeth Rodríguez, Pasacalle, Edgar Alexander, Henry Gil e Ilan Chester han grabado distintas versiones del San Pedro con el ritmo y la melodía de la Parranda guatireña, que se distingue por su lenta y acompasada cadencia. Todos estos reconocimientos hablan por sí solos del arraigo y la trascendencia de la Parranda de San Pedro de Guatire, y no son obra de la casualidad, sino frutos de la entereza, perseverancia y disciplina del parrandero guatireño, en una ardua y añeja tarea.
La Parranda de San Pedro de Guatire es un frondoso árbol constante y celosamente cuidado por voluntariosos jardineros que abonan su tierra, desbrozan  su entorno y podan sus ramajes díscolos, de allí su transcendencia.

domingo, 19 de junio de 2016


GUATIRE Y LA BATALLA DE CARABOBO:
una historia incompleta

Aníbal Palacios B.

Imagen: Dolis Quintana
 

El acontecimiento venezolano más relatado por historiadores, cronistas, ensayistas, e improvisados y patrioteros cuenteros de oficio y de afición, es a su vez, dada su trascendencia, el menos transparente de cuantos ocurrieron durante la guerra de independencia, en términos historiográficos.

 

De entrada, el título Batalla de Carabobo genera confusión, y en historia las indefiniciones siempre ocasionan polémicas, y las dudas, a su vez, restan credibilidad a la historia. Si a un absorto estudiante le preguntan cuándo ocurrió la Batalla de Carabobo y responde que el 28 de mayo de 1814, seguramente todos, docente incluido, se burlarían de él. Y resulta que efectivamente en esa fecha hubo una Batalla de Carabobo, muy importante, por lo demás. Entonces, ¿a cuál batalla nos referimos? Por antonomasia, se conoce como Batalla de Carabobo a un evento acaecido el 24 de junio de 1821, en Valencia, pero ocurre que la retórica lingüista es contraproducente en la narración de sucesos reales porque, entre otras razones, atenta contra un concepto básico en la investigación y posterior relato, denominado “rigor histórico”.


Historia para eruditos

Lo primero que se observa al leer las crónicas sobre la Batalla de Carabobo de 1821 es su narración en términos militares. Desde la escuela primaria nos enseñan que intervinieron compañías, tropas, batallones, divisiones, regimientos, escuadrones, pelotones, etc., indistintamente. Nadie se toma la molestia de explicarnos qué es y cómo está compuesto un batallón, un escuadrón o un pelotón, todo en grado superlativo, como corresponde al mundo militar. De las divisiones ni hablar, que ya bastante molestia nos generaba tratar de entender a la maestra cuando se esforzaba en explicarla, luego del sufrimiento (estrés le llaman ahora) que nos causó comprender la multiplicación. Tal vez de esa circunstancia se valen los militares para hacerse los locos y no dar detalles sobre su estructura organizacional.

Todo esto trae como consecuencia que casi doscientos años después se desconozca con propiedad cuántos soldados intervinieron en la contienda. Cada bando, patriotas y realistas, ofreció cifras dentro de un contexto estratégico válido para impresionar al enemigo pero carente de utilidad para fines de objetividad histórica. Desde 10 mil para unos y 6 mil para otros, siempre con ventaja numérica para los patriotas, hasta cifras más parejas y menos cuantiosas. Cada quien expone sus números, siempre inmensos y sin más explicaciones ni consideraciones de interés como por ejemplo lo concerniente a la dotación, alimentación y transporte de las tropas. Pareciera que cada soldado dispuso una cajita feliz con su taparita de agua correspondiente; para no hablar de otros temas relacionados con la especie humana y sus necesidades.

Y para corroborar aquello de que muchas, manos en el guiso ponen el caldo morado, hasta el mismísimo Carlos Marx, aquel que una vez (por cierto, por unos dólares norteamericanos) calificó a Bolívar de “canalla, cobarde, brutal y miserable”, y lo comparó con un “analfabeto,  sanguinario y corrupto” autonombrado emperador haitiano de mediados del siglo XIX, para consternación de los marxistas bolivarianos criollos, pues bien el revolucionario de marras no quiso quedarse al margen de lo acaecido por estos lares y ofreció sus cifras: 4 mil realistas contra 9 mil patriotas. Conclusión: Es falso el número de combatientes que, según nos enseñan, intervino en la batalla de Carabobo de 1821.

Carabobo 1821, ¿el comienzo del fin?

Debemos precisar que lo que hoy denominamos Venezuela, en términos jurídicos, políticos, territoriales, económicos y sociales existe desde 1930 y, ¿casualidad?, comienza precisamente en Valencia, muy cerca del Campo de Carabobo, a partir el denominado Congreso Constituyente de Valencia. En la Batalla de Carabobo de 1821 el ejército patriota logró una importante y significativa victoria que inclinó favorablemente la balanza para que dos años más tarde, con la Batalla Naval  del Lago de Maracaibo, se lograse el triunfo definitivo sobre las tropas realistas. Podemos convenir que con el triunfo logrado el 24 de junio de 1821 en Carabobo, el Departamento de Venezuela, que eso éramos en aquel entonces, aseguraba su independencia del reino español, pero la guerra no terminó allí, como se nos hace entender. Hubo que esperar dos años para lograr el objetivo de manera categórica e incuestionable, porque los reductos realistas en  Cumaná, Puerto Cabello, Coro y Maracaibo generan esperanzas en el ejército realista y si no inquietud, por  lo menos preocupación entre los patriotas. Los combates, enfrentamientos y escaramuzas continuaron hasta el 24 de julio de 1823 cuando en la citada Batalla Naval, las tropas que luchaban a favor de los españoles rindieron su definitivo y último esfuerzo.

