martes, 9 de octubre de 2018


La emblemática conserva de cidra
Aníbal Palacios B.
          El origen de la conserva de cidra, el dulce más representativo de la artesanía culinaria guatireña, hay que buscarlo siglo XIX abajo, a juzgar por el testimonio de quienes convirtieron su elaboración en una actividad comercial organizada, sistemática y rentable a principios del siglo pasado.
 
          La cidra; así, con ce, porque la conserva de sidra (con ese) podrá ser acaso un pay de manzana, pero la tradicional, auténtica y exquisita conserva guatireña es elaboraba con cidra que traían indistintamente de Jericó, Chuspita del medio y el Bautismo directamente a la casa de la familia Espinoza ubicada en un sector conocido entonces como La Lagunita, que hoy llamamos calle Santa Rosalía. Antes de eso la golosina era elaborada por diversas familias para un mercado básicamente local y en ocasiones puntuales como fiestas patronales y eventos de menor envergadura pero que congregaban a muchos vecinos en un solo lugar. Conversamos con Nelly Tovar Espinoza, sobrina-nieta de quien tiene el mérito de haber enriquecido la cultura culinaria de tres generaciones de guatireños. Nelly habla con la convicción y la emoción que da el haber vivido la experiencia.

Francisca, la emprendedora
          El término emprendedor ha tomado mucha relevancia en los últimos años pero ya a principios del siglo XX Francisca Espinoza era toda una mujer ingeniosa y pudo visualizar que la confección de la conserva de cidra realizada con criterios fabriles no solo mantendría a su familia en una época de economía deprimida sino que además, podía proyectarse como una referencia aldeana de la granjería criolla aún por sobre otras ofertas como el Pan de horno, el Papeloncito de azúcar y el Almidoncito de Yuca, para hablar solo de los tres dulces más distinguidos del arte culinario local. Tal fue su previsión, disposición y empeño que la conserva de cidra hoy por hoy representa el alimento más emblemático de la gastronomía aldeana, tal vez por exclusiva y seguro por deliciosa, a pesar de que la actual generación la desconozca porque no se produce con la regularidad de antaño.
         En 1925, Margarita Rico enseño a Francisca Espinoza y a la familia Graterol el proceso de elaboración del dulce, pero fue Francisca quien le sacó más provecho al aprendizaje. De inmediato compartió con sus hermanas y sobrinas todo lo aprendido y les instruyó sobre la manera de comercializar el producto. Así, siempre innovadora, formó una especie de cooperativa familiar con Antonia (quien se convirtió en lo que hoy llamaríamos la chef), Eva Luisa, Dilia y Fortunata. Se desconoce si Francisca había leído La Riqueza de las naciones de Adam Smith o si fue puro olfato productivo, lo cierto es que nuestro personaje pronto comprendió la necesidad de aplicar el concepto de división del trabajo y, siempre en familia, incorporó a las primas Porto-Espinoza (Olga, Juanita, Rosa Amelia),

Proceso de elaboración
        La cidra es una fruta cítrica pulposa parecida a una parcha granadina de concha gruesa y áspera. Llegaba a la casa de las Espinoza en La Lagunita en sacos de 50 kg aproximadamente. Miguel Ángel Lima era uno de los principales proveedores. La actividad  comenzaba con el lavado, que de por sí requiere mucha agua para quitarle el sabor amargo; luego se procede al rallado. Para esta parte del proceso productivo, dada la ingente cantidad de frutos que requería satisfacer la demanda del producto, se construyó un rallo especial con una lata (recipiente de aceite o manteca de cochino en forma cúbica) extendida cuyos huecos se forjaban con un clavo. Este duro trabajo lo realizaba Alejandro Gámez Espinoza (Nano) en casa de las Porto, ubicada en el Cerro de piedra de la calle Miranda, contigua a la Santa Rosalía, que formaba parte de la cadena de producción. Es pertinente aclarar que a diferencia del dulce de Cabello de Ángel, la pulpa de la cidra se desecha; es la concha del fruto la que se utiliza para elaborar la conserva. Luego viene la molienda; para esto se utilizaba una máquinas Corona, frecuentemente usadas para moler maíz pilado (que estaban es desuso pero cuya renovada demanda es producto de la crisis económica actual). Juanita, Ninfa, Rosa Amelia, Ana Luisa y Socorro conformaban esta unidad operativa.
El Criollito, salida de la calle Santa Rosalía
       Una vez colocada la masa en grandes azafates venía la cocción. Para esto se disponían de enormes pailas de bronce de un metro de diámetro y medio metro de profundidad, sobre un fogón de leña que transportaban en burro hasta la casa de las Espinoza, y a fuego lento, por espacio de tres horas,  entraban en acción las paleteras, con una especie de remo de madera. Este pesado trabajo lo realizaba un equipo conformado por Dilia, Lucina (Vitola), Conchita Pérez y Dominga Pérez. El azúcar también era materia prima guatireña, y lo proveía la prestigiosa Hacienda La Margarita en sacos de 10 kg (cada paila empleaba esa cantidad). Una vez terminada la cocción la conserva se tendía en bateas moldeadas en madera (que fabricaban los Ruiz en la carpintería ubicada justo en frente de la casa de las Espinoza), se oreaba y el proceso finalizaba con el secado al sol por espacio de tres a cuatro horas y requerían voltearse por ambas caras. Esta etapa es fundamental en la confección del producto puesto que le da el característico y distintivo endurecimiento exterior de la conserva y mantiene la suavidad y textura de la parte interna. Con días nublados no se elaboraban conservas y si al atardecer no estaban a punto, las conservas se almacenaban en un cuarto especial, porque no podían serenarse. El aroma del delicado producto atraía a los vecinos, pero estos eran potenciales clientes; el problema eran las abejas que había que espantarlas con soplete y quitar cuidadosamente las ponzoñas de aquellas que no lograban ser persuadidas.
       Finalmente se envolvían en papel blanco de bodega a razón de dos unidades por paquetes y se ofrecías al público a un precio de 0,75 bolívares (real y medio, en los términos monetarios que aún se usaban en aquel entonces, pero que pertenecían a la unidad monetaria derogada por Antonio Guzmán Blanco cincuenta años antes), que para aquel entonces equivalía a casi un tercio de dólar.

