sábado, 20 de agosto de 2022

 

Las plazas Zamora y 5 de julio

Aníbal Palacios B.


En 1911, en el marco de la programación para celebrar el primer centenario de la Declaración de Independencia de Venezuela, el Concejo Municipal acordó “Dedicar los doscientos barriles(de) cemento cedidos por el Benemérito Jefe del País, a la construcción inmediata de las aceras de la Plaza Zamora, a las de las calles Miranda y 19 de diciembre y a las aceras de la pequeña plaza adyacente a la Plaza Principal, que de ahora en adelante se denominará Parque 5 de julio…”

Ese nombre permaneció por veinte años puesto que al inaugurarse la Plaza 24 de julio con la estatua de Bolívar, el busto de Zamora –donado por la municipalidad de Villa de Cura en 1917- fue trasladado a la placita que en adelante se llamó  Plaza Zamora; posteriormente el lugar dio paso a parte del actual Centro Cívico.

La calle 19 de diciembre era la antigua calle Manzanares, cuyo nombre lo recibe de la quebrada homónima que corre en su parte oeste y desemboca en la Quebrada de las Ánimas. Fue la calle de mayor longitud del municipio y por muchos años la más importante. La municipalidad dispuso llamarla 19 de diciembre como un homenaje a la fecha del ascenso al poder del general Juan Vicente Gómez.  Luego de la muerte de Juan Vicente Gómez en 1936 –en una manifiesta acción de sincretismo político- las autoridades municipales tacharon el número 1 de su nombre y quedó simplemente como 9 de diciembre; en reconocimiento a la batalla de Ayacucho que en 1824 determinó la definitiva derrota de los ejércitos que representaban al imperio español en suramérica.

viernes, 5 de agosto de 2022

 

Guatireña, la primera venezolana que se graduó de médico en la UCV

Aníbal Palacios B.


Zahra Bendaham Chocrón fue una audaz, paradigmática y legendaria mujer guatireña que se atrevió a desafiar
prejuicios religiosos, sociales, culturales y familiares en el primer tercio del pasado siglo para lograr no solo un propósito personal, sino además para ensanchar caminos que dignificarían a la mujer venezolana. Sin embargo, es una ilustre desconocida en la comunidad guatireña. Zahra fue la primera venezolana en graduarse de médico en la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Zahra Bendaham nació en Guatire a las cinco de la mañana del 28 de agosto de mil novecientos. Hija de Elisa Chocrón y Carlos Bendaham, próspero comerciante judío sefardí de origen marroquí. Su tienda –y hogar- estuvo ubicada en la calle Miranda; vecino a la vivienda de Luis Betancourt y Virginia Bello. Estudió con las hermanas Hernández Suárez y con el maestro Juan José Fermín, los mismos docentes que formaron a Rómulo Betancourt, y al igual que este viajó a Caracas para culminar sus estudios de bachillerato.

 En 1923 Zahra obtuvo el Certificado de Educación Secundaria y se inscribió en la Facultad de Medicina de la UCV. En 1939 se convirtió en la primera venezolana en titularse Doctora en Ciencias Médicas de la Universidad Central de Venezuela. Terminó los seis años de la carrera en 1930, antes que ninguna otra mujer en el país, pese a una severa tuberculosis que casi se lo impide. Pero ese año no pudo presentar la tesis final requerida en la época para oficializar su título; su organismo –minado por una severa tuberculosis- ya no daba para  más y tuvo que esperar nueve años para cumplir con el requisito que le otorgó el título que le honra, que enorgullece a la comunidad guatireña en particular y a la mujer venezolana en general. En un país de principios del siglo XX diseñado para que triunfaran los hombres, Zahra Bendaham enfrentó también los prejuicios sobre la idoneidad de la mujer para realizar tareas diferentes a las domésticas y trazó un camino por el que transitarían con comodidad cientos de miles de mujeres venezolanas.

Cursaba el tercer año de carrera cuando se enfermó víctima de una tuberculosis que casi acaba con su existencia y compromete seriamente la continuidad de sus estudios; pero Zahra logra sobreponerse y con un esfuerzo sobrehumano culmina la carrera en 1930, pero no fue sino hasta el 31 de julio de 1939, ya bastante recuperada, cuando se enfrentó al jurado que finalmente aprobó su tesis y le otorgó, ese mismo día, el título de Doctora en Ciencias Médicas.

Al respecto, en su discurso de grado señala: “Mis seis años de estudiantado fueron seis años de calvario con todas sus estaciones, sin faltar una, debido a los tiempos que atravesábamos: incomprensión, preconceptos arcaicos, falta de costumbre de ver a las mujeres en las aulas, maledicencia, envidia, pequeños caciquismos en cada jerarquía, groserías innatas, de unos, persecuciones sistematizadas de los otros, pasiones políticas encontradas. Desde el bachillerato hice toda la carrera sola: única mujer existente en aquellos predios de varones, fui por la fuerza de las circunstancias poco compañera de la generalidad de mis compañeros; para ellos se anteponían por falta de costumbre, la mujer a la estudiante, no queriendo comprender o no comprendiendo cómo una mujer podía estudiar medicina sin ser un marimacho, sin perder su decoro, sin mengua de su honestidad”.

Ese fue parte del discurso pronunciado por Zahra Bendaham, oradora de orden del acto donde recibió el título de Doctora en Ciencias Médicas en la UCV el 31 de julio de 1939. Fue una deferencia de parte de sus colegas graduandos, quienes reconocieron así el esfuerzo, sacrificio y constancia de esta mujer que supo enfrentar adversidades personales, académias y sociales con mucha entereza.

En ese discurso Zahra plantea: “¿Qué más se necesita para no sonreír alegremente ni siquiera ante este triunfo? No que el orgullo se apodere de mi espíritu, ¡oh, no!, y lo considere como triunfo científico, mas sí como triunfo extraordinario sobre el medio, los prejuicios, la envidia, las circunstancias que me han rodeado, mi mal estado de salud y por ende la muerte, el tiempo que ha pasado desde la terminación de mis estudios…”

La precedió en el intento de estudiar medicina en la UCV Virginia Pereira Álvarez en 1911, pero su familia tuvo que emigrar y finalmente terminó la carrera en Estados Unidos en 1920. Por su parte, Lya Imber llegó a Venezuela en 1930, mismo año en que Zahra completaba sus estudios. Terminó en 1936, la primera ciudadana extranjera en graduarse.