¿Por qué se nos enseña que la independencia se logra con la Batalla de Carabobo de 1821 y no con la de Maracaibo de 1823? La batalla de 1821 fue el inicio de la liberación del Departamento de Venezuela o de la Capitanía General de Venezuela, que ambos nombres tenía según quien la aludiera.  Si a ver vamos, el Mariscal Francisco Tomás Morales, con la potestad que le confería su cargo de Capitán General de Venezuela, firmó el 3 de agosto de 1823 la capitulación que oficialmente puso fin a las hostilidades y de paso lo convirtió en la última autoridad del gobierno español en Venezuela, con las repercusiones políticas que el hecho implicó, dentro y fuera de nuestro territorio.

Antecedentes de la Batalla de Carabobo de 1821

Para no ir muy lejos, ubiquemos los antecedentes inmediatos de la referida batalla a partir del Tratado de Armisticio y el de Regularización de Guerra, dos acuerdos firmados entre la Gran Colombia (que no Venezuela) y el Reino de España representados por Bolívar y Morillo, respectivamente, en noviembre de 1920. Entre otras significativas consideraciones se estableció un cese de hostilidades y una tregua de seis meses que fue política y militarmente mejor aprovechada por los criollos, porque el enemigo esperaba directrices de la lejana y convulsa España que sufría su propia crisis institucional, que sin lugar a dudas incidió en las luchas libertarias de estos lares. El acuerdo concluyó antes de lo previsto. Maracaibo, que nunca se sintió parte del movimiento independentista, decidió unirse a la Gran Colombia en enero de 1821. Eso quiere decir que la guerra la reiniciaron los maracuchos con esa acción política y la culminaron ellos mismos con la acción militar sobre el lago, dos años más tarde.

 

Guatire en la Batalla de Carabobo: El Rodeo en el marco de la estrategia militar

Rota la tregua ambos contendientes sabían que Carabobo era el lugar que orientaría el rumbo por el que transitaría Venezuela. Por una parte, estaba muy cerca del poder político, Caracas y por otra, su condición de  encrucijada para acceder a cualquier lugar del país, lo convertían en lugar de importancia estratégica inequívoca y determinante. Así, sólo había que defenderla, los realistas, y atacarla, los patriotas. Pero estos optaron por una estrategia de distracción que haría creer a los comandantes españoles que el objetivo era Caracas, y para ellos dispusieron de uno de sus oficiales más destacados, y por ende con el suficiente prestigio para dar veracidad a las acciones militares que comandaba. José Francisco Bermúdez, inició un avance desde Oriente y enfrentó en Guatire, en El Rodeo para ser más precisos, el 12 de mayo de 1821, al ejército realista, al cual derrotó y persiguió por lo valles del Tuy y acosó hasta Caracas. El objetivo de Bermúdez no era tomar la ciudad, aunque no lo descartase, sino atraer fuerzas enemigas hacia él, y fue tan eficiente, que el Mariscal Miguel de la Torre, Comandante general de las tropas enemigas.se vio en  la necesidad de enviar tropas para retomar Caracas, y debilitó así las fuerzas con las cuales defendería a Valencia. La historiografía tradicional otorga poca relevancia a la Batalla de El Rodeo, pero sus protagonistas; es decir, el ejército patriota si valoró en su justa medida ese acontecimiento.

 
Guatire en el Correo del Orinoco

La primera edición extraordinaria del Correo del Orinoco (hubo dos más) publicada el 31 de mayo de 1821 fue dedicada a informar a Venezuela y al mundo sobre el éxito de lo que se conoció luego como la Batalla de El Rodeo, lo cual indica la importancia de la misma y que no fue un hecho casual, por lo que era necesario informar al ejército patriota que los planes se cumplían tal como se habían previsto, y que el general José Francisco Bermúdez había logrado atraer satisfactoriamente al ejercito adversario con sede en Caracas, para hacerle creer que la ofensiva final que se avecinaba tenía como objetivo esa ciudad .

La citada edición publica un oficio del general Bermúdez fechado en Caracas el 14/05/1821 en el cual notifica la “…evacuación de esta plaza por el enemigo después de haber sufrido ayer en el pueblo de Guatire un fuerte revés…”. La edición se complementa con otros informes relacionados con la batalla. Dos ediciones más tarde, N° 107 del 16 de junio de 1821, se publican notas sobre la trascendencia de la lucha escenificada en El Rodeo el 12 de mayo de 1821.

 
¿Retaliaciones históricas?

Si bien es cierto que la Batalla de Carabobo de 1821 fue determinante en la posterior liberación de Venezuela del dominio español, también lo es que la misma no terminó con la guerra. Hubo que esperar dos años más para lograr el ansiado objetivo, el cual se obtuvo no sólo con métodos militares en la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, sino también en términos políticos con la capitulación por parte de Francisco Tomás Morales, hasta ese momento Capitán General de Venezuela.

 
¿Por qué se subvalora lo acaecido en Maracaibo? ¿Es acaso retaliación por la  actitud marabina de no identificarse con la causa independentista sino hasta el último momento? La  pregunta quizá tenga rasgos de capciosa, pero no deja de llamarnos la atención el hecho de que cerca ya de cumplirse doscientos años  de la referida batalla, 24 de julio de 1823, y de la firma de la importantísima capitulación, 3 de agosto de 1823, aún se desconozca este último documento; es decir ha existido un notorio desinterés en encontrarlo y difundirlo, bien en los archivos españoles o en los colombianos, aunque los maracuchos han emprendido una especie de  cruzada para recuperar dicho documento, tal  vez en el marco de una campaña de desagravio histórico, que por lo demás, compartimos.

viernes, 13 de mayo de 2016


Hernán Rengifo,

Un verdadero servidor público

Aníbal Palacios B.