Subproductos
A la izquierda, Bodega de Peruchito Toro
       Los limoncitos eran una especie de complemento de la conserva; constituían la delicia de los niños porque su precio era más accesible: un centavo (0,05 céntimos) que por lo general era la única moneda al alcance de toda la chiquillería. Tenían la forma de un limón, de allí su nombre, pero la materia prima era la misma, aunque no tenían la misma textura del revestimiento de la conserva. Para los efectos económicos Francisca Espinoza pensaba en todo, la producción del limoncito facilitaba lo que hoy conocemos como el indispensable ”flujo de caja”.
       Nelly Tovar Espinoza, docente, destacada atleta guatireña y cantante, por lo demás, nos cuenta que también había una especie de departamento de Seguridad encargado de que los niños de la familia no metieran la mano, porque pese a la sana y severa costumbre del respeto y el persuasivo método de la mirada severa  y, en casos extremos, la oportuna cachetada (o chancletada), el aroma era una tentación muy grande. Confiesa que llegó a infringir las normas en varias oportunidades y recibido el justo castigo, pero eso nunca la detuvo, y eran justamente los limoncitos la razón de sus tormentos.

La distribución
        Braulio Istúriz, ya célebre por la elaboración de sus papeloncitos de azúcar, era el encargado de distribuir el producto en el mercado caraqueño aprovechando la amplia cartera de clientes cautivos que tenían sus golosinas. Así, los mercados de Coche, San Jacinto y Quintacrespo esperaban ansiosos la llegada de Braulio. Gustavo Matico Tovar se encargaba de los clientes de Guarenas y Barlovento, y en Guatire usted podía comprarlos en el Restaurant El Criollito (en la esquina de la calle Bermúdez con Santa Rosalía), la bodega de Peruchito Toro (donde hoy está el BOD) y la Panadería Urrutia (final de la Bermúdez, cerca de la actual panadería  El Socorro).
        Rómulo Betancourt fue el primero en llevar el producto al exterior. En sus frecuentes visitas a Guatire, públicas o clandestinas, solicitaba las conservas de cidra, primero donde las Espinoza, luego en casa las Porto, y solía embalarlas para disfrutarlas en sus viajes como Jefe de Estado. Ya para los años sesenta la segunda generación de la familia Espinoza se fue a Caracas, pero sus primas, las Porto, continuaron con la tradición desde su casa en el Cerro de Piedra. El producto perdió presencia externa porque el crecimiento de la demanda local absorbía la producción, pero paradójicamente se regó por todo el país porque los guatireños viajantes la repartían por todas partes a manera de obsequios.  
Clara Pacheco
    Las Porto ya creciditas se mudaron a Caracas y decayó la elaboración de este apetitoso manjar, pese al empeño de las Arnal, vecinas de las Porto, quienes obtuvieron la receta, y de Clarita Pacheco que además de mantener la tradición culinaria del Almidoncito de yuca, ha luchado por rescatar el de la conserva pero tiene un grave problema: no consigue quien le suministre la cidra. Clarita está dispuesta a dictar talleres para su elaboración si obtiene la materia prima de manera constante. Otros artesanos de la culinaria local se han sumado al proceso de elaboración de la conserva de cidra, pero sin lograr el punto exacto de su exquisitez que le da la ausencia del amargo característico de la fruta.
Guatire, octubre de 2018



 

 

 

 

 

domingo, 30 de septiembre de 2018


Guatire, cuna del beisbol femenino venezolano
Aníbal Palacios B.

En 1962 un grupo de jóvenes guatireñas se mete de lleno en la historia deportiva de Venezuela. Un flamante, poderoso y, por supuesto, hermoso equipo de beisbol, salta al terreno del estadio Miguel Lorenzo García a practicar un deporte que para los habitantes de Guatire constituía no sólo el único y necesario entretenimiento dominical urbano, sino que además era un espectáculo del cual se consideraba muy conocedor, lo que lo convertía en un público muy exigente.

El comienzo                              
Carmen González, Cilio Vegas, Ciola Isturiz y Cruz Gómez
Beisbol, no kickingball ni softbol. Las muchachas guatireñas, fanáticas que cada domingo animaban desde la tribuna a los equipos Gavilanes, Zamora, Alacranes, Lanceros  y Guatire Star, decidieron que era un buen momento para recibir ellas los aplausos y silbidos; sí, silbidos, no pitas, de quienes antes ellas aclamaban. Cirilo Loro Vegas comenta la idea con Pragedes Silvera, a la sazón presidente del equipo Zamora, a quien le agrada el planteamiento y ofrece financiarlo; seguidamente se lo comunican a Baltazar Guillén, presidente de la Liga de Beisbol del Distrito Zamora, y reciben el visto bueno correspondiente; luego buscan a Cruz Puñalito Gómez como entrenador. La conformación del equipo era más fácil; el estadio siempre se veía abarrotado de bellas mujeres animando a sus clubes favoritos, sólo había que alzar la vista y comenzar a invitar a estas jóvenes, que no se hicieron rogar; además la mayoría de ellas eran atletas de otras disciplinas deportivas “más femeninas”, de acuerdo con los preceptos sociales de la época. La resistencia vendría de parte de algunos padres, pero sobre todo de los novios de las futuras jugadoras. Así, las chicas se dispusieron emular a las damas norteamericanas que en 1943 conformaron el All American Girls Professional Baseball.

