sábado, 29 de julio de 2017



¡Se derrumban las 4 Esquinas!
Joseito Espinoza predijo el terremoto de 1967
Aníbal Palacios B.

Un anuncio promocional por medio de un volante entregado de mano en mano el día 25 de julio de 1967 anunciaba: “¡Se derrumban las cuatro esquinas!, y una campaña publicitaria a través de Radio Industrial en la peculiar y estridente voz de Luis Reyes, sirvieron de marco para que la tienda Las Cuatro Esquinas anunciara a la comunidad de Guatire, Guarenas y Araira un remate de mercancías que comenzaría casualmente el sábado 29 de julio, que resultó premonitorio porque justamente ese día, literalmente, ¡se derrumbaron las cuatro esquinas! y no precisamente en precios como pretendía Joseito Espinoza, dueño del establecimiento. 

Si usted pregunta en Guatire y Araira quién es José Espinoza, nadie le respondería con exactitud. “¿Es de por aquí?” preguntarán quienes tengan la voluntad de orientarlo. En cambio, si pregunta por Joseito, a secas, o Joseíto Espinoza, si desea ofrecer más datos, entonces sobrarán detalles. No era hijo de ningún José como pudiera pensarse, sino de Vicente Espinoza porque José era su tío. Joseito era el propietario de la tienda Las Cuatro Esquinas, ubicada en un emblemático sector de Guatire que aún conserva el nombre y la referencia geográfica. Ocupaba la esquina noroeste del conocido lugar y competía con Tienda las 3 B (Bueno, bonito y barato), Casa Cultura (luego Casa Grippa) y Bordados Aurora, separados entre sí por menos de cien metros. Había que ofrecer buenos precios para atraer a la clientela y agosto era un buen momento porque durante el período de vacaciones escolares disminuían las ventas. Joseito pautó una campaña publicitaria por Radio Industrial e imprimió un millar de volantes en el que resaltaba la atractiva frase AtenciónSe derrumban las cuatro esquinas- Atención. En negritas la primera y última palabra y con una altura de dos centímetros el anunció central. La promoción estaba pautada para comenzar precisamente el sábado 29 de julio y culminar el viernes 18 de agosto, pero Joseíto apenas pudo mantener la oferta un solo día.
Para 1967 la calle Bermúdez era casi netamente comercial, mientras que en la Miranda predominaban las residencias. Los establecimientos comerciales prolongaban sus servicios hasta las nueve de la noche, cuando terminaba la primera función del Cine Bolívar, de Cipriano Rodríguez.

 Antecedentes
En enero de 1967 la revista Élite publicó un artículo del periodista Luis Duque titulado “¿Un terremoto destruirá a Caracas?”, basado en las profecías de Marina Marotti y unas consideraciones de Alexander Von Humboldt anunciadas en el año 1800. La portada de la revista Élite mostraba una imagen de las torres del Centro Simón Bolívar de El Silencio resquebrajadas y derrumbándose. Caracas celebraba el cuatricentenario de su fundación y quienes creen en cábalas anunciaban que la naturaleza, al no ser invitada a los actos, preparaba para ese día, 25 de julio, una desagradable sorpresa. Una sensación de alivio recorrió el cuerpo de no pocos ciudadanos al ver que todo era falso, pero permanecía la sensación de que algo ocurriría en cualquier momento y particularmente en Guatire las abuelas narraban la tragedia del terremoto del 29 de octubre de 1900; es decir había la creencia generalizada de que un terremoto azotaría nuevamente al país.