 

 

 

La política, como actividad pública orientada a la resolución de los problemas de la comunidad en el momento en que se ejerce y la capacidad de prever las dificultades que puedan presentarse en el futuro a fin de evitarlos a través de una planificación coherente, acorde con las características sociales y culturales de esa comunidad, donde todos los factores humanos actúan de manera convergente, tuvo en Hernán Rengifo un verdadero paradigma.

 

Muy pocos, poquísimos en realidad, dirigentes políticos a quienes en la mal llamada Cuarta República les correspondió hacer vida pública en Guatire entendieron cuál es la verdadera función de un dirigente político aldeano. De la quinta ni hablar, ninguno entiende, ninguno aprende, ninguno sirve. Si dividimos la función pública guatireña en dos grandes etapas, antes y después de la dictadura de Pérez Jiménez, nos encontramos con que los dirigentes de la segunda etapa están en deuda con la población. Los dirigentes comunitarios de antes no cobraban sueldos, no disponían alegremente de los dineros públicos y solucionaban todos los problemas de la comunidad; a saber, alumbrado público, agua potable, escuelas municipales y las calles arregladitas, porque aunque eran de tierra, no tenían huecos debido a una cuadrilla de obreros municipales que ganaban poco y trabajaban mucho. Los de ahora tal vez sigan ganando poco pero son muchos, en realidad demasiados, los que cobran y no trabajan, porque en aquel entonces no existía burocracia municipal.

 

Quizás el gobernante local (Alcalde o Presidente del Concejo Municipal) que entendiera cabalmente la función pública y la ejerciera consecuentemente fue Francisco Delgado, pese a las limitaciones presupuestarias de la época. Hernán Rengifo quien no ejerció como edil en nuestra población, pero que se desenvolvió como diputado en la Asamblea Legislativa del Estado Miranda por varios períodos, jamás se desligó de su comunidad, trabajo por ella a tiempo completo y, además, consciente de que, por guatireño, no debía dedicarse exclusivamente a este pueblo porque su competencia abarcaba a todo el estado Miranda, atendió también a toda la geografía regional.

 

Amigo de todos

A la hora de ayudar a algún ciudadano, Hernán no consideraba su militancia política; adecos, copeyanos, masistas, comunistas, miristas, causaerristas, izquierdistas variopintos, independientes y ciudadanos comunes y corrientes, siempre tuvieron en él a un amigo con el que podían contar para resolver algún problema o para solventar obstáculos relacionados con las actividades políticas y sociales de cada cual. Hernán era el único dirigente político aldeano que usted sabía dónde encontrarlo cuando lo necesitaba. Particularmente nunca pude entender cómo hacía para estar en un estadio de beisbol, cancha de bolas criollas, polideportivo, una barriada, una comunidad rural, bautizo, un entierro, la biblioteca pública, la plaza 24 de Julio, un acto del CEA, una celebración del CEMAG, el San Pedro, el San Juan, las alfombras de flores en Araira, las fiestas patronales Guatire, Araira, Chuspita, Salmerón y las Barrancas, y además tener tiempo para trabajar activa y eficientemente con legislador. Parecía poseer el don de la ubicuidad.

 

Obras son amores

Ningún político guatireño y probablemente ningún dirigente regional puede mostrar un catálogo de obras gestionadas para la comunidad como las que lograra Hernán Rengifo. Y conste que jamás hizo alarde de su trabajo como servidor público. No como ahora que se gasta más dinero en promocionar una obra que lo efectivamente gastado en el trabajo mismo. La sede del CEA en el Calvario, la del CEMAG en La Rosa y de la Orquesta Municipal en la Calle Zamora. La sala de Fisiometría y la sede del San Pedro en el 23 de enero, para hablar de instituciones civiles emblemáticas de la población, son logros obtenidos gracias a la terquedad de Hernán Regnifo ante los distintos gobernadores de Miranda. Nunca le detuvo la militancia política de gobernante de turno. No se trata de un listado taxativo, es una mera referencia a obras tangibles de utilidad pública forjadas por el espíritu silencioso de trabajador social que siempre caracterizó a Hernán Rengifo.

 

No pretendemos hacer con esta nota un reconocimiento póstumo; si algún dirigente político llegó a ser respetado, apreciado y valorado durante su vida pública, ese fue Hernán Rengifo. Jamás se valió de su posición política para atropellar a nadie, jamás utilizó recursos o privilegios de su status en beneficio propio y jamás cambió su personalidad; siempre fue un hombre humilde y sencillo y así se comportó como político. En la despedida de sus amigos, observamos que eran todos los que estaban, pero no estaban todos los que eran: faltaron algunas personas, hoy dirigentes o encumbrados simpatizantes del gobierno de turno a quienes Hernán ayudó mucho en épocas de desasosiego político y personal, pero que no tuvieron vergüenza para acercarse a despedirlo, o porque simplemente ya no conocen ni reconocen a nadie que en el pasado les haya tendido la mano.

 

A Hernán Rengifo la comunidad no le debe honores porque él nunca los buscó ni trabajó en función de ello, pero el reconocimiento de su labor no es un acto de justicia política sino histórica, y la historia aldeana sabrá reconocerle los méritos que como dirigente político tuvo, y la influencia de su comportamiento público en beneficio tanto de las generaciones con las que convivió como con las futuras, porque eso fue precisamente lo que le distinguió: su visión de futuro.  

 

¡Qué vaina contigo, Henry Gil!

Aníbal Palacios B.

 

Nuestra amistad con Henry era reciente, apenas databa de unos cuatro años. Pero fue sólida y fructífera, incluso didáctica. Claro que le conocíamos desde hace mucho tiempo. ¿Quién no conocía a Henry Gil en Guarenas y Guatire? Sólo que entonces le veíamos como alguien distante y difícil, esquivo y de mal talante, ermitaño y retrechero. ¡Cuán equivocado estábamos!

