sábado, 10 de septiembre de 2022

 

Toponimia aldeana

                                                                                     Aníbal Palacios B.

No fue iniciativa propia del Concejo Municipal del Distrito Zamora sino una disposición legislativa la que llevó a los ediles guatireños a sustituir el nombre de la Avenida 19 de diciembre por el de calle 9 de diciembre, en toda su extensión. En efecto, un Acuerdo de la Asamblea Legislativa del Estado Miranda del 30 de enero de 1936, mes y medio después de la muerte de Juan Vicente Gómez,  exhortaba a los diferentes distritos a que sustituyeran los nombres alusivos al extinto gobernante en calles, avenidas, plazas y parques y lo remplazaran por el de próceres o artistas de reconocidos méritos. Así, además de la citada calle, la placita Alí Gómez pasó a llamarse Elías Calixto Pompa. Para la rimbombante Avenida Rehabilitación Nacional se optó por una denominación un poco más  modesta: calle 19 de abril, que en realidad era más apropiada, vale decir; La legislatura había sugerido el nombre del general Berrmúdez pero ya teníamos una calle así llamada. También aprovecharon los ediles para sacarse una dolorosa espinita del cuerpo y bautizaron como 5 de mayo el puente sobre el río Guatire, hoy conocido como Puente Machado, para reivindicar la fecha del año 1929 que tantos dolores de cabeza generó al pueblo guatireño y que fuera la génesis de la plaza 24 de julio, instituida el 17 de diciembre de 1930. Fue la primera manifestación de reconocimiento público, y oficial, del trascendental acontecimiento. Dado que se vivían momentos de mucha y peligrosa incertidumbre política, puede calificarse de valiente la determinación de los concejales Jesús María Gámez, Rafael Jaén, Elías Centeno, Luis Felipe Escobar, Jesús María García, hijo, Manuel María Yánez y Rafael Hernández Suárez, principales; y los suplentes Carlos Martus, Ramón Alfonzo Blanco, Alciro R. García, Pedro Antonio Muñoz, Ramón Palacios, Andrés J. Muñoz y Felipe Aurelio Pacheco.

sábado, 3 de septiembre de 2022

 El concejal Grippa

Aníbal Palacios B.

 De cómo Carlos Grippa fue Presidente del Concejo Municipal por 5 días, Belén de Jesús Marrero se le alzó a su jefe y Ana Francisca Mujica perdió su empleo

La Casa de Gobierno Municipal albergó durante mucho tiempo a la Jefatura Civil, la Comandancia de la Policía y al Concejo Municipal; era pequeña, pero como no existía burocracia, había espacio para todos. A comienzos de 1953, luego de aquellas polémicas elecciones  del año anterior, en las cuales el pueblo votó por Jòvito Villalba, pero que debido al procedimiento, aún no famoso, llamado “acta mata voto”, ganó el gobierno de Pérez Jiménez, se decidió nombrar autoridades municipales, y para evitar sorpresas las mismas no serían electas. El Jefe Civil, Jesús Velásquez, fue el encargado de seleccionar a los concejales guatireños; los requisitos fundamentales eran dos: ser ciudadanos honestos y no ser adeco ni comunista; así pues, se buscó entre copeyanos, urredistas e independientes.

Carlos Grippa, uno de los candidatos, consultó con los directivos de COPEI; su posición era que si se respetaba la autonomía municipal podía aceptar el nombramiento, pero que si el Jefe Civil o el Gobernador interferían, renunciaría. Entre los seleccionados figuraban también Antonio Rebanales, Ana Chacìn, Manuel Antonio García y Eduardo Hernández. Ana Francisca Mujica asumió el cargo de Secretaria de la Cámara. En el acto de instalación Ángel María Dalò, quien fungía de Administrador de Rentas, le comentó a Grippa, designado Presidente: “Carlos, aquí quien manda es Velásquez, y se hace lo que él dice; te sugiero que dispongas que la Administración no haga ningún pago que no venga avalado por la Presidencia de la Cámara”.