Dicho y hecho
Tienda Las 4 Esquinas
A las 8 de la noche en la tienda Las 4 esquinas aún quedaban varios clientes que aprovechaban el primer día de ofertas. Mientras Joseito Espinoza se encargaba de la Caja, sus empleados Héctor Ruiz y Josefina González se movían de un lado a otro atendiendo a los compradores. Josefina en particular dedicaba su atención a una dama que pretendía comprar un par de zapatos. Todos sabemos lo quisquillosas que son las mujeres a la hora de comprar zapatos, por lo tanto a las 8:05 había unos seis o siete pares en el piso y al final la dama en referencia se fue sin comprar ninguno, tal vez en contra de su voluntad. Justo a esa hora un terremoto de 6.5 grados en la escala de Ritcher sacudió toda la costa venezolana y causó estragos en Caracas y La Guaira, mientras que en Guatire las viejas construcciones de las calles Bolívar y Miranda fueron las más afectadas, especialmente las 4 Esquinas. Al grito de “salgan que está temblando” Joseito alertó a clientes y empleados, quienes emprendieron la huida sin percatarse plenamente de lo que ocurría. La tienda tenía tres amplios portones; dos hacia la calle Miranda y el otro por la Bermúdez, por allí salieron todos despavoridos; los clientes, al estar más cerca de las puertas, ganaron la calles sin percance. Hugo Ruiz tuvo lesiones leves, Joseito saltó sobre el mostrador y en segundos estaba  en medio de la calle, pero Josefina González no tuvo la misma suerte. Intentó salir por la puerta que daba a la calle Bermúdez justo cuando se desprendió una cornisa sobre su cuerpo que le ocasionó fractura de cráneo, de pelvis, cara, tres vértebras y escoriaciones en todo el cuerpo; con todo eso, tuvo la suerte de no ser atropellada por un carro que frenó a centímetros de ella cuando quedó tendida en la calle. La llevaron al Centro de Salud Dr. Eugenio P. D’Bellard (Hospitalito), desde donde la trasladaron al Hospital Pérez de León y de allí a la Clínica Ávila. Realmente fue un milagro que Josefina sobreviviera al terremoto, y luego de tres meses de convalecencia regresó al trabajo. Cincuenta años después la encontramos tras el mostrador de su tienda Boutique Jade, en el Centro Comercial Castillejo. Josefina recuerda con exactitud todo lo ocurrido hasta el momento en que tirada en medio de la calle, impotente y con un montón de escombros sobre su cuerpo vio un carro que casi la arrolla; perdió el conocimiento y cuando despertó estaba en una sala hospitalaria, ¡se había salvado milagrosamente!
También a las 8 de la noche, Aurora Llaca, copropietaria de Bordados Aurora, salía de su casa, sede también de su tienda ubicada en la calle 9 de diciembre, frente a la Ferretería El Chamaco (hoy Edificio Pompa). Iba al supermercado a realizar unas compras para la cena familiar y al salir se encontró con una dama, cliente por lo demás, quien se dirigía a la parada de autobuses, rumbo a Guarenas. Ya en la calle Bermúdez, a unos 30 metros de las 4 Esquinas, Enriqueta Villani detuvo a Aurora para pagarle una mercancía que horas antes había adquirido en la tienda, pero la dama acompañante le dice “yo sigo, estoy apurada” y continuó su marcha. Justo al llegar a la tienda de Joseito Espinoza, se produjo el terremoto y el consecuente desprendimiento de la cornisa que la mató e hirió a Josefina González. Pasado el susto Enriqueta y Aurora corrieron a socorrer a la dama referida, pero nada pudieron hacer. ¿Casualidad? ¿Destino? La repentina  aparición de Enriqueta salvó una vida y pudo salvar dos, de no ser por la prisa de la desconocida mujer en tomar un autobús que la trasladaría a Guarenas. Hubo otra persona herida, según se supo luego: la Niña Reverón. El sismo duró alrededor de 35 segundos; luego se produjo un torrencial aguacero.
Ya cerca de las 9 de la noche volvió la calma, Joseito cerró los portones de la tienda y trató de comunicarse con Camila, su esposa, que en ese momento debía estar en Araira, ya que era madrina de boda de Alejandrina Toro, pero esa es otra historia.