La doctora Sonia Hecker rescató para la historia de la medicina en Venezuela la importante y determinante presencia de Zahra Bendaham en un hermoso libro cuyo título es Por una puerta estrecha, publicado por Fundación Polar en 2006. El relato final, el discurso de graduación de Zhara refleja sucintamente la vida de esta figura aldeana. Si eres mujer, si eres médico y sobre todo si eres guatireño debería leer ese libro.

Zahra se casó y tuvo una hija, murió en Los Teques en el año 1946, víctima de la enfermedad que no pudo truncar sus sueños.

            Es el momento de rendir homenaje a Zhara Bendaham Chocrón; el Hospital General de Guatire debe llevar el nombre de esta extraordinaria mujer que ha puesto en alto el gentilicio guatireño; en ese sentido las autoridades municipales deben realizar los trámites correspondientes ante los entes a quienes competa la designación. Asimismo, una de las tantas avenidas sin nombre que rodean al pueblo debe llevar el nombre de este ilustre personaje; finalmente, el libro de la doctora Sonia Hecker debe ser reeditado por la municipalidad, con el permiso correspondiente de su autora.

 

domingo, 3 de julio de 2022

 

Guatire y sus locos

                                                                   Aníbal Palacios B.

 Por supuesto, cada pueblo venezolano tuvo sus locos, pero dudo que hayan sido como los de por aquí. Intelectuales, eruditos, embusteros, aguajeros, pendencieros, agresivos, amables, religiosos y claro está, el simplemente loco e’bolas. Una variedad de personajes significativos en la historia aldeana que, en nuestro particular caso, fueron simultáneamente para varias generaciones porque, en algunos casos, de niños le temíamos, de adolescentes les molestábamos y de adultos buscábamos su conversación. ¡Una locura!

Definitivamente los locos de antes no son como los de ahora; éstos son personajes anónimos, totalmente ajenos a nuestra comunidad, muchas veces recogidos por las autoridades de algún municipio y abandonados en otro para quitárselos de encima, porque les estorban. Los locos de otrora formaban parte de nuestro entorno, conocíamos a sus familias, que por lo demás no se avergonzaban de su existencia, convivíamos con ellos en la mayoría de los casos y, por supuesto, vivíamos atentos a salir corriendo cuando la ocasión lo ameritara.

 El Loco Tomás

Tomás Muñoz era un dilecto loco que gozaba del respeto y admiración de toda la población, no sólo porque perteneciera a una muy querida familia guatireña sino porque además llamaba la atención por su inteligencia y erudición. No son pocos quienes afirman que su insania le vino precisamente de allí, de tanta lectura, de tantos conocimientos que procesaba su mente. Escritores aldeanos como Guido Acuña y Rafael Borges lo consideraban un poeta que se expresaba en prosa. Uno de los signos distintivos de Tomás era golpear los postes, era su manera de anunciar su presencia; tanto, que cuando su tía Roseliana escuchaba el opaco sonido, le colocaba la comida en el jardín de la casa y entraba apresuradamente. Tomás se percataba, pero no le importaba. En una ocasión le comentó a Rosita Rondón, su prima, que Roseliana estaba más loca que él; ¿a quién se le ocurriría poner la comida en el jardín y salir corriendo para no verle?

Tomás era agricultor y tuvo tres hijos; en los años cuarenta comenzó a presentar síntomas de abstracción y más tarde de facundia, que pronto llamaron la atención de todos por la coherencia de su discurso. No hablaba solo, le gustaba tener audiencia; apenas veía un grupo de cuatro o cinco personas, comenzaba su bien orquestada perorata. El Miércoles Santo era para él una jornada especial porque se trataba de la mayor congregación de guatireños que pudiese reunirse y aprovechaba el descanso de los cargadores para soltar una arenga al Nazarero:

“El mundo fuese distinto si no te hubieses sacrificado. Sacaste a los mercaderes del templo ¿y qué? Volvieron al irte tú; necesitábamos tu justicia, no tu sacrificio”

             Y por ese estilo; era un discurso breve, unos cinco minutos tal vez, y al terminar se arrodillaba, realizaba una reverencia y se retiraba en medio de aplausos; golpeando postes, como siempre se le recordó. Murió en 1959 y Rafael Borges, el mejor poeta guatireño del siglo XX, lo inmortalizó en un poema lírico titulado Adiós al Loco Tomás.

 Otilio

Al principio a Otilio se le conocía como el muchacho de los mandados, aunque él se autocalificaba como encargado de encomiendas. El pueblo le agregó a su nombre el impropio remoquete de Pila e’mierda, que además de injurioso era absolutamente injusto; no se correspondía con su perfil de hombre sencillo, mal vestido pero no maloliente. Eso sí, embustero como ninguno. Si a algún parroquiano se le hubiese ocurrido recopilar y documentar sus relatos, con toda seguridad se hubiese hecho acreedor de un record Guinness como el hombre más embustero del mundo.  Asentó su popularidad entre los años cincuenta y sesenta y su mendacidad era compulsiva. Otilio se desaparecía del pueblo un par de meses y regresaba subrepticiamente al Bar Tropical de Miguel Lorenzo García donde era bien recibido y agasajado por un grupo de contertulios que se peleaban el honor de brindarle un trago de aguardiente para estimular su inventiva:

 “Estuve en Manhattan, y mientras paseaba por Central Park se me acercó un emisario del mismísimo Dwight Eisenhower con una invitación a cenar en la Casa Blanca, quería conocer mi opinión sobre las elecciones presidenciales y le dije: Ike, lamento que Rockefeller haya retirado su candidatura en las primarias, Nixon no le ganará a Kennedy”

 

–Así, con ese desparpajo-

En una ocasión se excusó con el Generalísimo Franco porque debía atender una invitación del papa Juan XXIII, ¿y cómo decirle que no al Santísimo Padre?

“Caminaba por Hyde Park cuando observe al Príncipe Felipe, duque de Edimburgo, dirigirse hacia mi. La reina Isabel II me requería en el palacio de Buckingham, necesitaba mi valoración de una obra de arte para la Royal Collection; al terminarla, ofreció una cena en mi honor en el Throne room”.