Un domingo, cinco días después de la toma de posesión, Velásquez asistió a una corrida de toros en Caracas y al día siguiente un empleado de la Prefectura se presentó en la Administración con una factura de gasolina de una estación de servicio petareña; pertenecía al Jefe Civil. Ángel María le indicó que pasase por la  Presidencia del Concejo para que autorizaran el pago porque ahora con la nueva Cámara Municipal, los procedimientos administrativos eran otros. Carlos Grippa recibió la factura y habló con el Comandante de la Policía para saber si alguna patrulla había ido el día anterior a Petare (en aquella época habían solamente dos patrullas y ambas servían); el  Jefe Policial dijo que no. En el ínterin de la verificación, el empleado de la Prefectura se fue a informar al Jefe Civil sobre el particular, y Jesús Velásquez entró al despacho presidencial en forma desenfrenada y altanera y le gritó a Grippa:

- “Por qué tanta investigación para pagar una factura; aquí sobra uno de los dos”

 Acto seguido sacó un revólver y lo colocó sobre el escritorio de Carlos Grippa y le dijo:

-“Toma, defiéndete; vamos a la calle a echarnos unos tiros”-

 Sin lugar a dudas el tipo era una especie de caballero medieval, hay que reconocerlo; otro en su lugar simplemente le hubiese caído a tiros al concejal  y ya. Carlos Grippa siempre tuvo un carácter vehemente, irónico, impetuoso; terco dirían algunos, pero loco no era. Asustado, pero sereno, atinó a decir:

-’Si me vas a matar hazlo aquí, yo no sé manipular un revólver”

 En eso apareció la figura de Belén de Jesús Marrero, ex - dirigente campesino de Salmeròn y guardaespaldas de Velásquez, e intervino milagrosamente en el conflicto y le dijo al Jefe Civil:

- “Mira Velásquez, si las cosas son así, creo que también sobra uno entre tú y yo, vente a la calle que yo si me voy a dar unos tiros contigo”.

-“Tú eres mi subalterno” -, grita con desdén el Jefe Civil.

            -“Pero soy más amigo de Carlos Grippa” -.

 De inmediato se quitó la chapa policial lanzándola sobre el escritorio, justo al lado del revólver.

El Jefe Civil, quien tampoco era loco y sabía cazar una buena pelea, optó por retirarse. Se fue inmediatamente a Los Teques y al día siguiente reunió a la Cámara Municipal y les informó que por orden del Gobernador el señor Carlos Grippa no podía seguir siendo Concejal, y le pidió que desalojara el recinto. Carlos abandonó la sala y con él otros colegas de Cámara.

- “No, no, ustedes no, solo Grippa”-, indicaba Velásquez.

- “Si él se va, nosotros también”-.

 En eso se levanta la Secretaria de la Cámara, Ana Francisca Mujica y recoge sus bártulos.

- “Señorita, usted no, son los Concejales”-, dice ya en tono de súplica.

- “Mire señor Velásquez, en esta semana aprendí que soy la Secretaria de la Concejo Municipal, no del Jefe Civil”-, e igualmente se marchó…

 Cincuenta años más tarde, Ana Francisca Mujica nos dijo: “Consideré que no era justo lo que estaban haciendo, y le dije que si ellos renunciaban yo también, agarré mis cosas y me fui. Él no quería que yo renunciara, y después estuvo mucho tiempo sin tratarme”. Por su parte, Carlos Grippa comentó que el gesto más significativo y admirable fue el de Ana Francisca, puesto que renunciaba a su empleo en solidaridad con ellos: “… los demás teníamos nuestras fuentes de ingresos, porque el cargo de Concejal era ad-honorem; ella dependía de su sueldo y renunció”.

Eso la convierte en una mujer con dignidad y sólidos principios, porque no sólo renunció a un cargo, también se enfrentó a la máxima autoridad civil del Municipio, lo cual en aquella época era mucho decir.