Pioneras
El equipo llevaba por nombre 3 Estrellas y estaba conformado por Nelly Reverón, Carmen González, Carlina Porras Briñoles, Evelia García, Pilar Palacios, Emma Pinto, Elsa Castillo, Miguelina Correa, Mercedes Rondón, Graciela Istúriz, Rosita Rondón (Madrina) y Marbelys Cruz (Mascota). Cilio Loro Vegas, manager; Cruz Puñalito Gómez, entrenador y Pragedes Silvera, una especie de Delegado, completaban la divisa. Iniciaron sus prácticas luego de los días de carnaval (marzo) del año 1962; dos días en la semana, por las tardes, las muchachas llegaban al estadio Miguel Lorenzo García para aprender técnicas de bateo, fildeo, recorrido de bases, manejo de señas; en fin lo que entonces se conocía como “rudimentos” del beisbol. La tarea difícil fue encontrar contendientes porque no habían rivales femeninas contra quien jugar y los equipos juveniles de Guatire no aceptaban el reto que continuamente le lanzaban para calibrar a este club, ante el temor de perder el juego y quedar mal parados ante los fanáticos locales, lo cual, ciertamente, hubiese sido deshonroso. Las chicas seguían practicando mientras Baltazar Guillén continuaba indagando a través de la Asociación de Beisbol del estado Miranda, sobre la conformación de algún equipo y acicateaba a sus colegas dirigentes de la región a conformar clubes que enfrentaran a las damas guatireñas, hasta que meses después su búsqueda o su exhortación tuvo éxito.

Debut
El trabuco femenino
La imagen muestra de pie, izquierda a derecha, a: Cruz Puñalito Gómez, Pilar Palacios, Emma, La Negra, Pinto, Josefina Castillo, Rosa Rondón, Miguelina Correa, Mercedes Rondón, Graciela Ciola Istúriz, Cilio Loro Vegas, Pragedes Silvera y Baltazar Guillén. Agachadas: Nelly Reverón, Carmen González, Marbelys Cruz, Carlina Porras Briñoles y Evelia García.

La constelación de hermosas chicas saltó al terreno del estadio Miguel Lorenzo García para su primer encuentro el 17 de junio de 1962. El uniforme era una franela blanca con tres estrellas dibujadas, mono negro y zapatos deportivos. Su rival, un club compuesto por hermosas jóvenes cuya sola presencia imponía respeto, formado en el sector La Balsa, cercano a Mamporal. La capacidad del estadio fue insuficiente para albergar la gran cantidad de espectadores que acudieron a la cita para ver el primer partido de beisbol femenino del cual se tuviera noticia en el país, debidamente documentado, con el aliciente de una vieja rivalidad entre Guatire y Barlovento, ya considerada un clásico peloteril mirandino. No está demás aclarar que pocos fueron los fanáticos que asistieron al estadio motivados por este último factor. Las chicas no decepcionaron al público, no sólo por el triunfo, sino porque estas jóvenes se dieron por entero en el terreno de juego.

     - “Yo era receptora, y jugaba mi posición como tal”.  - Nos comenta Nelly Reveron. –
     - “Abría bien las piernas para ampliar la zona de strike, y me colocaba en la clásica posición de un buen receptor”.

Al mejor estilo de Santiago Rondón, extraordinario e histórico receptor guatireño. Todos los asistentes al estadio (alrededor de mil personas) excepto uno, admiraron la calidad, solvencia y eficiencia del trabajo de Nelly. Ese único fanático disconforme, paradójicamente su más ferviente admirador, estuvo disgustado durante todo el encuentro: se trataba del novio de la bella jugadora (Ramón X.), que consideraba poco elegante la manera de jugar de Nelly. No obstante, es pertinente destacar que el criterio general de la calificada concurrencia fue que la hermosa jugadora no perdió glamour.

Alineación
El equipo jugó de la siguiente manera:
   ·         Carmen González (2B)
   ·         Nelly Reverón (C)
   ·         Graciela Ciola Istúriz (1B)
   ·         Carlina Porras Briñoles (3B)
   ·         Miguelina Correa (SS)
   ·         Pilar Palacios (LF)
   ·         Mercedes Rondón (RF)
   ·         Evelia García (CF)
   ·         Emma La Negra Pinto (P).

      - “Éramos deportistas” – nos acota Emma Pinto –“Yo representé a Zamora en muchos campeonatos estadales de voleibol”.

En efecto, se trataba de un compacto grupo de mujeres activas en los menesteres deportivos, pero que nunca habían agarrado un guante y un bate de béisbol, con la sola excepción de Nelly Reverón, quien desde niña vivía metida en el estadio jugando con los varones, por la sencilla razón de vivir a unos cincuenta metros del terreno y ser una atleta consumada.