             Al final de la jornada, Otilio había deleitado a sus anfitriones del Bar, luego se marchaba en busca de cualquier abandonado techo para pasar la noche y al día siguiente volvía a sus recados. ¿De dónde sacaba Otilio la minuciosidad de sus historias? Algunos opinan que recogía ejemplares de Ultimas Noticias y El Nacional de los basureros del pueblo; otros, que se acercaba a la Plaza Bolívar de Caracas a escuchar a viejos embusteros como él. Lo cierto es que a cada escapada traía nuevas, sazonadas y bien documentadas historias para satisfacción de todos.

 Coquito

Delfín Armas era el nombre de este polifacético personaje. Sufría de epilepsia y era cordial cuando lo deseaba, agresivo si se burlaban de él y pendenciero en momentos en los cuales se sentía aburrido. Al grito de ¡Coquito! podía reaccionar de dos maneras: lanzaba piedras con certera puntería o corría detrás de quienes lo molestaban. Los muchachos preferían las piedras porque eran más fáciles de eludir; cuando Coquito los perseguía era toda una proeza escapar de él porque era muy rápido.

 “Me choca ese candidato”

Con esta frase, o alguna similar, daba a entender que buscaba camorra, sentía deseos de agredir a alguien y, por supuesto, nadie se metía con él. A veces una simple y maliciosa sonrisa servía de alerta. Ignoraba que el lenguaje corporal lo delataba: Se paraba con las piernas abiertas y metía sus pulgares dentro del pantalón a nivel de la cintura; nadie se le acercaba, la insensatez juvenil no llegaba a tanto. Coquito usaba alpargatas de cuero y se deslizaba silenciosamente en la acera como un michaeljackson cualquiera para sorprender a distraídas y potenciales víctimas. Si usted lo veía en una esquina a prudente distancia no debía demostrarle miedo, simplemente con la discreción necesaria alejarse del lugar. Si se descuidaba en fracciones de segundos lo tenía al lado en actitud belicosa.

A Coquito le gustaba el beisbol y como cualquier guatireño de los años cincuenta, se acercaba al estadio a ver al temible Gavilanes. Pero en las caimaneras de los muchachos su participación era protagónica: el ompaya, como se le decía entonces al árbitro. Cuando los jovenzuelos jugaban pelota sabanera lo hacían sin árbitro y, lógicamente, surgían discusiones y hasta peleas por los desacuerdos que generaban las jugadas cerradas. El terreno de La Matancita (actual Liceo Juan José Abreu), casualmente cerca del hogar de nuestro personaje, era el lugar más frecuentado por los peloteros. Allí llegaba Coquito en son de paz para ejercer de árbitro, y aunque usted no lo crea, su presencia gozaba del beneplácito de los contendientes por una sencilla razón: nadie se atrevía a cuestionar una apreciación suya, porque las consecuencias de tal audacia eran previsibles; de manera que el juego fluía con rapidez y normalidad… a menos que le diera un ataque de epilepsia, en cuyo caso todos corrían despavoridos porque al recuperarse su agresividad se potenciaba. Solo un mozuelo, Tomás Oses, se compadecía de él y corría a auxiliarlo para que no cayera con brusquedad y lo acompañaba hasta ver los primeros síntomas de serenidad, tras lo cual arrancaba a correr; la gratitud no era una de las virtudes de Coquito, y estar a su lado siempre era un peligro.

Esta es una pequeña muestra del portafolio local de personajes que poco a poco fueron desapareciendo de nuestras calles por razones pueden ser varias; desde los tratamientos médicos que los controlaban, a la vergüenza familiar que los ocultaba; pero si, los locos de ahora no son como los de antes.

sábado, 25 de junio de 2022

 

Semblanza de Jesús María Sánchez

Aníbal Palacios B.

 Humildad, nobleza y modestia son cualidades de la naturaleza humana suficientes para que una persona pase inadvertida en cualquier lugar, pero es casi imposible ignorar la presencia de Jesús María Sánchez, poseedor de tales dones, por muy concurrido y amplio que sea el espacio en el cual se encuentre. Su estatura, física y espiritual, su voz, grave y portentosa, su sonrisa franca y seductora, su andar elegante y su carácter abierto y amigable, tiene un efecto centrípeto sobre quienes le rodean.

Jesús María Sánchez nació en Vega Redonda, Araira, el 14 de septiembre de 1938. Guiado por su madre, Clemencia Sánchez, conoció personajes, historias, cuentos, costumbres y tradiciones de Guatire y Araira, que le llevaron posteriormente a investigar y documentar buena parte de la historia aldeana a través de diversos artículos de prensa, programas radiales y libros, que lo convirtieron en un ilustre guardián del gentilicio aldeano y sus tradiciones autóctonas, defensor de la identidad cultural y reconstructor de nuestra historia.

Formado en dos connotadas instituciones educativas del Guatire de mediados del siglo XX, el Grupo Escolar Elías Calixto Pompa y el Liceo Dr. Ramón Alfonso Blanco, desde muy joven se unió al movimiento cultural guatireño y junto con Guido Acuña y César Gil fundó la Casa de la Cultura del Estado Miranda, luego renombrada Casa de la Cultura Antonio Machado. Por entonces comenzó su prolífica e incansable labor de cronista aldeano y a falta de medios donde publicarlos fundó los propios como El Tambor y Pamiragua, hasta que surgieron semanarios como La Voz y Rutas Mirandinas que acogieron con entusiasmo sus escritos sobre la cotidianidad histórica de Guatire, Guarenas y Araira. También para esa época de principios de los años sesenta incursiona en la Radio con un programa de corte cultural que por arte de su manifiesta credibilidad, sus entretenidos guiones y su mágica voz se convirtió en todo un éxito a través de Radio Industrial; lo llamó Festival, una verdadera fiesta dominical de conocimientos. Años más tarde repetiría la experiencia y el éxito a través de Caliente Stereo con el programa Por los caminos abiertos.