 El azar quiso que coincidiésemos una tarde en la panadería de Bartolo y compartiésemos un café. Preguntó por Tere Tere, y para nuestra sorpresa supimos que lo leía con la regularidad de su edición, le gustaba y lo difundía. Por supuesto con el disenso y el consenso que cada crónica le merecía. Los encuentros continuaron por un tiempo en el mismo lugar, pero siempre fueron casuales, sólo que la conversación abarcaba aspectos relacionados con la historia aldeana y nacional, música, literatura, política, etc. Y, otra sorpresa, de repente percibimos que Henry no era el tipo antipático, desapacible y huraño que él mismo se empeñaba en aparentar sino que se trataba de un individuo abierto, generoso, inteligente, agudo y con una humildad espiritual tan grande que, ciertamente, era necesario esconderla para no ser víctima de los aprovechadores de oficio.


Poeta, trovador, compositor, bohemio, amigo

Cambiamos el lugar de encuentros vespertinos, el local de Bartolo no disponía de las comodidades que las ya largas tertulias exigían, y nos mudamos al Centro Comercial Castillejo donde Gleixis Ortega detentaba un pequeño Café llamado Aga’s, que se convirtió en nuestro centro de operaciones. Esas tertulias permitieron conocerlo más, y mejor. Respetuoso con los caballeros, galante con las damas, Henry conservaba intactas sus cualidades de poeta y en más de una ocasión nos hizo sentir mal porque mientras uno tenía que hablar parejo para llamar la atención de una dama, llegaba él, tomaba una servilleta de la mesa y en par de minutos escribía un soneto que la hacía suspirar. Afortunadamente, en beneficio de la amistad, no abusaba de sus aptitudes.

Revolucionario, de los de antes, Henry Gil siempre conservó sus ideales en defensa de las causas sociales dirigidas a los menos favorecidos económica y socialmente, y cuando le correspondió ejercer funciones públicas, no traicionó esos ideales. Las generaciones actuales quizás desconozcan la valentía con que defendió los intereses municipales guareneros ante la toda poderosa compañía eléctrica local. Sus correrías políticas no las inició, como pudiera pensarse, dentro de las filas de Acción Democrática, sino de la izquierda venezolana. Un amigo español huido del franquismo, Manolo Huelves, le dio las primeras enseñanzas en materia de teoría política y Alfredo Mechita Gil, su hermano, se las consolidó. Luego, la madurez, los amigos y uno que otro regaño de César Gil Gómez, su padre, le recondujeron al camino de la democracia partidista y representativa. Sin embargo, Henry siempre prefirió mantenerse un tanto al margen de la militancia política, mientras era amigo de unos y otros y colaboraba con todos. Es que si eres político difícilmente puedes ser amigo a carta cabal, y Henry prefería la amistad.

Un buen día se nos ocurrió llevar parte de las conversaciones cotidianas, las musicales concretamente, a la radio y surgió el programa Tertulias, a través de Millenium en principio y luego en Súper Romántica. El programa fue todo un éxito y en buena medida se le debía a Henry Gil. Mientras este cronista tenía que leer libros, buscar viejas revistas y visitar páginas web para conocer sobre algún artista, resulta que Henry Gil se había echado palos con él, compartido escenario o simplemente conversado un rato en un lejano bar dominicano o de la Isla del Encanto. Amigo y admirador, de Alfredo Sadel, Henry grabó con su sello disquero y conoció a cuanto cantante criollo y extranjero actuaba en los auditorios caraqueños, incluidos los escenarios de las radioemisoras capitalinas, porque los programas eran en vivo, y él solía estar, como muchos, en la esquina del Teatro Municipal esperando un llamado de Radiodifusora Venezuela u Ondas Populares.

Henry estuvo en una audición con el maestro Billo Frómeta cuando se fue Felipe Pirela; era un tema del cual no le gustaba hablar mucho, pero un buen día accedió a contarnos la experiencia. Era un muchacho recién casado, y luego de la exitosa audición la esposa fue a hablar con el maestro; nuestro amigo desconoce el diálogo, pero luego Billo le dijo que la vida de un cantante de orquestas no era muy compatible con la idea de un matrimonio feliz, y hasta allí llegó todo, optó por el matrimonio. ¡Estabas enamoradísimo!, comentamos. Nos dirigió una mirada fulminante y dijo: ¡No joda, nos divorciamos a los ocho meses! No pude evitar reirme.

Durante muchos años Henry Gil y Pedro Escalona formaron un admirable dúo de parrandas, serenatas, presentaciones y actividades afines y consecuentes, para llenar de satisfacciones a muchísimos guareneros y guatireños y de tribulaciones a Ana Julia Pompa, esposa de Pedro. Fue tanta la compatibilidad, la armonía y la empatía entre ambos juglares, que algunos amigos, jodedores, por lo demás, decían que Pedro era el mejor guitarrista del mundo, porque era el único que se atrevía acompañar a Henry Gil; suponemos que igual dirían en Guarenas de Juancho Carpio. Es que Henry era muy exigente con los músicos que le acompañaban y no aceptaba una nota discordante y mucho menos un instrumento desafinado, un poco cual Camejo en su época. No conoció el arrepentimiento, sus errores los asumía con responsabilidad y los trataba con seriedad, no todos los corregía. Siempre nos manifestó estar satisfecho con lo que hizo y vivió;  de volver a nacer haría lo mismo, insistía.

          
Lo que nunca supo, lo que no aceptó

De sus amigos sólo quiso respuestas a temas que le inquietaban en su afán permanente de aprendizaje, de allí que si conocía un funcionario del CIPC, o como quiera que ahora se llame, en seguida indagaba si ya habían determinado quién fue que mató a Consuelo. Al dueño de una lencería le comentó: tú eres la persona que me puede explicar cuál es la tela del juicio. Así, de un maratonista experto o de algún ingeniero de carreteras pretendía que le explicasen cuál era el término de la distancia. Su cara seria no cambiaba ante el desconcierto de los interpelados.