 Rómulo Betancourt y su arraigo pueblerino

Aníbal Palacios B.

          Rómulo Betancourt, la más relevante figura política de la democracia venezolana del siglo XX, apenas vivió nueve años en Guatire, pero fueron suficientes para impregnarse de una atmósfera aldeana que jamás olvidó y cuya espiritualidad mantuvo a pesar de los avatares políticos que le tocó vivir.

Para 1908 Guatire era un pequeño pueblo de mil seiscientos ciudadanos, según datos de Pedro Cunill Grau. En una casa de la calle Bolívar vivía Luis Betancourt, de origen canario, y su esposa guatireña Virginia Bello; allí nació el 22 de febrero un niño bautizado como Rómulo Ernesto. Poco tiempo después los Betancourt-Bello se mudaron a la calle Miranda, en la casa que hoy ocupa la Biblioteca Don Luis y Misia Virginia.

La familia se trasladó a Caracas en 1918, pero esos primeros años coexistidos en la sencillez y calidez de la vida aldeana marcaron a Rómulo Betancourt de manera tal que ni la cárcel, el exilio, la clandestinidad, ni los quehaceres de su investidura política, pudieron desarraigar de su vida la espiritualidad pueblerina, y más bien sirvieron para fortalecerlo en momentos en que el ánimo se debilitaba ante las muchas dificultades que tuvo que sortear.

Amigos como Luis Felipe Muñoz, Dimas Bolívar, Jesús García Tellechea y Pablo Antero Muñoz, entre otros, con quienes compartió escapadas al pozo Las Catanas del rio Pacairigua y disfrutó las travesuras infantiles de la época, nunca fueron olvidados en las buenas ni en la malas. Figuras fraternales como Isidoro Gámez, heredada de su padre, Elías Centeno, Miguel Lorenzo García, Antero Muñoz, Régulo Rico, Vicente Emilio Sojo y el maestro Juan José Fermín, de quienes recibió consejos y orientaciones, siempre merecieron el respeto y la consideración de un agradecido discípulo. Todo el ambiente que se generó en torno a estos y otros personajes, aunado a la enseñanza familiar de valores como el amor por el terruño donde nacemos y nos formamos, convirtieron a Betancourt en un guatireño a carta cabal.

Rómulo no fue dotado de oído musical lo cual fue una circunstancia afortunada; a fin de cuentas, la aldea ya tenía a Vicente Emilio Sojo. Decimos esto porque él vivía justo enfrente de la casa de Régulo Rico y no aprendió a tocar ningún instrumento, para fortuna del país. Su preferencia por el rio Pacairigua en detrimento del rio Guatire era un asunto de longitudes; en cinco minutos llegaba al primero, mientras que el otro requería una caminata de media hora. Betancourt visitó al pueblo en 1945; sus viajes habían dejado de ser clandestinos desde el advenimiento al poder de Isaías Medina Angarita; esta vez lo hizo en calidad de Presidente de la República. En un acto en la Plaza 24 de Julio al doctor Gilberto Useche, en nombre de la comunidad guatireña, le correspondió solicitar la construcción de una escuela, que conocemos hoy como Elías Calixto Pompa. En otra ocasión, en su segundo mandato y durante una sesión del Concejo Municipal,  Miguel Lorenzo García le pidió un estadio para Guatire. Miguel murió antes de concluirse la obra y el propio Rómulo sugirió su nombre para el estadio; merecido por lo demás, porque fue un gran dirigente y mecenas del deporte.