A Jesús María Sánchez se le reconoce como el historiador que rescató para la comunidad guatireña el Decreto que honró a nuestro pueblo con el merecido título de Villa Heroica, por atreverse a dar el primer grito de Federación más allá de las fronteras de Coro. Por el contrario no se le acredita mérito alguno por ser el cronista que rescató para la historia cultural del país la densa obra de Elías Calixto Pompa, excelso poeta nacido en la hacienda El Palmar en 1837, relegado al olvido hasta que con el tesón, paciencia y determinación atribuibles sólo a un paisano interesado en resaltar los valores de su patria chica, pudo Jesús María, luego de un arduo trabajo de investigación en la Hemeroteca Nacional, encontrar en viejos periódicos publicados entre 1862 y 1887, los poemas de K-Listo, como era conocido el poeta. Así, publicaciones como El Federalista, El Porvenir, Diario de Avisos, El Siglo, Registro Literario, El Fonógrafo, y El Independiente, impregnaron sus manos de polvo, su olfato de olor acre, y su mente de maravillosos sonetos que legó posteriormente a la comunidad zamorana en particular y al país entero en general.

Por lo demás, en su rutina diaria de funcionario de la Biblioteca Nacional su atención era requerida por jóvenes estudiantes universitarios que no solo necesitaban consultar libros, sino orientar investigaciones. Adicionalmente, grandes figuras de las letras venezolanas tenían en Jesús María una especie de bibliotecario particular; así, Mariano Picón Salas, Ángel Rosenblat, Miguel Otero Silva, Jesús Sanoja Hernández, Arturo Uslar Pietri, Guillermo Meneses, Gloria Stolk, Antonio Arraiz, Rafael Pizani, entre tantos, se convirtieron en usuarios de lujo  y hasta le solicitaban con anticipación material bibliográfico, que Jesús María curioseaba con interés.

Publicó a través de la Casa de la Cultura del Estado Miranda las siguientes obras: Apuntes sobre Guatire, 1965; Versos de K-Listo, 1966; Poemas y otros trabajos de Elías Calixto Pompa, 1966 y Documentos sobre la Colonia Bolívar, 1968. De memoria prodigiosa, luego de jubilado de sus tareas docentes, Jesús María se convirtió en una especie de profesor ambulante que en las festividad de la Santa Cruz, de la Parranda de San Pedro o de Villa Heroica; es detenido en la calle para dictar clases magistrales sobre Guatire y Araira, sus tradiciones y sus personajes. El trata de camuflarse vestido como un sanpedreño cualquiera, con betún, levita y pumpá, de sanjuanero común y corriente con franela, pañuelo al cuello y sombrero de cogollo, o como ciudadano de a pié cada 20 de septiembre con fresca guayabera pero ¡qué va!, no puede esconderse de quienes se convierten en alumnos fuera del aula por varios y dilatados minutos.

Jesús María Sánchez ocupa, sin lugar a dudas, un distinguido lugar en el Olimpo de los grandes ciudadanos nacidos en estos lares. De él se puede y se debe escribir un extenso libro biográfico.

 

viernes, 24 de junio de 2022


La Independencia fue una guerra civil. 

Discurso de Orden pronunciado por Aníbal Palacios B.,
con motivo del 201° aniversario de la Batalla de Carabobo, en la Plaza 24 de julio 

 El acontecimiento venezolano más relatado por historiadores, cronistas, ensayistas, improvisados y cuenteros de oficio, es a su vez, dada su trascendencia, el menos transparente de cuantos ocurrieron durante la guerra de independencia, en términos historiográficos.

De entrada, el título Batalla de Carabobo genera confusión, y en historia las indefiniciones siempre ocasionan polémicas y las dudas, a su vez, restan credibilidad a los hechos. Si a un distraído estudiante de bachillerato le preguntan cuándo ocurrió la Batalla de Carabobo y responde que el 28 de mayo de 1814 seguramente todos, docente incluido, le dirían que está equivocado. Y resulta que, efectivamente, en esa fecha hubo una Batalla de Carabobo, muy importante, por lo demás. Entonces, ¿a cuál batalla nos referimos?

Por antonomasia, se llama Batalla de Carabobo a un evento acaecido el 24 de junio de 1821, en Valencia, pero ocurre que la retórica lingüista es contraproducente en la narración de eventos reales porque, entre otras razones, atenta contra un concepto básico en la investigación y posterior relato, denominado “rigor histórico”.

Lo primero que se observa al leer las crónicas sobre la Batalla de Carabobo de 1821 es su descripción en términos militares. Desde la escuela primaria nos enseñan que intervinieron compañías, tropas, batallones, divisiones, regimientos, escuadrones, pelotones, etc., indistintamente. Nadie se toma la molestia de explicarnos qué es y cómo está compuesto un batallón, un escuadrón o un pelotón. De las divisiones ni hablar, que ya bastante molestia nos generaba tratar de entender a la maestra cuando se esforzaba en explicarla, luego del sufrimiento que nos causó comprender la multiplicación.

Todo esto trae como consecuencia que más de doscientos años después se desconozca con propiedad cuántos soldados intervinieron en la contienda. Cada bando, patriotas y realistas, ofreció cifras dentro de un contexto estratégico válido para impresionar al enemigo pero carente de utilidad para fines de objetividad histórica. Desde 10 mil para unos y 4 mil para otros, siempre con ventaja numérica para los patriotas, hasta cifras más parejas y menos cuantiosas. Cada quien expone sus números sin más explicaciones ni consideraciones de interés, como por ejemplo lo concerniente a la dotación, alimentación y movilización de las tropas, ni su preparación para la confrontación.

Y para corroborar aquello de que muchas, manos en el guiso ponen el caldo morado, vale acotar que hasta el mismísimo Carlos Marx, aquel que –por unos dólares más- una vez calificó a Bolívar de “canalla, cobarde, brutal y miserable”, y lo comparó con un “analfabeto,  sanguinario y corrupto” emperador haitiano de mediados del siglo XIX, para consternación de los marxistas criollos, pues bien el revolucionario de marras no quiso quedarse al margen de lo acaecido por estos lares y ofreció sus cifras: 4 mil realistas contra 9 mil patriotas. Conclusión: Es impreciso y por ende falso el número de combatientes que, según nos enseñan, intervinieron en la batalla de Carabobo de 1821.

En la Batalla de Carabobo de 1821, sobre la cual –por cierto- René García Jaspe documentó la participación del guatireño José Fruto Oses; el ejército patriota logró una importante y significativa victoria que inclinó favorablemente la balanza para que dos años más tarde, con la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, se lograse el triunfo definitivo sobre las tropas realistas. Podemos convenir que con el triunfo logrado el 24 de junio de 1821 en Carabobo, el Departamento de Venezuela, que eso éramos en aquel entonces, aseguraba su independencia del reino español, pero la guerra no terminó allí, como se nos hace entender. Hubo que esperar dos años para lograr el objetivo de manera categórica e incuestionable, porque los reductos realistas en Cumaná, Puerto Cabello, Coro y Maracaibo generaban esperanzas en el ejército realista y si no inquietud, por lo menos preocupación entre los patriotas. Los combates, enfrentamientos y escaramuzas continuaron hasta el 24 de julio de 1823 cuando en la citada Batalla Naval, las tropas que luchaban a favor de los españoles rindieron su definitivo y último esfuerzo.