En cuanto observaba que una institución o una comunidad necesitaba solucionar un problema o desarrollar un proyecto para consolidarse, pretendía a incorporarse a la consecución del objetivo, olvidando que ya no tenía treinta; lo malo era que además intentaba involucrar a quienes le rodeaban, y no era sencillo hacerle entender que uno tenía suficientes responsabilidades sociales y culturales que atender y que él ya no estaba para esos trotes. Poseía una habilidad extraordinaria para llamarnos la atención sin que pareciera un regaño y a su vez la virtud de saber escuchar explicaciones sin recriminar que le parecían excusas.

Si la palabra amistad tiene algún sinónimo más espiritual que semántico, ese es Henry Gil. De ello pueden dar fe Alexis Castro, Matilde Muñoz, Rosita, Luis y Mercedes Rondón, entre tantos con quienes compartió. Nosotros siempre sabremos valorar el afecto que nos brindó y los conocimientos que compartió.

El desorden de las Órdenes


EL DESORDEN DE LAS ÓRDENES

Aníbal Palacios B.

 Los Concejales del Municipio Zamora siempre han sido displicentes a la hora de promulgar Ordenanzas relativas al reconocimiento de méritos ciudadanos. La razón es sencilla, los Ediles sólo se interesan en la ciudadanía durante el breve período legal de las campañas electorales.

 De acuerdo con la Ley del Poder Municipal las Ordenanzas son de obligatorio cumplimiento por parte de particulares y autoridades, pero en el caso de las Ordenanzas creadas para rendir homenaje a ciudadanos preocupados por el municipio, observamos una desigual lucha entre la comunidad que exige el cumplimiento cabal de la respectiva Ordenanza y las autoridades empeñadas en desobedecer sus propios mandatos para imponer candidaturas basadas en afinidades políticas o personales, algunas con méritos, la mayoría sin ellos.

 El  pecado original

Se supone que el Concejo Municipal legisla y el Alcalde ejecuta, pero si en la normativa se establece que es un Concejal (generalmente el Presidente de la Comisión correspondiente) quien asume la ejecución de la Ordenanza, la circunstancia,  además de ilegal y absurda, se convierte en una especie de ucase, coto personal del edil y por ende, inoperante. Se trata de una usurpación de poderes mediante la cual, a través de una figura llamada Consejo de la Orden,  se otorga relevancia a la discrecionalidad como herramienta jurídica; es decir al no reglamentar sus potestades, estas se convierten en actos discrecionales. Por supuesto, para evitar conflictos internos, se otorgan distintas Ordenanzas a cada Concejal, o se rota a fin de que cada cual atienda sus cuotas de  compadrazgo. En estos casos el secreto radica en que el referido Consejo de la Orden, cuya conformación aparenta una imagen de pluralidad, es designado por el Concejal de turno, conforme a sus propios criterios e intereses, amparados en una potestad extralegal. No está demás agregar que cuando hablamos de desorden nos referimos también a que en el Concejo Municipal de Zamora se desconoce el número de ordenanzas vigentes, que muchas están desactualizadas en función del nuevo régimen legislativo, que su publicación soslaya los propios parámetros que la regulan, y que los ediles manifiestan una lamentable pereza legislativa a la hora de reformarlas. Observemos algunas normativas.

 

Orden Guerrera Urquía

A falta de héroes y heroínas propias, en 2009 a los ediles se les ocurrió honrar  “…a aquellas mujeres que han desempeñado un trabajo comprobado en pro de la lucha por la igualdad de oportunidades y condiciones…”. Por lo general este tipo de ordenanzas se promulgan para honrar a ciudadanos zamoranos, pero ésta no se limita a nuestra jurisdicción, tal vez por ello los concejales ignoraron la existencias de tantas meritorias guatireñas Lo cierto es que el curriculum vitae de esta guerrera se conoce más a través de las estampitas de imágenes de la santería que de las crónicas de la historia patria. A Urquía se le atribuye como mérito haber sido la esposa del indio Guaicaipuro, obviando que la institución social del matrimonio la impusieron los españoles durante el proceso de colonización; es decir cuando Guaicaipuro ya había muerto. La poligamia regia la sociedad indígena venezolana por lo que atribuir una esposa al héroe en cuestión no es más que afán propagandístico. La norma copia un elemento recurrente en todas las demás al ofrecer una venera de oro, que se estilaba en los años sesenta cuando una onza de ese metal era accesible hasta para el más humilde de los ciudadanos. Finalmente, asumimos que la imagen de la india que debe llevar la medalla es la que cualquiera puede observar en los establecimientos de santería, la cual varía según el gusto del artista, solo deseamos que no la hayan encargado al mismo diseñador del indio de Solamey. Se desconoce si se otorgó alguna vez, porque una de las características más comunes de todas estas ordenanzas es la ausencia de registros históricos.

 Orden del educador

La Orden, de acuerdo con su texto, no es para honrar a ilustres educadores aldeanos como Belén Blanco, las hermanas Hernández, Elías Centeno, María Pittol Jaspe, Manuel Ángel González y el maestro Fermín,  sino para homenajear  “… al grupo de abnegados educadores que fundó en Venezuela la primera Organización Gremial Docente, aquel histórico 15 de Enero de 1936, así como el insigne Maestro Narciso Simón Rodríguez Guevara…”, merecido sin duda, pero excluyente. No se establece fecha de entrega y  aunque alguien pudiera inferir que se trata del día del Maestro, pues no es así. Se confiere cuando se puede, o cuando alguien se acuerda. La gramática castellana es brutalmente atropellada en esta Ordenanza y, hasta donde sabemos, la autonomía municipal no tiene competencia en materia lingüística. No hay Capitulo I y si un Capitulo II; usted tendrá que suponer que las Disposiciones Generales corresponden a ese Capítulo I; en fin, una Ordenanza, poco didáctica para tratarse de docentes.