Detalles fuera del terreno
Como elemento pintoresco, nos cuenta Emma Pinto que casi todas tenían por apodo el nombre del novio que por lo demás era un destacado pelotero de los equipos “AA”.
      -       A mí me decían Reyita”-

Por Reyes Navas (Reyito), lanzador del Gavilanes con una recta de 90 millas. No faltó algún exagerado admirador de la hermosa chica quien dijera que la recta de Emma nada tenía que envidiar a la de Reyito, y hasta la compararon con la de Juan de Mata García, otra vieja gloria de nuestro beisbol.
      -       El apodo de Carmen González era “Ricardita”-

Su novio, Ricardo Reverón, fuerte bateador de Gavilanes, al parecer no le transmitió sus secretos a Carmen por lo que ella se convirtió en hábil tocadora de la pelota, recurso que explotó con éxito.
      -       A Nelly la llamaban “Ramoncita” (de su celoso novio ya nos referimos).

El desquite 
El equipo visitante invitó a sus rivales a una revancha en Rio Chico, y hasta allá fueron nuestras hermosas representantes. El resultado también fue favorable al 3 Estrellas. No era cuestión del terreno de juego, había superioridad técnica; “es que estas damas guatireñas se tomaron el asunto muy en serio”, señala Cirilo Vegas, el manager

Hoja de vida
Todo equipo de beisbol que se precie de aguerrido tiene en su currículum una que otra tángana y 3 Estrellas no sería la excepción. Por el equipo guatireño la estirpe señala que la protagonista de la pelea no podía ser otra sino Graciela Ciola Istúriz, hija de Vicente Machadito Istúriz, temperamental, fogoso y excelente jardinero central del Gavilanes de los años cuarenta.
      -       A pesar de que le estábamos dando una paliza – o tal vez por eso-, en la novena entrada la lanzadora me dio un pelotazo, ¡y mire que tiraba duro! Me le fui encima y se armó la trifulca”.

Bagajes del oficio, dirían algunos. Se vaciaron los dogouts y el asunto no pasó de allí; sin rencores, como suele suceder en estas riñas que definitivamente forman parte del espectáculo.
 
Paradojas
Ser un equipo ganador incidió en la corta vida del club; las chicas continuaron practicando un par de meses más, pero para la época no era fácil encontrar rivales en esta categoría, y al tratarse de un trabuco nadie se animaba a enfrentarlas; ya decíamos que hasta los fuertes equipos juveniles de Guatire y Guarenas se negaron a jugar contra estas valerosas mujeres; la vergüenza ante una posible derrota les hubiera obligado a emigrar a lejanas tierras. Pero ese día, 17 de junio de 1962, estas bellas damas escribieron, sin saberlo, unas cuantas páginas en la historia del beisbol aficionado venezolano. Sólo nos queda decir que muchos novios y pretendientes suspiraron con alivio cuando el equipo dejó de jugar.



jueves, 23 de agosto de 2018


Guatire no tiene Plaza Bolívar
Aníbal Palacios B.

A mediados del año 1995 la comunidad guatireña se enfrentó al gobierno local que pretendía, en aras del progreso, la magnificencia y el derroche, desterrar al olvido lo que constituye uno de los patrimonios históricos y culturales más significativos del pueblo de Guatire desde su fundación.

 
La plaza principal de Guatire no se llama Plaza Bolívar; es más, Guatire no tiene plaza Bolívar. La plaza que todos conocemos frente a la iglesia, con la estatua pedestre del Libertador es la Plaza 24 de Julio. Su nombre no es caprichoso; todo lo contrario, tiene un profundo significado histórico que enaltece el gentilicio guatireño. La estatua de Simón Bolívar que allí admiramos fue adquirida por colecta pública entre todos los pobladores de aquel Guatire del año 1930:  comerciantes, hacendados, peones de las haciendas, empleados del comercio, amas de casa y hasta los niños estudiantes de la Escuela Federal Narvarte (varones) y de la Escuela Federal N° 74 (mujeres) que con orgullo cedieron sus  centavitos de la merienda escolar, aportaron, acorde con sus disponibilidades, el dinero que permitió adquirir tan significativa escultura.

Antecedente patrimonial
Añadir leyenda
La plaza de Guatire no tuvo nombre hasta finales del siglo XIX. Ubicada exactamente en el lugar que hoy ocupa el abandonado, feo e inútil estacionamiento del Centro Cívico, actual sede del Concejo Municipal, la plaza era un pequeño lugar de encuentro, con una fuente en su centro, rodeada de árboles, flores y palmeras, bordeada por una empalizada, que luego fue sustituida por una estructura de hierro y en lugar de la fuente se colocó un faro, y se arreglaron las caminerías. En 1917, por iniciativa de Antero Muñoz, comerciante guatireño de la época con gran ascendencia en la población, se logró que el municipio Zamora del estado Aragua donara a Guatire un busto de Ezequiel Zamora, que fue enviado desde Villa de Cura hasta Caracas, y de allí, en una carreta, lo trasladaron a nuestra población; a partir de ese momento la plaza pasó a conocerse como Plaza Zamora.

Antecedente histórico

El 5 de mayo de 1929, a las 4 y media de la tarde, hubo un alzamiento en Guatire contra el régimen de Juan Vicente Gómez. La conspiración local se enmarcaba dentro de una descoordinada rebelión nacional que en Miranda comandaba el general Norberto Borges. La rebelión fue abortada, pero los guatireños no se enteraron y actuaron según lo planeado. La conjura fracasó, no obstante en el enfrentamiento murió el Jefe Civil Luis Rafael Ostos y un funcionario policial. Juan Francisco Pacheco era el jefe de los insurgentes que, entre otros, conformaban Néstor Silva, Eugenio Muñoz, Gregorio Suárez y Félix Mijares. Desde Araira se incorporaron Natividad Rojas y sus hijos Miguel y Simón González, Luis Mario Monroy  y los hermanos Fernández, según relato de Ángel María Daló, quien agrega que Ramón Dorta no estaba implicado pero juzgó que de todas maneras lo acusarían y decidió sumarse al movimiento. Por su parte Andrés Pacheco 
Plaza 5 de Julio
Anderson (Pachequito), quien no tenía nada que ver con el asunto, se convirtió en el primer preso debido a que su ímpetu juvenil, tenía 18 años, le llevo a tomar el viejo Ford Tablitas del Jefe Civil e informar a todo el vecindario sobre los acontecimientos, para luego ir a Guarenas con el mismo propósito, pero fue detenido y torturado. Al resto de los alzados se les persiguió y luego de su detención  fueron enviados a la Rotunda, lugar donde ya les esperaba Pachequito.