¿Por qué nos enseñan que la independencia se logra con la Batalla de Carabobo de 1821 y no con la de Maracaibo de 1823? La batalla de 1821 fue el inicio de la liberación del Departamento de Venezuela o de la Capitanía General de Venezuela, que ambos nombres tenía según quien la aludiera.  Si a ver vamos, el Mariscal Francisco Tomás Morales, con la potestad que le confería el cargo de Capitán General de Venezuela, firmó el 3 de agosto de 1823 la capitulación que oficialmente puso fin a las hostilidades y de paso lo convirtió en la última autoridad del gobierno español en Venezuela, con las repercusiones políticas que el hecho implicó, dentro y fuera de nuestro territorio.

La omisión más llamativa

Pero hay algo muchísimo más significativo y trascendente que tampoco nos enseñan: Nuestra guerra de independencia fue un conflicto entre patriotas y realistas, sí; pero no de venezolanos contra españoles. La lucha por la independencia de Venezuela fue una guerra civil. Solo los oficiales tenían distintas nacionalidades.  

Simón Bolívar, con la perspicacia analítica que siempre le caracterizó, se percató de ello apenas comenzada su lucha. Dado que su formación militar la forjó en Colombia comandando tropas granadinas contra el ejército español, se vio sorprendido cuando al comenzar la Campaña Admirable, el 14 de mayo de 1813, observó que esta vez el ejército enemigo no lo conformaban españoles sino venezolanos; de allí que apenas un mes más tarde, el 15 de junio de 1813 promulgara su famoso y absurdamente cuestionado Decreto de Guerra a muerte. Al Decreto lo juzgan por su título y no por su contenido, y resulta irrazonable: por definición toda guerra es a muerte, no tiene por qué explicarse. Pero lo verdaderamente sustancial y transcendental fue que Bolívar estableció en términos claros, inequívocos y terminantes que sus compatriotas no eran sus enemigos… “… Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables“. Nuestro futuro libertador mostraba tempranamente la lucidez de estadista que le distinguió entre sus compañeros de lucha.

Inexplicablemente esta tesis no ha sido analizada en profundidad en la historiografía venezolana. Solamente la ha considerado el sociólogo e historiador Laureano Vallenilla Lanz. Sus planteamientos han tenido poca resonancia tal vez porque fueron publicados en un polémico libro titulado "Cesarismo democrático. Estudios sobre las Bases Sociológicas de la Constitución Efectiva de Venezuela", publicado en 1919. Cien años después su tesis política ha sido objeto de innumerables análisis y cuestionamientos, como poca atención sus consideraciones históricas.

“Decir que la guerra de la Independencia fue una guerra civil, no amengua en nada la gloria de nuestros Libertadores”, señala Vellenilla Lanz. En efecto, la guerra de independencia venezolana fue la más larga y cruenta de hispanoamérica, y buena razón de esa particularidad lo fundamenta su carácter de guerra civil. Los estudiantes comandados por José Félix Ribas derrotaron en La Victoria a un ejército realista compuesto por venezolanos; los ejércitos de José Tomás Boves, Domingo Monteverde y Francisco Tomás Morales estaban conformados por criollos de distintos estamentos sociales. En 1812 bandas realistas provenientes de Curiepe asaltaron Guatire y perpetraron una atroz matanza, denunciada por Bolívar en su Carta a las naciones del mundo”... y no eran españoles. Venezolanos también fueron quienes persiguieron a los patriotas en la Emigración a Oriente.

La guerra de independencia la promovió la aristocracia caraqueña, los pardos y la clase media en general no se avinieron a ella; mucho menos los negros indios y mestizos quienes en su mayoría formaron parte del ejército realista. Pero no solo fueron las clases sociales menos favorecidas quienes dieron la espalda a la causa libertadora; fueron muchos los hombres notables que lucharon o realizaron funciones públicas a favor de la corona española. Esos mismos hombre, una vez concluida la guerra se incorporaron a la vida política republicana con el nombre de godos.

Finalizada la guerra en 1823 esos realistas militares y civiles criollos ahora eran ciudadanos republicanos y desde esta nueva posición continuaron combatiendo el sueño bolivariano de la Gran Colombia y socavaron las bases de su sustentabilidad en Venezuela, permaneciendo abiertamente contrarios a los ideales del Libertador, ahora en el plano político. Lo que no pudieron lograr en diez años de guerra lo obtuvieron en cuatro años de pacífica y soterrada lucha política. En decir, esa guerra civil entre venezolanos continuó hasta el Congreso de Valencia de 1830…

Al final la guerra la ganaron los realistas, llamados godos o conservadores, pero ya éramos una república.

                                                                                                Guatire, 24 de junio de 2022

 


lunes, 25 de abril de 2022

 Plaza Zamora de Guatire


Aníbal Palacios B.

Este es el aspecto de la plaza Zamora según una descripción de Ángel María Daló (Guatire, 1995). El faro fue sustituido en 1917 por un busto de Ezequiel Zamora donado por la municipalidad de Villa de Cura por iniciativa de Antero Muñoz. A su vez, el busto de Zamora fue reemplazado en 1930 por la estatua de El Libertador y trasladado a la Plaza 5 de Julio, ubicada justo al frente, que a partir de entonces se denominó plaza Zamora; fue el segundo destino local de este busto, que desde entonces lo tienen del timbo al tambo, para expresarlo en términos de la época.
Plaza Zamora en los años 60



viernes, 11 de marzo de 2022

 

El cronista municipal

Aníbal Palacios B.

    Llegado el momento de elegir un nuevo cronista del municipio Zamora del estado Miranda, había un consenso en torno al nombre de René García Jaspe, insigne guatireño quien junto con Ángel María Daló, Guido Acuña y Jesús María Sánchez, mora en el Olimpo de la crónica histórica zamorana. Pero René manifestó que, por razones personales, no podía aceptar el nombramiento… y se armó la sanpablera.