 Orden Régulo Rico

La Orden se crea “… en atención y  como complemento a lo establecido en el Artículo 4 del Decreto Ejecutivo de fecha 25 de marzo de 1996, dictado para rendir homenaje a… Don Régulo Rico Lugo, en ocasión de celebrarse el 30 del citado mes los primeros ciento veinte años de su natalicio”. El texto completo del referente instrumento legal, así como su fecha de publicación y número de Gaceta fueron datos poco importantes para los legisladores locales. Además de las tres clases de reconocimiento, la Ordenanza prevé la entrega de un diploma “Especial” a una miríada de candidatos que nos hace suponer que al tratarse de músicos, los legisladores se imaginaron el acto como una animadísima velada musical sin costo alguno para la municipalidad. Los períodos de postulaciones se anunciarán “oportunamente”, lo cual significa que nunca se anuncian y la comunidad se entera del nombre de los agraciados el día del acto.

 Orden Rescate de la Dignidad:

Lo primero que pensamos sobre esta Orden es que los ediles no encontraron en las filas de sus organizaciones políticas personajes dignos de recibirla, a juzgar por la poca trascendencia que tuvo. Y razón no les falta, al circunscribir el ámbito de los méritos al comportamiento de esos ciudadanos durante una fecha específica, ciertamente, no hubo mucho dónde escoger. Otra particularidad de la Ordenanza es que el reconocimiento no es permanente. Fiel a la costumbre del Ejecutivo Nacional de no dar titularidad sobre las prebendas que otorga,  la Orden está sujeta a revocación,  lo que nos lleva a pensar que de haber sido acatada en toda su extensión, y en consecuencia otorgado medallas de oro de 12 kilates, los favorecidos hubiesen vendido el recuerdito, en legítimo acto previsivo.

 Orden Villa Heroica

Se trata de una Ordenanza muy original: por primera vez en la historia de la instrumentación legal del Municipio los concejales ceden las prerrogativas de su ejecución al Alcalde; así se establece en el Artículo 9° del mandato. No obstante desde su promulgación hasta la fecha los concejales se han subrogado ese derecho. Si algún ciudadano solicita una copia de esta Ordenanza le suministran un ejemplar al cual le faltan los artículos 16 al 19; esto tiene un carácter más anecdótico que trascendental porque a fin de cuenta no  es mucho la atención que le prestan los ediles a las ordenanzas. Al igual que con las demás, la discrecionalidad y el irrespeto a las formalidades establecidas en la Ordenanza genera dudas, en algunos casos inmerecidas, sobre la pertinencia de los favorecidos.

 Orden Santa Cruz de Pacairigua

Se trata de la condecoración aldeana más importante que puede recibir un ciudadano en este municipio. Creada en 1983 su  intención era “… premiar a personas e instituciones que se destaquen en alguna actividad orientada al progreso y bienestar moral o social del Distrito Zamora del Estado Miranda”. Originalmente se estableció que la Orden se confería en una sola clase, y el Consejo de la Orden lo conformaban los  Concejales. Esta Orden preveía su revocatoria por causales específicos y otorgaba al Síndico Procurador Municipal el carácter de Fiscal Instructor de las posibles averiguaciones. La Ordenanza fue reformada en 1992, y se estableció concederla en tres clases; también se modificó la conformación del Consejo de la Orden para integrar al Alcalde como Presidente del mismo, al Cronista de la Ciudad y al Presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara como miembros permanente, además de otro Concejal, un representante de las Instituciones Culturales, uno de las Asociaciones de Vecinos y otro de la Cámara de Comercio, sujetos a ratificación o relevo. Se estableció un período de postulaciones comprendido  entre el 15 de marzo y el 5 de abril y se derogó inescrupulosamente la Ordenanza anterior, y al hacerlo eliminó los elementos que otorgaban realce a la condecoración: La Insignia, el Distintivo y el Diploma, minuciosamente descritos en la Ordenanza original. Podemos afirmar que el 28 de abril de 1992 el Concejo Municipal no  reformó la Ordenanza que creaba la Orden Santa Cruz de Pacairigua, sino que promulgó una nueva, deficiente, mermada y chucuta, por lo demás.    

Pero los desaguisados legales no culminaron allí, el 25 de noviembre de 1997 los concejales vuelven a sus andadas y sancionan una reforma parcial de la Orden Santa Cruz de Pacairigua y en su Artículo 1°, como Disposición Fundamental, se crea la Orden, generando la confusión de si se trata de una reforma o una nueva normativa y como quiera que la Ordenanza sobre la Gaceta Municipal establece, y el sentido común también, que cuando se reforma una Ordenanza debe publicarse el texto completo de la norma reformada y no es este el caso, se puede asumir que, ciertamente, se trata de una Orden nueva, más escueta aún que la anterior, lo cual es mucho decir; y para colmo, la hermosa y distinguida condecoración de otrora se redujo a un simple Botón y un Certificado de Acreditación. El Consejo de la Orden también se modificó; ahora lo conforman un representante del Alcalde, un Concejal, el Cronista y representantes de las Instituciones Culturales,  Educativas, Deportivas y de Comerciantes, uno por ente; esta vez los vecinos quedaron fuera. El período de postulaciones se ubica entre el 16 de enero  y el 16 de marzo. En la misma fecha, 25/11/9, el Ayuntamiento aprueba un Reglamento General de la Ordenanza, que pareciera no redactado por los concejales, a juzgar por su sencillez, claridad y especificidad. Paralelamente a estos tejemanejes leguleyescos, Carlos Grippa, representante de los comerciantes en el Consejo de la Orden, mantenía una quijotesca lucha por elevar y mantener la dignidad de esta distinción ciudadana, hasta que fue apartado por terco, quisquilloso y fastidioso; así, la más alta y otrora distinguida condecoración municipal, la Orden Santa Cruz de Pacairigua, perdió su relevancia e invirtió sus valores y razón de ser; ahora alguno que otro ciudadano, es quien da realce a la Orden, pese a ser seleccionado como cortina de humo.

sábado, 7 de mayo de 2011

Estudia, Trabaja, Descansa

ELIAS CALIXTO POMPA
El poeta de la familia

Aníbal Palacios B.