Noche de bodas
En el año 1961 se debatía en Guatire la conveniencia de construir un nuevo templo o remodelar el existente, cuya última modificación databa de 1885 y había sido duramente dañado por el terremoto de 1900. Ese era precisamente el argumento de quienes, encabezados por el padre Mariano Marianchic, solicitaban una nueva edificación porque la existente se había reconstruido sobre las viejas y maltrechas ruinas dejadas por el terremoto. No hubo acuerdo entre los parroquianos, por lo que el presidente Rómulo Betancourt convocó a  una veintena de paisanos a una reunión para dilucidar el asunto, el lugar fue la quinta Los Núñez, ubicada en Altamira, residencia presidencial para aquel entonces. Un concluyente y documentado informe del Ministerio de Obras Públicas  determinó que la vieja estructura no aguantaría un terremoto, por lo que la balanza se inclinó por la construcción de un nuevo templo, que finalmente se inauguró en 1965.
Para la noche del 29 de julio de 1967 el padre Mariano tenía una agenda saturada. Esa noche estaban programadas tres bodas y la feligresía llenaba el templo como si de una misa de Semana Santa se tratara. Novios, familiares, curiosos, chismosos y los habituales de siempre que tenían por costumbre presenciar cuanto matrimonio se realizara en la parroquia, ocuparon todos los espacios disponibles. María Josefina Gutiérrez y Luis Felipe Ruiz, Rosaura Silva y Rafael Eduardo Fuco  Acevedo, Sonia Yolanda Utrera y Juan de Jesús El Negro D’León, se disponían a contraer nupcias esa noche en la iglesia Santa Cruz de Pacairigua, mientras que en Araira lo harían Alejandrina Toro y Jesús Álvarez. En el templo guatireño se pautó el comienzo de la ceremonia a las 7 de la noche, por la cantidad de contrayentes; mientras que en la iglesia Nuestra Señora del Carmen los invitados fueron convocados para las 8 de la noche. En Guatire se cumplió el programa sin novedad; pocos minutos antes de las ocho, ya todo el ritual matrimonial había concluido y los contrayentes se habían marchado a las celebraciones correspondientes. A las 8:05 de la noche permanecían en la iglesia el padre Mariano, los monaguillos y alguno que otro curioso, por lo que al producirse el terremoto todos pudieron salir sin mayores dificultades. La iglesia ofrecía seguridad física y, por supuesto, también espiritual pero (por si acaso) era mejor estar en la calle. Para el momento del terremoto las tres parejas de recién casados se disponían a celebrar el acto entre familiares, amigos y alguno que otro coleado, que nunca faltan.

María Josefina Gutiérrez y Luis Felipe Ruiz
La novia tenía 18 años y acababa de graduarse de maestra en el Colegio Santa María Goretti. Había sido asignada al Colegio Eugenio P. D´Bellard cuya sede era la vieja casona de La Carbonera, cuya estructura quedó muy destrozada por el sismo. El novio era Supervisor en Hilana, la hilandería sita en Guarenas. La recepción fue en casa de la familia de la novia, ubicada en la calle Páez. Fueron los primeros contrayentes de la noche, por lo que la ceremonia del vals, el brindis y las fotografías de rigor ya había concluido. Mientras que María Josefina atendía a los invitados Luis Felipe bailaba con su hermana Angélica. “Nos fuimos de un lado para otro y comenzó a caernos tierra del techo”, cuenta Luis Felipe. Se trataba de una vieja construcción con techo de teja y caña amarga. “Solté a mi hermana, busqué a María Josefina y corrimos a la calle”, continuó el novio. Como debe ser, acotamos nosotros.
Todos los invitados salieron a la calle ya atestada de vecinos asustados; pocos tenían la claridad mental suficiente para saber qué hacer; pero en medio del barullo, hubo una persona que si mantuvo la calma, la estoicidad y la imperturbable serenidad de quien nada teme. Ysaura Posteraro Gutiérrez, sobrina de la novia, fue la única persona que se quedó en casa y, créalo o no, sin miedo alguno, a lo sumo quizás desconcertada. Afuera alguien gritó “¿y la niña? y como si de una escena de Mi pobre Angelito se tratara, la madre, el abuelo  y unos tíos corrieron a buscar a Ysaura que, con apenas 10 meses de nacida, sonreía ante la avalancha de caricias, besos y abrazos que nunca antes había recibido en tan poco tiempo.
El palo de agua obligó a todos a refugiarse nuevamente en la casa que por lo demás era una regadera por la gotereas del fracturado techo. Domingo Gutiérrez, padre de la novia, decidió que la fiesta continuaría en El Ingenio, en una casa que tenía asignada por su rol de administrador de la Vaquera de Chuchú García. La mayoría de los invitados no asistió porque se fueron a sus respectivos hogares para ver qué había ocurrido; sólo los familiares de la pareja aceptaron la invitación, así que se fueron con su música, comida y bebida a otra parte. La casa quedó sola, situación que aprovechó un ladronzuelo para robarse algunos regalos. La pareja había alquilado un apartamento en el local donde funcionaba el cine Bolívar, y allí se trasladaron a los cuatro días, una vez superado el miedo a una nueva experiencia.