Sede del Concejo Municipal

    Me preocupa disentir con amigos a quienes admiro, aprecio y respeto, tanto como me angustia coincidir con personas habitualmente más alejadas de mis ideales, quehaceres y pareceres, pero no es la primera vez, ni espero sea la última; del disenso se puede extraer útiles conocimientos. En este sentido opino que el debate en torno al nombramiento del nuevo cronista es pertinente pero extemporáneo, a la par de descomedido. Existen aspectos que me generan suspicacia, tal vez porque no logro entenderlos. El primero de ellos se refiere al hecho de discutirse vehementemente ahora un tema que debió debatirse hace justamente un año. Si el tan mentado artículo 6° de la ordenanza se modificó en febrero de 2021, ¿por qué no se cuestionó en ese momento? No había entonces interés alguno de por medio en la selección del cronista, por lo que la discusión tal vez hubiese sido igual de apasionada, pero más amplia, sincera, desaprensiva. Al respecto, mi impresión es que la discusión no está planteada en procura de determinar quién debe ser el cronista, sino para establecer quién no debería serlo y en ese sentido todo apunta, sin que se revelen nombres, que hay quienes desean que la designación no recaiga en José Manuel Milano quien, hasta la fecha de hoy, 8 de febrero de 2022, no ha sido postulado al cargo.    

René García Jaspe

    Se argumenta que el Concejo Municipal pretende seleccionar a un miembro del PSUV y eso para muchos es inaceptable porque, según ellos, se estaría imponiendo un criterio partidista al nombramiento. Pero resulta que el noble, apreciado y respetado amigo Marlon Zambrano, cronista de excelso estilo literario, poeta de la crónica, al confesar que pertenece a esa organización política le agrega un nuevo ingrediente al debate. Marlon es el único guatireño que puede presumir haber ganado dos premios nacionales de periodismo, ambos por cronista, por lo demás. Uno él solito en 2019, del cual por cierto aún nos debe el brindis, y el otro con Tere Tere en 2005, mensuario del cual es cofundador junto con José Manuel Milano, Elia Alonso y Coromoto Fajardo y en el cual durante muchos años, compartió también con René García Jaspe, Nelly Pittol, Rachel Citty Pittol, Nanci Fernández y quien suscribe). Si por una de esas tantas vueltas que da la vida Marlon Zambrano fuese nombrado Cronista Oficial del Municipio, ¿alguien en su sano juicio criticaría la designación por el mero hecho de pertenecer al PSUV? No lo creo. ¿Que no ha sido propuesto para el cargo? pues yo lo hago en este momento; tecnicismo superado. Entonces, ese argumento de la partidización no me convence. Cualquiera puede tener razones personales para no desear que José Manuel Milano sea el Cronista Oficial, eso lo respeto; pero nadie puede decir que carezca de méritos, credenciales y capacidad de trabajo para ejercerlo. Pertenecer al PSUV no disminuye la valía de ninguno de los dos.

    Otro argumento es el de la injerencia política en la toma de decisiones. Los entes legislativos son instituciones intrínsecamente políticas; es su naturaleza y actúan en consecuencia. Si el alcalde Raziel Rodríguez tuviese mayoría en la Cámara Municipal la situación sería diametralmente opuesta; la misma dirección pero en diferente sentido; entonces la selección seguramente recaería en Rachel Citty Pittol, cuyas cualidades y capacidad de trabajo tampoco pueden discutirse, por tanto, ejercería su cargo con la misma brillantez que los dos miembros del PSUV. Pero, ¿se atrevería alguien a cuestionar ese nombramiento porque existiera una injerencia política en la decisión? Tampoco lo creo y me disculpan tanta incredulidad. Ese argumento entonces carece de sustento; ese no es el problema.

Ángel María Daló

    El otro aspecto es la legalidad. Se critica a estos concejales recién instalados algo que se le toleró flagrantemente a los anteriores, y que es el causante de todo este lío: modificar el artículo 6° de la Ordenanza. Considero que la Cámara tiene el derecho de determinar la manera como debe elegirse al cronista; a fin de cuentas es su responsabilidad. Ramón Melinkoff, destacado profesor universitario, resalta como un principio administrativo fundamental que la responsabilidad no se delega. Usted puede delegar funciones, atribuciones, directrices y actividades; pero la responsabilidad seguirá siendo suya. El Concejo Municipal elige también al Contralor Municipal; ¿podemos elaborar una Ordenanza que establezca una comisión formada por un representante de la Alcaldía, otro del Concejo, un tercero de la Cámara de Comercio, uno más en representación de los contadores públicos que trabajan en el municipio y el otro del sector industrial? El Alcalde, por su parte, nombra al Síndico Procurador Municipal, pero debe recibir previamente la aprobación de la Cámara, que puede vetar el nombramiento. Si el Concejo Municipal, actuando conforme a la ley rechaza el nombre propuesto ¿qué haríamos? ¿Recogeríamos firmas de apoyo o protestaríamos frente al Centro Cívico exigiendo el reconocimiento? La Oficina del Cronista es un Órgano Auxiliar del Concejo, lo establece la ley, que además indica que el municipio “podrá crear”…; es decir, es optativo. Puede no hacerlo y aunque esa sería una salida políticamente incorrecta, pudiera darle largas al asunto mientras nosotros vociferamos. El Concejo Municipal, nos guste o no, tiene deberes que cumplir y el derecho a determinar cómo hacerlo; a fin de cuentas, insisto, es su responsabilidad.

    En todo caso, el asunto jurídico es un tema discutible, lo admito; de interpretación, de tratar de establecer cuál era la intención del legislador y pudiésemos pasar meses tratando de resolverlo sin llegar a un acuerdo, o simplemente concluir que la intención era, justamente, enredarlo todo.