Si en algún momento los sonetos de Elías Calixto Pompa tienen una vigencia real, indispensable y hasta urgente, es precisamente este inicio del siglo XXI. K-Listo, su seudónimo favorito, es el poeta de los valores familiares. Nació en Guatire el 14 de octubre de 1837 en la casona de la hacienda El Palmar. Hijo de Gerónima Lozano y Gerónimo Pompa, militar e insigne investigador de las propiedades curativas de las plantas venezolanas, lo cual le llevó a publicar el libro “Medicamentos indígenas”, quizá la obra más editada, en el mundo entero, de venezolano alguno.

Elías Calixto, comerciante de profesión, poeta y dramaturgo de vocación, si bien no tenía espíritu de militar, a pesar de su ascendencia familiar, no pudo eludir los enfrentamientos políticos, que en aquella época eran elementos intrínsecamente ligados. Eso le valió cárceles e incluso exilio. Su poesía le permitió trascender las tierras venezolanas para difundir su sensibilidad humana por todo el territorio americano y convertirse en lectura recomendada, que no obligatoria, incluso en las aulas españolas, cuna de grandes poetas. Su encomienda al niño… "Estudia, y no serás cuando crecido ni el juguete vulgar de las pasiones, ni el esclavo servil de los tiranos"; su exhortación al joven… "Joven trabaja, sin cesar, trabaja; la frente honrada que en sudor se moja, jamás ante otra frente se sonroja, ni se rinde servil a quien la ultraja"; su exigencia al adulto… "Entreabre con amor tus labios viejos, y alumbra al joven que te sigue el paso, con la bendita luz de tus consejos", constituyen una exaltación de espiritualidad dirigida al ser humano en cada una de las significativas etapas de su vida, que le marcarán un rumbo y un sentido a su propia existencia.
Si en lejanos tiempos existió un médico de la familia, es decir una especie de  internista que atendía todos los problemas de salud de cada uno de los componentes del el hogar, desde el recién nacido hasta la abuelita, Elías Calixto Pompa se convirtió a su vez en el poeta de la familia. Para los padres de finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX los sonetos Estudia, Trabaja, Descansa, se convirtieron, de manera amena, por lo demás, en el soporte de orientación fundamental en la formación de los hijos en todo el mundo hispanohablante. Muchas tías y abuelitas que no sabían leer ni escribir recitaban con fluidez estos versos, y lograban transmitir el mensaje a plenitud.

ESTUDIA
Estudia, es puerta de luz un libro abierto;
entra por ella, niño, y de seguro,
que para ti serán en lo futuro,
Dios más visible, su poder más cierto.

El ignorante vive en un desierto,
donde es el agua poca, el aire impuro,
un grano le detiene el pie inseguro;
camina tropezando, vive muerto.

En esa de tu edad, abril florido,
recibe el corazón las impresiones,
como la cera el toque de las manos.

Estudia, y no serás cuando crecido,
ni el juguete vulgar de las pasiones,
ni el esclavo servil de los tiranos.

TRABAJA
Joven, trabaja, sin cesar, trabaja;
la frente honrada que en sudor se moja,
jamás ante otra frente se sonroja,
ni se rinde servil a quien la ultraja.

Tarde la nieve de los años cuaja,
sobre quien lejos la indolencia arroja;
su cuerpo al roble, por lo fuerte, enoja,
su alma orgullosa, al lodazal no baja.

El pan que da el trabajo es más sabroso
que la escondida miel que con empeño,
liba la abeja en el rosal frondoso.

Si comes ese pan, serás tu dueño;
más si del ocio ruedas al abismo,
todo serlo podrás, menos tu mismo.

DESCANSA
Ya es blanca tu cabeza, pobre anciano,
tu cuerpo, cual la espiga al torbellino,
se doble y rinde fácil,  ya tu mano
al amigo bordón del peregrino.

Maneja sin compás, y el aire sano,
es a tu pobre corazón mezquino;
deja la alforja, ve, descansa ufano,
en la sombreada orilla del camino.

Descansa, sí, más como el Sol se acuesta,
viajero, como tú, sobre el ocaso,
y al astro que le sigue un rayo presta.

Entreabre con amor tus labios viejos,
y alumbra al joven que te sigue el paso,
con la bendita luz de tus consejos.

La riqueza poética y espiritual de estos versos es tan grande y tuvo tanta trascendencia, que de alguna manera opacó el resto de su poesía, rica en rasgos costumbristas e incluso, ambientalistas como un canto premonitorio o visionario sobre problemas inexistentes para la época.
K-Listo falleció en Caracas el 20 de diciembre de 1887, y legó al mundo entero una humilde, sencilla, pero sobre todo útil manera de asumir el compromiso de vivir

domingo, 1 de mayo de 2011

Hospital Santa Marta de Guatire

Su historia y el por qué se llama Santa Marta
Elías Nicolás Centeno

A mediados del año 1930, un grupo de ciudadanos encargados de la organización de los actos que debían constituir el homenaje que se tributara a Bolívar con motivo de la conmemoración del Primer Centenario de su muerte, acaecida en Santa Marta el 17 de diciembre de 1830, inició entre varios proyectos de obras útiles cuya realización sería para el presente y para el porvenir el más grande testimonio de admiración del pueblo de Guatire por la memoria esclarecida y la gloria siempre ascendente del Libertador, inició, repetimos, el más beneficioso, el más urgente de los proyectos por realizar, el de un Hospital para el Distrito que perpetuará un instante, el último de la vida del Héroe, el más doloroso en la historia de América: El tránsito de Bolívar a la Inmortalidad. Este mismo grupo de ciudadanos, al lanzar el proyecto de construcción del Hospital le escogió un nombre simbólico que representara al Libertador ante las generaciones de nuestro pueblo, en el ocaso de su vida, moribundo, agonizante en su lecho de muerte; este nombre fue “Santa Marta”.