Rosaura Silva y Rafael Eduardo Fuco Acevedo
Fue la segunda boda de la noche. La pareja de 22 años celebraba en el barrio 23 de Enero, en una casa ubicada justo enfrente del colegio Dr. Ramón Alfonso Blanco. Estaban todos en el patio de la casa dispuestos a brindar por la felicidad de la pareja, cuando sintieron una especie de ola que provocó que un tanque de agua se volcara sobre las mesas. No se habían repuesto del asombro cuando un fuerte ruido y un temblor violento asustó a los invitados quienes entre gritos y llantos salieron a la calle, aunque la lluvia les obligó a refugiarse nuevamente en la casa, cuya estructura de bloque resistió la sacudida. Alguien de la familia se acordó de las botellas de whisky abiertas que habían caído al suelo y corrió a recogerlas para no perderlo todo. Al escampar, se unieron a la poblada en la calle. Césareo Calveiro y su esposa Maruja, dueños de un abasto cercano sacaron dos cajas de velas que obsequiaron a los vecinos puesto que se había cortado el suministro eléctrico. Poco a poco la gente se retiró a sus casas para evaluar daños, mientras los recién casados, una vez restituida la electricidad, decidieron continuar la rumba con los pocos valientes que decidieron desafiar sus propios temores. Pero su número era tan reducido que no pudieron con tanta bebida y comida, por lo cual quienes al día siguiente se acercaron al lugar pudieron disfrutar de algunas delicias sin la zozobra de lo recién vivido.

Sonia Yolanda Utrera y Juan de Jesús El Negro D’León
Fue la última boda de la noche; la pareja y sus invitados se dirigieron a la calle El Rosario donde a mitad de la misma, poco antes de llegar a la calle Zamora, Santiago Mendoza les había prestado su vivienda para la recepción. Comenzaron a bailar el Danubio azul cuando de repente la aguja del tocadiscos de deslizó por toda la superficie del long play en señal de que algo andaba mal. Un invitado gritó “¡Un terremoto!” y todos corrieron a la calle. En este punto de la narración no pudimos determinar la correcta secuencia de los hechos porque tras cincuenta años de su ocurrencia la memoria suele ser tramposa. Lo cierto es que, a pesar de estar bailando juntos, Sonia dice que El Negro corrió primero hacia la salida y ella lo siguió, pero él insiste en que fue al revés, que ella salió despavorida hacia la calle y ante el temor de que un carro la atropellara, corrió tras ella para detenerla. Para sustentar su argumento acota que se resbaló con el arroz que se había regado en el piso y al caerse una cabila del jardín rasgó su pantalón desde el tobillo hasta la cintura. Ignoro que tiene que ver una cosa con la otra pero la desavenencia continuó y debo admitir que la disfruté e incluso le agregué mi granito de arroz: “¿Alguien más se resbaló”? –pregunté-. A fin de cuentas no es la primera vez que la pareja discrepa, ni será la última. Los invitados lógicamente se fueron a sus hogares y los familiares regresaron a la casa cuya estructura no sufrió daños, vasos, platos, botellas, todo cayó al piso, excepto la torta que en el centro de la mesa se inclinó como una torre de Pisa, pero resistió el embate. A nadie se le ocurrió revisar la habitación donde estaban los regalos; bueno, en realidad alguien lo hizo y se los llevó casi todos. Pensaban visitar la isla de Margarita en viaje de luna de miel, pero toda la región costera del país era un desastre. La pareja había fijado su residencia en Calvarito y hacia allá se dirigieron con la angustia de no saber en qué condiciones estaba la vivienda, pero cuando El Negro abrió la puerta y observó que todo estaba intacto, pudo respirar con mayor tranquilidad.