Jesús María Sánchez

    En medio de este zaperoco, surgen voces que desvirtúan, enrarecen y hasta envilecen el debate a través de las redes sociales, o concretamente por medio de un grupo de WhatsApp, pese a la insistente y hasta ahora inútil recomendación de moderar opiniones para mantener la cordura, de manera de no agredir, ofender o vilipendiar a quienes adversamos. Una de esas voces es la del aspirante al cargo, Juan Ramón Colina, quien, en una carta de autopostulación, en lugar de resaltar sus propias virtudes comienza descalificando de manera irrespetuosa, desmedida, e intolerante a sus posibles rivales. Así, conceptuó a Jesús María Sánchez como un viejo caprichoso y se apresuró a inhabilitarlo porque la Ordenanza establece un tiempo de residencia en el municipio y él vive en Los Teques. Jesús María nunca ha deseado ser Cronista Oficial, de haberse interesado hubiese sustituido a Ángel María Daló. Pero si quisiese serlo en este momento ¿sería alguien capaz de vetarlo por ese tecnicismo o protestar una modificación de la Ordenanza que eliminara esa restricción? Cuesta creerlo pero sí, es posible. Para el aspirante Colina, poco importa que Nelly Pittol haya desarrollado una extraordinaria labor en la Casa Regional de la Historia de Petare e investigado y publicado diversos y significativos trabajos sobre Araira y Guatire; nada, es una vieja de 59 años y punto, no nos sirve. ¿Marlon Zambrano? A sus cincuenta años hay que jubilarlo. ¿Qué importan sus dos Premios Nacionales de Periodismo? Que los exhiba en la pared de su casa y se dedique a la poesía; a fin de cuentas es excelente en ese campo. En fin, todo aquel que tenga más edad que la suya no es apto para el cargo. Estas expresiones de Colina recibieron el apresurado, irreflexivo y, consecuencialmente, cómplice apoyo de algunas personas. Aquí vale decir que posteriormente Juan Ramón logró que una agrupación lo postulara y en esa ocasión se dedicó a resaltar sus atributos sin desmerecer los ajenos.    También, en esta vorágine demencial ha surgido una campaña con opiniones destempladas, agresivas, contradictorias y hasta injuriosas en contra de los concejales (de los actuales, no de los responsables reales que conformaron la directiva anterior). Un esfuerzo (sin las injurias) digno de mejores causas. Por ejemplo, cuando Solamey Blanco colocó la estatua del indio aquel, ¿acaso consultó al sector cultura? No. ¿Estaba obligada a consultarlo? Tampoco. Pero a quien sí debió consultar fue a la antropóloga Nelly Pittol y al profesor René García Jaspe (escribió un libro sobre el origen prehispánico de nuestra población, ¿lo sabían?) quienes la hubiesen asesorado sobre las características fisonómicas de nuestros indígenas y se hubiese evitado ese desaguisado. Fueron pocos los cultores que reaccionaron contra Solamey cuando la alcaldesa frustró las pretensiones y necesidades zamoranas de recrearse en un parque zoobotánico en El Ingenio. No se oyeron voces estridentes como las de ahora ¡y miren que ese si fue un hecho trascendente para la comunidad! Tampoco hubo protesta cuando la Alcaldía dejó correr la destrucción de la casona de El Palmar, donde nació Elías Calixto Pompa, o las reliquias coloniales de El Ingenio. Más recientemente, cuando Thaís Oquendo quiso destruir al CEMAG, no fueron pocos quienes se hicieron los locos y voltearon la cara para otro lado, incluso Asopueblo, que tantos favores obtuvo del CEMAG. Esa organización, vale decir, pareciera haber sido creada para llegar al poder, disfrutarlo y usufructuarlo, porque desde entonces –para ellos- se acabaron los problemas en Guatire.

    Todo lo expuesto es lo que genera en mí la suspicacia de la cual hablé al principio.

Guido Acuña

    Como colofón a todo esto Arístides Martínez publico en su estado de WhatApp: “Es triste para la historia del municipio como están dividiendo con la política partidista el tema del cronista de Zamora. Tanta buena historia de Guatire y Araira tratando de echarle tierra…” ¡Arístides! Precisamente el gobernante que quiso enterrar la historia de Guatire y Araira cuando pretendió eliminar la trascendencia histórica que para los guatireños tiene su plaza 24 de julio. En aquella oportunidad el poeta Rafael Borges, José Manuel Milano y César Martínez encabezaron un movimiento que logró frenar la intentona; y lo hicieron de manera sosegada, metódica, planificada; sin agresiones ni estridencias.

    Por lo demás, existe un error conceptual en torno a la figura del Cronista Oficial, se sobrevalora su función. El Cronista Oficial no está llamado a escribir la historia del municipio, ni siquiera a dirigirla. José María Franquíz Jiménez, Ángel María Daló, Elías Centeno, Guido Acuña, Jesús María Sánchez, Luis Felipe Muñoz y Andrés Blanco Delgado, entre otros, publicaron sus investigaciones  sin ser cronistas oficiales. En Tere Tere está escrita buena parte de la historia zamorana, y sus redactores (René García Jaspe, José Manuel Milano, Marlon Zambrano, Nelly Pittol, Rachel Citty Pittol, Aníbal Palacios, Naci Fernández, Ángel Antonio Pestana y Juan Ramón Colina, entre otros) han publicado sus trabajos sin ser cronistas oficiales; y lo seguiremos haciendo. Así que no entiendo tanta alharaca.

    La cultura en Guatire se ha dirigido, ha crecido, desarrollado, evolucionado y fortalecido sin la participación de las autoridades, y continuará así. Sobre esa premisa si considero que debemos organizarnos y exigir más a las autoridades; no sobre hechos circunstancias. En los últimos veinte años la cultura la han llevado adelante instituciones como el CEA, Tere Tere, las Sociedades Religiosas, el CEMAG y las Parrandas de San Pedro, Santa Isabel de Guía y San Juan, sin la determinante presencia de las autoridades locales. El Instituto Municipal de Cultura ni siquiera maneja su propio presupuesto y su accionar no obedece a las necesidades del sector sino a la voluntad de los alcaldes de turno. En tal sentido, ¿somos capaces de establecer una política cultural a corto, mediano y largo plazo con objetivos específicos y generales sustentables y susceptibles de ejecutarse? Eso si vale la pena discutirse. No lograremos nada si no actuamos en ese sentido; como dijera Marlon Zambrano, es nuestro momento 

    ¿Alguien sabe cuánto dinero ha presupuestado la alcaldía en los últimos veinte años para la cultura y cuánto realmente ha gastado? ¿Han consultado al sector sobre la cantidad de recursos que se debe destinar a la cultura? Y algo mucho más significativo aún, ¿cuánto del presupuesto municipal se utilizó en el pago de una nómina al servicio del PSUV y no del municipio? ¿Cuánto dinero municipal se pagó en autobuses, viáticos y demás gastos inherentes a las marchas oficiales? Obtener esa información y supervisar la ejecución del presupuesto para la cultura y conocer su nómina, si es una bandera que vale la pena enarbolar; el otro camino sería persistir en el Síndrome de Sísifo.