A partir de ese momento Guatire cayó en desgracia para el gobierno de Gómez, tanto así que se pretendió hasta silenciar su nombre, y según un calificado relato de Elías Centeno, cuando la prensa capitalina tenía la necesidad de referirse a Guatire, solía utilizar expresiones como “… de una población mirandina…”.


Para el año 1930, con motivo del Centenario de la muerte del Libertador, el general Juan Vicente Gómez, entre otras disposiciones, ordenó que cada pueblo de Venezuela tuviese una plaza con un busto o una estatua del padre de la Patria, financiada por el gobierno nacional. Cuando las autoridades guatireñas fueron a Ocumare del Tuy, capital del estado, y solicitaron en la Gobernación de Miranda el busto de Bolívar que correspondía a nuestra población se les negó la petición, por alzaos. Ante esta situación, los honorables 

Plaza Zamora
ciudadanos guatireños constituyeron una Junta que conformaron el doctor Ramón Alfonzo Blanco (
Presidente), el padre Jacinto Soto (Vicepresidente), el doctor Manuel Hernández Suárez (Secretario), Elías Centeno (Tesorero), Antero Muñoz, Régulo Rico y Pablo Antero Muñoz, entre otros, quienes no se quedaron con los brazos cruzados y decidieron que la negativa de ayuda oficial no era motivo suficiente para que Guatire no rindiera un homenaje a Bolívar, por lo que decidieron solicitar a la población una colaboración para adquirir un busto del padre de la patria. La respuesta fue tan contundente que los fondos aportados (Bs. 27.139.80, según el calificado testimonio de Ángel María Daló) permitirían adquirir no ya un busto sino una estatua a un costo de Bs. 30.281,67. La diferencia, Bs. 3.141,87, la aportó la municipalidad. Eran tiempos de transparencia administrativa y no existía malversación; en otras palabras… bueno, ustedes entienden.



Plaza vieja - Iglesia vieja
Lo cierto es que acordaron remodelar la plaza y  erigir una estatua en lugar de un busto.
La efigie escogida fue la de Bolívar estadista y guerrero, como se le conoce. Se trata de una réplica de la escultura de Pietro Tenerani (1789-1869) erigida originalmente para la Plaza Bolívar de Bogotá en 1846, que fue la primera estatua pública del Libertador en el mundo. En Ciudad Bolívar también existe una réplica de la misma obra, del año 1869, según relata César Urbano Taylor en una publicación titulada Pietro Tenerani: el escultor del Libertador. De manera, que no es cierto que la estatua de nuestra plaza haya sido solicitada directamente al famoso escultor italiano (ya había fallecido), ni importada desde Francia o Italia. No había recursos suficientes para adquirirla, ni el tiempo para tramitarla, vaciarla y trasladarla, ya que fue levantada el 17 de diciembre de 1930.

Por lo demás, las autoridades mirandinas consideraron un desacato que los guatireños insistieran en tener su plaza y presionaron para que no llevara el nombre del Padre de la Patria, por lo que se optó por denominarle Plaza 24 de Julio. Fue un acto de resistencia pacífica activa contra el gomecismo, y toda la comunidad participó en el mismo. Elías Centeno describió el momento de la siguiente manera: “…Con este gesto correspondió Guatire a la negativa que se le hiciera, reconquistando así de manera insólita su derecho a ser un pueblo venezolano. No con fondos nacionales, sino con el dinero del pueblo…”. El 17 de diciembre de 1930, con un solemne acto público, Guatire conmemoró los cien años de la muerte del Libertador, y bautizó la plaza como 24 de Julio.  
 
La defensa patrimonial

Años después, en 1995, el Alcalde Arístides Martínez abatía la ilustre figura de su pedestal para sustituirla por una estatua ecuestre; demostrando así un absoluto desconocimiento de los valores patrimoniales del municipio que gobernaba, en una acción que subestimó el ímpetu de una joven generación de guatireños, que logró movilizar a la comunidad para impedir que la soberbia de un funcionario se impusiera por sobre el sentimiento popular y relegara al olvido una gesta histórica que representa precisamente una demostración de resistencia a las arbitrariedades de los gobernantes. Fue el poeta Rafael Borges quien siguiendo los consejos de un viejo bardo guatireño, Elías Calixto Pompa  (“… entreabre con amor tus labios viejos, y alumbra al joven que te sigue el paso, con la bendita luz de tus consejos”), dolido, preocupado e indignado, exclamó en la plaza ante un grupo de jóvenes: 

Plaza vieja - Iglesia nueva
“!Cómo es posible esa barbaridad;  eso es un crimen contra los valores culturales de un pueblo, a ustedes los muchachos les corresponde salvaguardar y honrar la memoria histórica de esta comunidad, cómo vamos a dejar que nos quiten nuestra estatua¡” Seguidamente detalló las intenciones del Alcalde y  explicó las razones por las cuáles la estatua de Bolívar no era tan sólo un monumento más erigido al padre de la patria, sino que tenía una connotación diferente para aquella generación de guatireños que en el año 1930 se atrevió a enfrentar la tiranía para rendir homenaje al Libertador. La arenga caló entre los jóvenes y el movimiento rescatista sumó adeptos en toda la población. La gesta reivindicadora creció y se constituyó el Comité Pro Defensa de la Plaza 24 de Julio, al frente del cual estaba, entre otros César Gil, José Manuel Milano, César Martínez, Oswaldo Gómez y Marcos Milano. Hubo movilización hacia los planteles educativos, las organizaciones culturales, deportivas, políticas, vecinales y ambientalistas de Guatire, lo que fortaleció al Comité.