Alejandrina Toro y Jesús Álvarez
El Notario puede decir lo que le dé la gana, pero Camila Espinoza, Camila León y Camila León de Espinoza son una misma persona. Camila Espinoza, esposa de Joseito Espinoza, era la madrina de boda de Alejandrina Toro y Jesús Álvarez y a las 8 de la noche debía estar ante el altar de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, pero a esa hora apenas salía de Guatire en un vehículo conducido por su hermano Rubén León. Fue un hecho providencial, su puntualidad tal vez hubiese producido una tragedia como consecuencia del terremoto porque el templo estaba lleno de feligreses  y estos podían reaccionar con pánico.
Por su parte, Alejandrina había decidido no ir a la iglesia hasta que no llegara la madrina. Ya lucía su ajuar completo: vestido, zapatos, tocado, liga, ropa interior, accesorios, algo nuevo, algo prestado, algo azul; sólo faltaba el buquet porque lo traería Camila. En la habitación le dio un último toque al maquillaje cuando de repente sintió una fuerte sacudida, un ensordecedor ruido y un fuerte movimiento de tierra que obligó a todos, novia, pajes y damas de honor a correr a la calle. En casa sólo se quedó José Vicente Espinoza, entonces de 4 años, hijo de Camila y Joseito, que se aferró al copete de una cama. Pasado el susto alguien preguntó “¿y el carajito?”, y Vicente, quien supuso que se referían a él, respondió “¡Aquí estoy!” Nadie se percató de que lo habían dejado solo. Casi de inmediato se presentó el párroco en casa de la novia y le preguntó ¿Te quieres casar aquí?, pero Alejandrina había decidido casarse en la iglesia y nada ni nadie podía impedírselo, ni siquiera un simple terremoto. Por lo demás, la estructura del templo no sufrió daños severos. A las 8:10 llegó Camila y el séquito se dirigió a la iglesia; como no había electricidad los carros tuvieron que enfocar sus faros hacia la nave del recinto y el párroco pudo finalmente bendecir el matrimonio de Alejandrina Toro y Jesús Álvarez. Con el festejo no hubo problemas, una vez restituido el servicio eléctrico no había razones para suspenderlo, no hubo desgracias en Araira y poco o nada se sabía del resto del país. Fue la única de las cuatro bodas en el municipio cuya fiesta se celebró íntegramente.

Calle Bolívar

Así transcurrió la noche del 29 de julio de 1967 en Guatire y Araira, visto en el tiempo hay escenas que parecen graciosas, pero les aseguró que nadie llegó a reírse. 


Calle Miranda (Hoy Banco Mercantil)

Por lo demás, sin pretender alarmar a nadie, les informo que los sismólogos calculan que el ciclo sísmico en Venezuela es de 50 años, así que no está demás que usted asista a las  

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Aníbal Palacios B.
                                                                                                                       04242193635     








domingo, 2 de julio de 2017


La Parranda de San Pedro:
¿De Guatire o de Guarenas?

Aníbal Palacios B.
 
A estas alturas, cuando por más de doscientos años ya hemos recorrido un largo trecho, algunos cultores guareneros se mantienen sumergidos en un marasmo existencial para tratar de convencerse a sí mismos sobre la insostenible hipótesis de pretender que la Parranda de San Pedro es originaria de Guarenas. Algo que no preocupa en absoluto a sus semejantes guatireños que lo consideran una disputa irrelevante, estéril, vana, intrascendente y extemporánea, entre otras razones porque nadie puede demostrar nada que supere las especulaciones sinsentido.

La actitud de estos parranderos deviene en la de un padre irresponsable de dudosos sentimientos de culpa y arrepentimiento, que nunca atendió a sus hijos, jamás les dio afecto, ni cuidó de su alimentación, salud y educación, pero cuando el joven adquiere un título académico (Summa Cum Laude, por lo demás), intentan figurar en la fotografía de rigor ocupando un inmerecido primer plano, para luego, pasada la euforia del momento, volver a desaparecer de la vida del hijo  abandonado. Esa no es la actitud. Desde hace muchos años, los parranderos guatireños escogieron el camino de la atención, difusión, consolidación y proyección de la leyenda, primero en la propia aldea y luego allende nuestros límites geográficos; los resultados están a la vista. En un artículo publicado en www.guatire.com, la excelsa pluma de Marlon Zambrano zanja la discusión en los siguientes términos: “El San Pedro es aquello que nos contaron y en lo que depositamos fe ciega. Nadie sabe cómo, cuándo y dónde nació pero todos, a través de la tradición oral, afirman que fue entre Guarenas y Guatire, cabalgando los siglos XVIII y XIX en respuesta de los esclavos a la liturgia sincrética que diluía la devoción chamánica con la ceremonia eclesiástica”.