                                     Nota: Quien suscribe también fue postulado al cargo, pero conoce perfectamente las reglas de juego.


domingo, 6 de marzo de 2022

 

¿Qué significa ser guatireño?

El término guatireño no es un simple gentilicio; es una condición humana arraigada dentro de nosotros que no se circunscribe a un origen geográfico. Es un sentimiento profundo, un amor incondicional por el terruño; una pasión. Es lo que nos distingue de los demás pueblos. La expresión “los guatireños nacemos donde nos da la gana” (parafraseada del dominicano Dellín Betances) no es arrogante porque presumir de un amor es valorarlo, realzarlo, gritarlo a los cuatro vientos. No importa dónde ni cuándo, se nace guatireño en cualquier lugar del mundo tan solo con valorar las grandes virtudes de esta humilde aldea mirandina, una vez conocido su legado histórico, sus personajes, costumbres, tradiciones, paisajes, leyendas y gastronomía. Años antes, Guido Acuña se lo había expresado a Rafael Borges: “Ah, es que así somos los guatireños”.

 




sábado, 25 de septiembre de 2021

 

Bicentenario de la Batalla de El Rodeo

Aníbal Palacios B.

    Se cumplen, 12 de mayo de 2021, doscientos años de la Batalla de El Rodeo, evento histórico que resultó determinante para que seis semanas más tarde el ejército patriota obtuviera el triunfo que otorgó la independencia a Venezuela en el campo de Carabobo. La estrategia bélica consistía en confundir al ejército realista y hacerles creer que la batalla final sería en el valle de Caracas.

Rota la tregua acordada en el Tratado de Regularización de la Guerra firmado en la ciudad de Trujillo el 26 de noviembre de 1820, ambos contendientes sabían que Carabobo era el lugar que orientaría el rumbo por el que transitaría Venezuela. Por una parte, estaba muy cerca del poder político, Caracas, y por otra, su condición de encrucijada para acceder a cualquier lugar del país, lo convertían en lugar de importancia estratégica inequívoca e incuestionable. Así, sólo había que defenderla, los realistas; y atacarla, los patriotas. Pero estos optaron por una estrategia de distracción que haría creer a los comandantes españoles que el objetivo era Caracas, y para ellos dispusieron de uno de sus oficiales más destacados, y por ende con el suficiente prestigio para dar veracidad a las acciones militares que comandaba.

José Francisco Bermúdez, inició un avance desde Oriente y en lugar de tomar la vía de Los Llanos para reunirse con el resto del ejército patriota en Carabobo, se dirigió a Caracas y el 12 de mayo de de 1821 enfrentó en Guatire, en El Rodeo para ser más precisos, al ejército realista, al que derrotó y persiguió por lo valles del Tuy y acosó hasta Caracas. El objetivo de Bermúdez no era tomar la ciudad, aunque no lo descartase, sino atraer fuerzas enemigas hacia él, y fue tan eficiente, que el Mariscal Miguel de la Torre, Comandante general de las tropas enemigas.se vio en  la necesidad de enviar tropas para retomar Caracas, y debilitó así las fuerzas con las cuales defendería a Valencia. La historiografía tradicional otorga poca relevancia a la Batalla de El Rodeo, pero sus protagonistas; es decir, el ejército patriota si valoró en su justa medida ese acontecimiento.

La importancia, la trascendencia histórica y el reconocimiento oficial de la batalla de El Rodeo como acción bélica de incuestionable y determinante significación histórica se refleja en el hecho de merecer una Edición Extraordinaria del Correo del Orinoco, periódico oficial del ejército patriota. Después de 105 ediciones ordinarias, el general Carlos Soublette, Director para ese entonces del periódico fundado por Simón Bolívar, consideró que era necesario informar el éxito de la estrategia concebida en el Alto Mando Militar.

La primera edición extraordinaria del Correo del Orinoco (hubo dos más) publicada el 31 de mayo de 1821 fue dedicada a informar a Venezuela y al mundo sobre el éxito de lo que se conoció luego como la Batalla de El Rodeo, lo cual indica la importancia de la misma y que no fue un hecho casual, por lo que era necesario informar al ejército patriota que los planes se cumplían tal como se habían previsto, y que el general José Francisco Bermúdez había logrado atraer satisfactoriamente al ejercito adversario con sede en Caracas, para hacerle creer que la ofensiva final que se avecinaba tenía como objetivo esa ciudad .

    La citada edición publica un oficio del general Bermúdez fechado en Caracas el 14/05/1821 (dos días después) en el cual notifica la “…evacuación de esta plaza por el enemigo después de haber sufrido ayer en el pueblo de Guatire un fuerte revés…”. La edición se complementa con otros informes relacionados con la batalla. Dos ediciones más tarde, N° 107 del 16 de junio de 1821, se publican notas sobre la trascendencia de la lucha escenificada en El Rodeo el 12 de mayo de 1821.

Durante la guerra de independencia hubo más de 80 batallas además de Carabobo, y solo una, la Batalla de El Rodeo, mereció ese honor. Así, el 31 de mayo de 1821 en un Correo Extraordinario del Orinoco, se reseñó la batalla.

En el Correo del Orinoco se puede leer, entre otras, información sobre el Discurso de Angostura, los Congresos de Angostura y Cúcuta, el Armisticio de Regularización de la Guerra firmado por Pablo Morillo y Simón Bolívar, las batallas de Boyacá y Carabobo… y la batalla de El Rodeo.

La batalla fue de suma importancia en el resultado final obtenido en 24 de junio de 1821 en Carabobo, y no lo decimos nosotros, los guatireños, por el simple hecho de ser tales, aunque como bien explicó el poeta Guido Acuña al también poeta Rafael Borges, “Ah, es que así somos los guatireños”; no. Se trata de una afirmación pertinente y absolutamente documentada. Es que desde el mismísimo inicio del movimiento independentista los habitantes de este pueblo se involucraron en la noble causa; recuérdese que un guatireño, el sacerdote Francisco José Ribas, firmó el Acta del 19 de abril de 1810.