 Anecdotario aldeano

Betancourt aprendió a leer y escribir guiado por las Hermanas Hernández,  vecinas que dirigían una escuela de primera enseñanza para niñas. En aquel entonces varones y hembras recibían clases en planteles separados, por lo que Rómulo no era formalmente alumno de las Hernández sino que ellas, como amigas de la familia, asumieron esa tarea. Pero la mamadera de gallo de los amigos más grandecitos convirtieron en insoportable el aprendizaje y un buen día se presentó en la escuela de Elías Centeno. Entre maestro y alumno se produjo el siguiente diálogo:

-       Don Elías quiero que usted me enseñe”

-       Pero Rómulo, no tienes la edad suficiente para asistir a este plantel”

-       Yo no quiero ir más a la otra escuela”

 No hubo maneras de convencerlo de que era muy pequeño para ese nivel; la terquedad, al parecer, le venía desde niño al futuro dirigente político. Al respecto, Virginia Betancourt comentó que se trataba de perseverancia, no terquedad. Lo cierto fue que Elías Centeno se convirtió en maestro formal de Rómulo con gran ascendencia en su vida extraescolar.

Perseguido político de Juan Vicente Gómez y Eleazar López Contreras, Betancourt algunas veces se escondía en la casa de Chucho Pacheco, a una cuadra de la Jefatura Civil. Cuando eso ocurría las hijas de Pacheco no salían a jugar a la plaza, justo enfrente, por temor a deslices infantiles. Cuando Elías Centeno, a la sazón Jefe Civil del Municipio, se percataba del hecho mandaba un mensaje con los amigos: “Dile a Chucho que le aconseje a Rómulo que se vaya, que no me comprometa porque me lo están pidiendo y yo sé que él está allí”. Y Betancourt no abusaba ni de la hospitalidad de Pacheco ni de la tolerancia y complicidad de Centeno; al día siguiente las niñas volvían a jugar en la plaza. Tiempo después, una tarde se presentó un anciano en casa de Centeno; Elías lo reconoció pese al convincente disfraz:

-       Rómulo ¿qué haces aquí, no sabes el peligro que corres?”

-       Ayúdame Elías, me están acorralando”

-       Me pones en un aprieto entre el deber de funcionario y el de amigo”

     Privó la amistad, y Elías Centeno ayudó a escapar al fugitivo político. Años más tarde Betancourt se acordó del gesto. Cuando derrocaron a Isaías Medina Angarita, las nuevas autoridades adecas detuvieron a Elías Centeno, Ángel María Daló y Manuel María Yánez. Al enterarse, Betancourt se enfureció y ordenó la inmediata libertad de los detenidos. La solidaridad con sus amigos era absoluta; cuando murió Isidoro Gámez, el 11 de octubre de 1945, al no poder asistir al sepelio por razones que saldrían a la luz siete días más tarde, hizo un alto en sus actividades encubiertas para enviar un telegrama manifestando su pesar por no poder estar presente.

En 1960 Betancourt invitó a todos los guatireños residenciados en Caracas para salir en una caravana desde el Paseo Los Próceres hasta la Iglesia Santa Cruz de Pacairigua, e instituyó el reencuentro entre paisanos el día de la Santa Patrona. Cuando se planteó el problema del deterioro físico de la iglesia, y ante la petición de algunos ciudadanos de construir una nueva convocó a los dirigentes de la comunidad (Vicente Milano, Manuel Hernández Suárez, René García, Guido Acuña, Luis Felipe Muñoz, Germán Pacheco, Mariano Marianchic, Gilberto Useche, Francisquito León, entre otros) a una reunión en la residencia  presidencial en Altamira. Un informe de ingeniería del Ministerio de Obras Públicas confirmaba el deterioro de la edificación y recomendaba su demolición porque no resistiría otro terremoto, que al final se produjo cinco años después. Rómulo se inclinó por la sugerencia técnica y Dimas Bolívar, camarero de Palacio, amigo del Presidente y guatireño conservador le recriminó al Presidente: “A ti no te duele la iglesia porque no fuiste bautizado en ella”; es que en esa reunión el Presidente se despojó de su investidura y actuó como un ciudadano más.