La hacienda San Pedro
Un argumento repetitivo es que la existencia de una hacienda San Pedro en Guarenas demuestra por sí sola que la parranda nació allí. Esto pudiera envalentonar a los habitantes de una populosa y ferviente Parroquia caraqueña para argüir que la Parranda de San Juan se originó en esos lares por las mismas razones, y que los curieperos se la apropiaron impunemente, y en consecuencia emprendan una orquestada campaña publicitaria y legal para recuperarla. La Patrona de Guarenas es la Virgen de Copacabana, como la Santa Cruz lo es de Guatire, pero era una costumbre colonial (aún vigente) que los dueños de hacienda tuviesen un santo patrón particular de acuerdo con la devoción de cada quien, e incluso cada familia también podía ser devoto de algún santo, indistintamente del patrono del pueblo o de la hacienda, tan sólo tenía que registrarla en el Libro de Matriculas correspondiente, aunque no fuese un requisito obligatorio. En Guatire, por ejemplo San Pedro era Patrono de casa y hacienda  de Doña Isabel Gil Arratia, y Patrón de Casa de Gregorio Joseph de la Pompa, como lo han documentado en diferentes investigaciones el historiador René García Jaspe y la antropóloga Hortesia Caballero. Por lo demás, es pertinente acotar que parte de la hacienda San Pedro abarca predios del Municipio Zamora.
Ahora lo que nos falta es que venga Juan Luis Guerra a decirnos que la Parranda nació en San Pedro de Macorís basado en la creencia y premisa publicitaria  “¡Dominicana: Donde todo comenzó!”
Otro argumento esgrimido es el hallazgo de una supuesta partida de nacimiento de una niña llamada Rosa Ignacia. Ignoran los ponentes que para la fecha en que se supone nació la infanta, no se emitían “partidas de nacimiento”; más allá del hecho de ser María, Rosa e Ignacia nombres comunes en la comunidad colonial. Si María Ignacia hubiese bautizado a su hija con el nombre de Garbiñe Ignacia, tal vez podrían especular un poco más, pero que sepamos por estos lugares, Garbiñe hay una sola, por cierto guatireña.


¿Un venezolano ganó el Premio Nobel de Medicina?
Quizá lo correcto es decir que un científico norteamericano nacido en Venezuela ganó en 1980, conjuntamente con dos colegas, el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, pero tiene mayor efecto periodístico decir que se trata de un médico venezolano. Sólo que él nunca se consideró tal. Baruj Benacerraf vivió sus primeros cinco años en Venezuela y se mudó a Francia con su familia en 1925, donde completó su educación secundaria, y en 1940 viajó a Nueva York  a estudiar en la Universidad de Columbia. El científico narra su vivencia en los siguientes términos: Tengo un fuerte sentimiento de identidad con mi patrimonio cultural, que puede haber moldeado gran parte de mi personalidad. Soy de ascendencia española, judía y sefardí. Mi padre nació en Marruecos, cuando era una colonia española. Mi madre nació en Argelia, recibió una educación francesa estándar y tenía el equivalente de un diploma de secundaria, que difieren, en este sentido, de mi padre, que era en gran parte autodidacta y tenía apenas suficiente educación para aprender a leer y escribir español”. (Benacerraf, Baruj: From Caracas to Stockholm: A Life in Medical Science. Prometheus Books; First Edition, August 1, 1998). Es decir, no se sentía venezolano, y con mucha razón.
Nacer en una ciudad específica es un evento circunstancial; no somos de donde nacemos sino de donde nos formamos. La Constitución Nacional obvia el lugar de nacimiento para considerar venezolano a un ciudadano, siempre que cumpla algunos parámetros y declare su voluntad de serlo. Por lo demás, los hijos de inmigrantes que llegan al país desde muy niños se sienten venezolanos. Incluso Elio Bolívar (ex Cronista Oficial de la Ciudad) en una oportunidad manifestó su preocupación porque los guareneros nacían en Guatire, ante la insuficiencia de centros asistenciales en Guarenas, pero no por ello dejaban de ser guareneros, acotamos nosotros. Así que discutir la nacionalidad del científico y la regionalidad ciudadana por el mero afán de darnos golpes de pecho nos parece un acto banal.