La Junta que entonces echó sobre sus hombros con el eficaz apoyo de los habitantes del Distrito la espléndida conmemoración centenaria, tuvo el plausible pensamiento de que los actos conmemorativos no se redujeran simplemente a aquellos hechos que, transcurridas las horas recordatorias de la fecha luctuosa, se olvidarían pronto, extinguidos que fuesen los comentarios de la esplendidez; como hubiese sucedido si todo se hubiese concretado, como es costumbre, a los solemnes funerales, a los largos discursos históricos, a los actos literarios, a las ofrendas florales, al minuto de silencio en el momento memorativo de la muerte con la lectura de la última proclama, a la guardia de Honor que durante el día ante la figura del héroe montó un grupo de cultos caballeros, al acto apoteósico de las cinco naciones velando al pie de la Estatua representadas por cinco bellas señoritas y al concierto por escogida orquesta de los Himnos de las Naciones Bolivarianas.

Todos estos actos y muchos otros imponentes y de igual naturaleza que tuvieron lugar en la fecha centenaria de la muerte, se hubieran desvanecido como el humo, como la estela, quedando sólo al correr de los primeros años un pálido recuerdo que el tiempo borraría sin dejar ningún indicio, ninguna prueba del esplendor de la conmemoración. Pero, para evitar esto, quiso la Junta que la memoria de Bolívar se glorificase también, no con actos pasajeros expuestos a caer pronto en el olvido, sino con obras perdurables que llevasen a las generaciones venideras, el sentimiento bolivariano de las generaciones del presente; y para ello tuvo el acierto de elaborar los proyectos para erección de una estatua de bronce del Libertador, de una plaza digna de su memoria a la que se le pondría el nombre de “24 de Julio”, día de su nacimiento, de un hospital que se llamaría “Santa Marta”, ciudad donde murió, y de un paseo en la colina del Calvario que se llamaría “Paseo América” en honor a las naciones americanas que sirven de pedestal a su gloria.
Para la construcción de estas obras se requería de enormes sumas de dinero y el año de 1930 no era propicio para solicitar como era necesario, la ayuda de los gobiernos Nacional y del Estado, porque muy frescos estaban aún los sucesos del 5 de mayo de 1929 en que el pueblo de Guatire, a las puertas de Caracas y enemigo siempre de todas las tiranías, se levantó en armas contra el gobierno despótico de Juan Vicente Gómez. Guatire era desde ese entonces un pueblo odiado en las altas esferas del gomecismo; hasta guatireños ausentes hubo que lo negaron en su desgracia, y cabe aquí recordar un hecho histórico que pone de manifiesto el miedo de la época; algunos periódicos de Caracas, cuando por algún motivo que no se podía esquivar, saludaban a alguna persona llegada de Guatire, lo hacían en esta velada forma: Procedente de un pueblo mirandino ha llegado a esta ciudad nuestro amigo don N.N.&.&”; o de este otro modo: “...del Estado Miranda, o bien del interior de la República &.&.” Parecía como si una terminante orden velasquera hubiese dispuesto borrar a Guatire del mapa de Venezuela.

Así pues, viviendo en silencio, privados hasta de respirar en una época de terror y de odio, no había para que pensar en auxilios económicos del Gobierno Estadal y mucho menos del Nacional, para la realización de las cuatro importantes obras proyectadas, y completamente solos, con la voluntad y unánime concurso de todos los guatireños (para esa época Guatire era todavía un pueblo unido) la Junta del Centenario pudo llevar a feliz término la realización de las dos primeras obras: la erección de la imponente Estatua del Libertador en su doble carácter de Magistrado y Guerrero y la construcción de la hermosa plaza donde fue erigida. Cabe recordar aquí también que hasta las inscripciones que lleva el pedestal del monumento, fueron un motivo más para aumentar la aversión del gomecismo imperante, inscripciones que leídas hoy no tienen la torcida interpretación que se les quiso dar en el régimen pasado.

Han pasado nueve años sin que se extinguiera el propósito de la construcción del Hospital. Después de muerto Gómez han desfilado por la Presidencia del Estado Miranda varios Magistrados; ante los dos penúltimos que fueron los de más duración, se hicieron repetidas veces las gestiones para la construcción de esta obra, y sólo el último gobernante, el Coronel Ramón Ayala, actual Magistrado regional, a los seis o menos días de encargarse de la Presidencia del Estado, atendió solícito a la primera gestión que le hiciera el señor Jesús María García Tellechea; antes del mes ya habían empezado los trabajos y ya hoy es un hecho tangible la terminación del magnífico Hospital.

Presidente de Miranda, y a los miembros de la Junta del Centenario de 1930 y al señor García Tellechea, la inmensa satisfacción de haber sido los iniciadores y propulsores de la benéfica idea, convertida hoy en realidad al contemplar la hermosa construcción del hospital “Santa Marta”.

 

Hospital Santa Marta. Ubicado al final de la calle 9 de Diciembre, sector El Placer, donde actualmente
está  un colegio.