Ese día, tal vez para disminuir la tensión del momento, Betancourt apeló a una de sus facetas menos conocida, el humorismo; así, propuso la creación de un Gabinete Ejecutivo con puros guatireños, por lo que designó al diputado Guillermo Muñoz, Ministro de Hacienda; a Cruz Ana Ortega (esposa de Leopoldo Sucre Figarella) Ministra de Obras Públicas; César Gil Gómez, Ministro de Educación; el Obispo Feliciano González fue nombrado Cardenal, y así conformó un equipo de trabajo completo con sus entusiastas paisanos.

Una vez concluido su mandato, Betancourt no dejó de visitar al pueblo; cualquier oportunidad era propicia para compartir con sus amigos de la infancia en casa de Luis Felipe Muñoz. Pero era casi imposible pasar inadvertido porque todo el mundo esperaba su presencia para conversar con él. Pero esos encuentros carecían de la intimidad con la que prefería reunirse con sus amistades. El 29 de junio de 1975 acudió a la celebración de la Parranda de San Pedro. Era esperado en casa de Lourdes Hernández pero había mucha gente en la entrada y cambió de parecer Su intención era ir a casa de Luis Felipe Muñoz en Macaira, como era su costumbre, pero la calle también estaba abarrotada, por lo que decidió darle una vuelta la manzana e inesperadamente se presentó en casa de Emilia Gámez, hija de su entrañable amigo Isidoro Gámez, en el Cerro de Piedra. Allí se auto invitó a almorzar (o se coleó, si le parece a usted mejor) y en compañía de Marcos Falcón Briceño y Jesús María Graterol puso en aprieto a la desconcertada anfitriona, quien le ofreció lo que había preparado para sus hijas que venían a visitarla: mondongo, pernil y ensalada de gallina; el postre era quesillo y dulce de lechosa, y Betancourt adicionalmente solicitó conserva de cidra. Al convite se incorporaron Luis Felipe y Pablo Antero Muñoz y la puerta se cerró a cal y canto. A duras penas lograron entrar las hijas de Emilia y Pedro Manuel Pompa, el esposo. La familia Porto, que elaboraba las exquisitas conservas, vivía diagonalmente y Emilia simplemente cruzó la calle en su búsqueda. Previsiblemente trajo más de lo requerido para el momento porque el ex Presidente pidió para llevar; los sabores pueblerinos aún perduraban en su memoria y en su paladar.

Además del Grupo Escolar, son obras de Betancourt el Estadio, la Iglesia y la Casa Sindical; esta última la entregó directamente a Felipe Berroterán, de Calvarito, y Marcelino Urrutia, de Los Malavares, representantes del Sindicato de trabajadores cañicultores; en el acto estuvo presente José Antonio Álvarez, de Barrio Arriba, vicepresidente del Sindicato Nacional correspondiente. Fueron ellos quienes propusieron el nombre de Luis Moreno pare el recinto, en honor a quien fuera un destacado dirigente de los trabajadores que construyeron el dique de El Norte.

Betancourt solía preguntar por las novedades del pueblo cada vez que venía y era Felipito Muñoz quien lo mantenía al tanto. En una ocasión Luis Rondón vio frustrada su aspiración de ser Director Regional de Deportes porque Simón Alberto Consalvi solicitó al gobernador Manuel Mantilla que designara a la sobrina de un diputado merideño. Mantilla se disculpó con Rondón y le dijo que necesitaría una palanquita. Visitaba Rómulo, como era usual, la casa de Luis Felipe Muñoz y éste, ya informado de la situación por Felipito, le comentó lo ocurrido. Posteriormente Betancourt conversó con Octavio Lepage, Secretario General del partido, y le indicó que a los guatireños no les parecía bien que un merideño dirigiera el deporte mirandino, Días después, cuando el gobernador Manuel Mantilla juramentaba al nuevo Director de Deportes le comentó: “Caramba Rondón, te recomendé que buscaras una palanquita pero se te pasó la mano”:

Rómulo nunca se desprendió de su carácter aldeano y el apego sentimental por el terruño, a pesar de haber estado aquí apenas sus primeros nueve años de vida.