Parranda popular vs. Parranda familiar
En Guatire, el San Pedro siempre ha sido una Parranda comunitaria, colectiva, de arraigo popular. Nació en los tablones de caña y aún conserva ese tenor pueblerino de antaño que reivindica sus orígenes. La Parranda de Guarenas tiene un carácter familiar, exclusivo, y esto lo  decimos sin el ánimo cuestionador que siempre han utilizado muchos guareneros para ocultar su indiferencia e indolencia hacia la parranda. “Los Núñez creen que esa parranda es de ellos” argumentan para justificar su apatía y hasta su irresponsabilidad. Nosotros, por el contrario, siempre hemos considerado que, en todo caso, gracias a que los Núñez siempre creyeron que era de ellos, Guarenas tiene Parranda, porque nadie más se ocupo de ella. No obstante, es hora de abrir el compás y fomentar que comunidades como Los Naranjos, Las Clavellinas o Menca, tenga su propia parranda. Por nuestra parte, siempre hemos señalado que a pesar de lo masivo de nuestra tradición, cada comunidad que tenga una iglesia o una capilla (como Araira, Las Rosas, Las Casitas y Las Barrancas) debe salir a parrandear cada 29 de junio, dentro del marco de la tradición. Las Parrandas del 23 de Enero, del CEA y la Fundación, deben ser las abanderadas en esta tarea y marcar las pautas en ese sentido.

San Pedro de Guatire
Desde hace muchísimos años guatireños y araireños han realizado una constante, silenciosa, incansable y metódica labor para salvaguardar y difundir nuestras costumbres, de allí que cuando en 1948, con motivo de la toma de posesión de Rómulo Gallegos, Juan Liscano presentó a Venezuela y al mundo la diversidad y riqueza de las manifestaciones culturales del país en un festival llamado La Fiesta de la Tradición, estuviera presente la Parranda de San Pedro… de Guatire. Antes de ese momento, febrero de 1948,  las manifestaciones culturales de cada pueblo eran desconocidas más allá de sus respectivos linderos. Cuando en 1976 Armando Urbina organizó en Los Teques un festival teatral con las diferentes leyendas y tradiciones mirandinas, también estuvo presente la Parranda de San Pedro de Guatire ¡y Armando era guarenero! El 25 de junio de 2009, veintidós años antes de que la Parranda de San Pedro fuese declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, Arnaldo Arocha, gobernador de Miranda, decretó al San Pedro de Guatire Patrimonio Histórico y Cultural del Estado Miranda. En el año 2009, cuatro años antes de la declaratoria de la UNESCO, la Alcaldía de Zamora decretó el 29 de junio como día de asueto; es decir, antes del meritorio y enaltecedor reconocimiento universal, el San Pedro de Guatire ha recibido el reconocimiento de instituciones oficiales que más allá de acciones protocolares constituyen un apoyo significativo al esfuerzo constante que por más de dos siglos ha sostenido la tradición en este pueblo. De hecho, la declaratoria de la UNESCO de diciembre de 2013 no fue un acto casual, fue producto del esfuerzo realizado por guatireños, concretamente del Centro de Educación Artística Andrés Eloy Blanco (CEA), quienes se dedicaron a dar forma al riguroso expediente requerido por el Organismo Internacional para recibir la postulación; para ello contó con el decidido apoyo del Centro de la Diversidad Cultural. Por lo demás, en junio de 2014, el Cuerpo Diplomático acreditado en el país acordó rendir honores a la Parranda de San Pedro luego de ser declarada por la UNESCO Patrimonio Universal Inmaterial de la Humanidad, y se llegó hasta la humilde iglesia de la Santa Cruz de Pacairigua en Guatire. Por otra parte, artistas como Elizabeth Rodríguez, Pasacalle, Edgar Alexander, Henry Gil e Ilan Chester han grabado distintas versiones del San Pedro con el ritmo y la melodía de la Parranda guatireña, que se distingue por su lenta y acompasada cadencia. Todos estos reconocimientos hablan por sí solos del arraigo y la trascendencia de la Parranda de San Pedro de Guatire, y no son obra de la casualidad, sino frutos de la entereza, perseverancia y disciplina del parrandero guatireño, en una ardua y añeja tarea.
La Parranda de San Pedro de Guatire es un frondoso árbol constante y celosamente cuidado por voluntariosos jardineros que abonan su tierra, desbrozan  su entorno y podan sus ramajes díscolos, de allí su transcendencia.