Y se prende la mecha.
El Alcalde pretendía colocar en la plaza una estatua de Bolívar civil encargada al prestigioso escultor Julio César Briceño, pero la comunidad guatireña no aceptó la imposición. No se trataba de rechazar una obra de indiscutible valor artístico e histórico como la figura creada por Briceño; se trataba de defender el legado histórico de la población, y así se le hizo saber al Alcalde y a los Concejales. Pero prevaleció la prepotencia de los gobernantes y la estatua fue bajada de su pedestal a pesar del sólido razonamiento que constituía el hecho de ser un genuino y enaltecedor patrimonio público, de esos que dignifican la lucha de los pueblos. La actitud del Alcalde enardeció a los guatireños y a la iniciativa del Comité de Defensa de nuestra plaza se le fue sumando gente, que poco a poco iba aportando su granito de arena a la causa, y es así como Pedro (Pepote) Muñoz entrega un documento de significativa importancia en la discusión planteada: el programa elaborado para los actos del 17 de diciembre de 1930, denominado: OFRENDA QUE EL PUEBLO DE GUATIRE DEDICARÁ A LA MEMORIA DEL LIBERTADOR SIMON BOLIVAR EN EL PRIMER CENTENARIO DE SU MUERTE, y en reunión realizada en el salón de sesiones del Concejo Municipal, se acuerda que la estatua debe permanecer en su lugar. Pero la soberbia obnubila el entendimiento, y el Alcalde decidió días más tarde desconocer dicho acuerdo bajo el argumento de que ese “grupito” de personas no representaba el sentir popular.

Vista desde el Grupo Escolar
La Alcaldía decide invitar al doctor Marcos París del Gallego, Director del Ceremonial y Acervo Histórico de la Nación, en su búsqueda de apoyo, pero los delegados voluntarios de la comunidad guatireña iban multiplicándose día a día, y esta vez le tocó a Marcos Lander, viejo amigo del académico, sumar su aporte: alertó al ilustre visitante sobre la polémica existente, y París del Gallego, a la par de exaltar las bondades de la estatua ecuestre, lo cual nunca estuvo en discusión, recomendó escuchar la voz del pueblo, y ese pueblo gritaba ¡Devuélvannos la estatua! Ante la sordera oficial aunada a una campaña mediática que tenía por objeto descalificar la voluntad popular, la movilización continuó, y el Comité decide convocar una Asamblea Popular para el día 1º de noviembre de 1995 en la Casa Sindical; la masiva asistencia exigió a los organizadores acciones contundentes para la defensa del patrimonio histórico y cultural de Guatire, el panel lo conformaban César Gil, Cronista Oficial de la Ciudad y los citados José Manuel Milano, César Martínez y Oswaldo Gómez, quienes logran contener con mucho esfuerzo, a la exacerbada e indignada concurrencia. Privó la sindéresis y la Asamblea se canalizó dentro del riguroso contexto histórico que le era propio. Ese día se acuerda por unanimidad dar un ultimátum al alcalde en manifiesto escrito donde se insta a colocar la estatua en su lugar de origen en un plazo no mayor de 15 días.

Volvió la estatua
Al final, las autoridades ceden ante el peso de las circunstancias, y la estatua pedestre regresa al lugar al cual pertenecía por decisión popular, el poeta Rafael Borges que se encontraba presente en ese momento aplaudía con el entusiasmo de quien ve en ese acto un desagravio a aquellos guatireños de 1930.  

 
La estatua de Bolívar Ecuestre, del escultor Julio César Briceño, inspirada en un cuadro del pintor  Norberto Liendo, se convirtió entonces en una especie de jarrón chino, y comenzaron a buscarle desesperadamente un lugar, cualquier lugar, donde ubicarla. Su escultor negó categóricamente haber exigido a la Alcaldía que retire la estatua de su taller en Las Barrancas, y manifestó que pese a tener un convenio para su custodia, conservación, mantenimiento y protección, jamás le pagaron. El proyecto original era construir una plaza con el nombre del Libertador al lado del Centro Comercial Guatire Plaza, a través de un acuerdo de los constructores con la Alcaldesa Carmen Cuevas, cuya exigencia no fue concretada por ese gobierno. Años después, en 2016, los gobernantes de turno consideraron que ese espacio era más adecuado para ubicar buhoneros y construyeron allí una especie de centro comercial para ellos, mientras confinaban la estatua en la orilla del rio Guatire en la Urbanización Castillejo, en un parque denominado Paseo Ezequiel Zamora;  un final que, podemos decir, no fue tan feliz.

viernes, 10 de agosto de 2018


El Amigo del Pueblo:
nunca un nombre reflejo tanto una realidad
Aníbal Palacios B.

     En 1943 dos jóvenes empresarios, Vicente Rubino y  Manuel Felipe Rangel,  establecieron en Guatire una empresa de autobuses cuya trascendencia social y económica sólo es comparable con la que tuvieron en su oportunidad las haciendas de caña de azúcar.
     Para la época Guatire era una aldea semi rural, de unos cuatro mil habitantes, cuya economía se sustentaba en la agricultura. Viajar a Caracas constituía un serio obstáculo en la búsqueda de nuevos horizontes para una población emergente que no hallaba espacio laboral en las haciendas de caña, bien por falta de vacante
Izquierda: Terminal de pasajeros

s o por no tener condiciones físicas apropiadas para la dura tarea. Los jóvenes que se formaban en el Colegio Narvarte (varones) y Padre Puerto (damas) y que posteriormente convergieron en el Grupo Escolar Elías Calixto Pompa (mixto), no tenían los recursos físicos (y la mayoría ni económicos) para continuar estudios medios y superiores en Caracas. Adicionalmente, Guatire se encontraba un poco aislado en medio de los dos polos de desarrollo más importante del momento: la sempiterna Caracas y el pujante Carenero. Pues bien, la empresa El Amigo del Pueblo solucionó ese problema.


El momento oportuno en el lugar preciso
      La empresa se inicia con dos pequeñas unidades Ford cuyas cabinas eran de madera y trasladaban pasajeros hasta Guarenas; de inmediato incorporan Araira a la ruta, y desplaza el transporte a tracción humana y animal, porque quien no disponía de un burro, sencillamente tenían que trasladarse a pié. Poco a poco crece y amplía su ruta hasta Caracas y luego a Caucagua, Higuerote y Rio Chico, con lo cual enlaza todo el este mirandino que a partir de entonces gira en torno a esta empresa guatireña, ubicada en la Calle Bermúdez, cerca de las cuatro esquinas, en el espacio que hoy ocupa el Supermercado Roca Azul.  Era una moderna terminal con una redoma interna donde los autobuses recogían a los pasajeros y salían por la calle Bermúdez rumbo al oeste. Seguramente usted se resiste a creer que en ese local donde hay estantes y productos (bueno, en realidad hay estantes, pero ya no quedan productos) pueda entrar y dar vuelta un autobús,  pero por aquel entonces las unidades eran más pequeñas. De allí también partían en busca de pasajeros por la calle Miranda y Concepción giraban en Caja de Agua y retornaban por las mismas calles para trasladarse a Guarenas, Petare y Caracas.
      En su momento de esplendor El Amigo del pueblo, llegó a generar alrededor de 200 empleos directos; es decir mucho más que todo el comercio local  en conjunto, e individualmente superior al de muchas haciendas cañicultoras. Choferes, colectores, fiscales, mecánicos, carpinteros, latoneros, pintores, bomberos, caucheros, aseadores y oficinistas, tuvieron cabida en la empresa, que por lo demás, pagaba buenos sueldos. Pero tan importante como eso, facilitó que la masa juvenil guatireña y guarenera pudiese estudiar en la lejana Caracas y a su vez, que la creciente masa trabajadora buscase opciones en los centros industriales de la capital y sus alrededores. También vale destacar que El Amigo del Pueblo le generó a la población barloventeña una conexión directa con Caracas, sin necesidad de pasar por La Guaira, en la ruta marítima desde Carenero.


      La demanda de servicio creció rápidamente despertando a una dormida economía y la empresa pronto abrió oficinas en Caracas e Higuerote, amplió su flota de transporte y masificó el servicio de encomiendas, a través del cual, en parrillas ubicadas en el techo, los autobuses transportaban diversas mercancías para las tiendas, surtían de casabe, aguacates, naranjas y mangos a pequeños mercados caraqueños y hasta gallinas y cochinos para algún urgido cliente.  La prensa diaria, por ejemplo, era trasladada desde Caracas en la primera unidad que retornaba, luego de salir de Guatire a las cuatro de la mañana; es decir que alrededor de las nueve ya los guatireños tenían en sus manos sus periódicos favoritos, que antes recibían en horas de la tarde y en algunos casos el día siguiente.

Responsabilidad social empresarial
      Siempre ha existido la creencia que explica que los nombres propios tienen características implícitas o inherentes a sí mismos; en ese sentido, si algún nombre se corresponde bien con una realidad es justamente el de la empresa El Amigo del Pueblo. El término responsabilidad social empresarial es un concepto nuevo en la legislación venezolana, al cual (por supuesto) no le hacen caso la mayoría de las empresas privadas y ninguna de las públicas. Pues bien, esta pequeña y aldeana compañía puso en práctica esta modalidad desde sus inicios a través del bono estudiantil y el bono de los trabajadores. ¡SIN SUBSIDIOS GUBERNAMENTALES NI TRAMITES BUROCRATICOS!
      En épocas donde no existía inflación, el pasaje se mantuvo inalterable: Bs. 0,50 a Guarenas y Araira; Bs. 1,50 a Petare y Bs. 2.00 para Caracas. Los estudiantes pagaban medio pasaje y los trabajadores tenían un descuento del 25%. Así, todos los sábados los trabajadores se dirigían a las Oficinas de la empresa y adquirían su lote de bonos para la semana siguiente. No era necesario carnet alguno, ni formalidades, ni colas.
      En los años cincuenta, un chofer de la ruta Guatire-Caracas ganaba 25 bolívares diarios y un colector  la mitad. Quienes iban a Barlovento tenían un sueldo mayor y cobraban viáticos. Luis Guillermo González explica que para viajar a Higuerote recibía, como colector, 5 bolívares adicionales que le alcanzaban para dormir en una pensión y disfrutar de una opípara cena.
      Establecer parámetros comparativos entre aquellos sueldos con los de ahora no resulta una tarea sencilla por la absurda situación hiperinflacionaria que sufre el país. No podemos compararlo el salario en dólares (Bs. 3,30 era el cambio oficial de aquellos años) con el oficial de ahora (¿alguien sabe a cómo se cotiza?) por virtual, inexistente e indiscutiblemente inaccesible. Y para no meternos en líos gubernamentales con el paralelo tampoco haremos comparaciones de este tipo, además ¡es imposible! Pero si usted desea echar números le diremos que un salario mínimo en la década de los cincuenta  era equivalente a 7,75 US$ ¡y mire que rendían!
       En 1958, por ejemplo, se anunciaba en la prensa un Austin último modelo con una inicial de Bs. 1.400,00 y 24 cuotas de Bs. 250,00. Usted podía alquilar una buena vivienda 
Visita de Rómulo Betancourt  en 1958. A la izquierda
un bus sale de la terminal
cercana a la Plaza 24 de julio por 50 bolívares y con veinte llevar un mercado a su casa con verduras frescas, carne, pescado seco, azúcar, culei, pasta La Castellana, pan y leche sin necesidad de hacer colas. Todo ello, vale decir, en bolívares requeteviejos. Lo único que no encontraría en las bodegas era detergente, lavaplatos, esponjas ni cera para pisos; porque sencillamente se lavaba a mano con jabón Las Llaves,  se fregaba con estropajo que en cualquier montarral encontraba en abundancia y los pisos se pulían con esperma de velas y kesosene, costumbre esta que sería rescatable si el sueldo actual alcanzara para comprar la vela y el kerosene, como en la época que nos sirve de marco histórico. El papel higiénico Cruz  Blanca, menos demandado entonces (había otras opciones), se ofrecía a 3 unidades por un bolívar.


Marcos Bilich
      Un colector ganaba Bs. 12, 50 diariamente; es decir 3,78 US$. Marcos Bilich, por ejemplo, formó, alimentó y educó una familia de nueve hijos con ese salario; pudo comprarse un carro, pero prefirió construir una vivienda en la calle Anzoátegui. Inmigrante croata, Bilich vivió y sufrió desde los catorce años los rigores de la II Guerra Mundial de la cual sobrevivió milagrosamente. Esa dura experiencia le sirvió para tener una perspectiva distinta de la  vida y con esa visión formar a su familia. Bilich redoblaba su trabajo para aumentar sus ingresos y poder afrontar los gastos familiares con menor rigor.
      Para la otra camada de colectores, los jóvenes solteros, el salario les abría las puertas del paraíso, y al cobrar acudían al Bar Victoria o al Taurino, donde cada viernes eran recibidos con el festivo grito de “ahí vienen los colectores”, lo que implicaba buenas ventas y generosas propinas.

Paradoja laboral
      Héctor Rangel y Alfredo Gil, jóvenes militantes de la clandestina Acción Democrática, formaron un sindicato en 1957, quizás una semilla intrascendente en su momento, pero que germinaría cuatro años después. En 1960 la empresa cae en una crisis económica. Poca inversión en el mantenimiento de las unidades, nula renovación de la flota y lo que es peor, se niega a pagar doble los domingos: Se inician las protestas de los trabajadores.
Ceniza, por donde se entraba a Araira
     Nina y Francesca Petrizzo, sobrinas de Vicente Rubino que trabajaban en el área administrativa, nos comentan que el problema fue más mucho más grave:   comenzaron a retrasarse los pagos semanales. Los trabajadores se negaban a movilizar los autobuses y en muchas ocasiones había que esperar la entrada al terminal de alguna unidad para pagar sueldos con lo recaudado en ese viaje. Estalló el conflicto laboral y luego judicial que derivó en un embargo de los autobuses y los trabajadores constituyeron en 1961 la Asociación Cooperativa de Transporte Colectivos Barlovento; es decir, dueños de su propia empresa… pero continuaron sin cobrar doble los días domingos. Esta vez no había un patrón laboral a quien reclamarle.


Cierre del ciclo
     La cooperativa fracasó y los trabajadores vendieron su propiedad a otros empresarios que supuestamente conocían mejor el negocio; se creó la empresa Expresos Barlovento; de la noche a la mañana choferes y colectores pasaron de dueños a empleados… y comenzaron, ¡por fin!, a cobrar doble la jornada dominguera, muchos años después.
     A todas estas, Nina y Franscesca Petrizzo fueron dejadas a un lado; ser sobrinas del dueño les perjudicó económica y laboralmente y no fueron tomadas en cuenta para los arreglos judiciales de rigor. No hay mal que por bien no venga, se convirtieron en excelentes peluqueras, a tal punto que las damas guatireñas presumían de sus arreglos:
      -       ¿Dónde te peinaste?
      -       Con las Petrizzo, decían presuntuosamente, aunque no fuese cierto.

     De aquella época nos mencionan choferes como Juan de Mata García, Ascención Matos, José Salcedo, Esteban Pacheco, Iginio Nuñez, Toribio Correa, Santos Pacheco, José Ferro, Diosgracia Regalado y Ladislao Istúris, entre tantos, y colectores como el paradigmático Marcos Bilich, Luis Guillermo González, Cecilio Consomé Utrera, Rigoberto Povea, Felipe Cuevas y el Catire Martínez. Pero lo que más se recuerda, y se añora, es el trato cortés, respetuoso y afable de choferes y colectores, muy distante (y distinto) del que dispensan ahora quienes ejercen el mismo oficio.