Plaza 24 de julio

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Plaza vieja, vieja iglesia

jueves, 21 de abril de 2011

Rios de Guatire y Araira

Los ríos del Municipio Zamora

Aníbal Palacios B.

Tere Tere Nº 41, Mayo 2004

La palabra “rivalidad” proviene del latín “rivalis”, y esta de “rivus” (riachuelo, arroyo); es que antes los ríos eran tan importantes para las comunidades, que solían generar disputas sobre su propiedad, acceso y uso. Cualquier quebrada o riachuelo era defendida y  protegida con afán, porque representaba la vida. Con el tiempo, los ríos fueron descuidados, y el hombre buscó otras excusas para pelearse con el prójimo.

Cuándo empezamos a perder ríos

En el municipio Zamora, durante las primeras seis décadas del recién finalizado siglo XX, las autoridades políticas que rigieron el destino de la comunidad siempre se preocuparon por las ríos que bañaban nuestros valles, y cuando intervinieron en ellos fue con el fin de aprovechar parte de su caudal para acercar las aguas a la población urbana. Vino luego el triste período que abarca desde los años setenta hasta el presente, donde una inmensa mayoría de los Concejales y la totalidad de los Alcaldes, se han comportado de manera negligente con el municipio en general y con sus ríos en particular, que desde entonces han sostenido una desigual lucha contra esos políticos indolentes, los depredadores forestales, funcionarios indecentes, explotadores comerciales, invasores profesionales, usuarios inescrupulosos que confunden ríos con autolavados, ciudadanos indiferentes y organizaciones civiles impotentes.
A las autoridades municipales de 1936 les corresponde el honor de haber construido un dique en la Hacienda el Norte para llevar agua a la población, sin destruir el río, con menos recursos económicos, menos tecnología y sin legislación ambiental. Los gobernantes del Municipio del año 1976 llevarán en sus conciencias haber destruido el río Pacairigua, al cerrar el caudal del río Norte, para llevar agua a la población de Guarenas. Por ello pretendemos hoy reseñar una especie de inventario del potencial hidrológico del Municipio Zamora, con el fin de exhortar a la comunidad a enrolarse en una campaña de rescate de todas los ríos y quebradas que riegan los valles de Guatire y Araira, que permita legar a las generaciones futuras los que en buen estado recibimos de la generación que nos precedió.

Las lágrimas eternas del Ávila

Al extremo Oeste de la población, en el sector conocido como Zumurito, aunque no tan cerca del pico del mismo nombre, nace el río Santo Cristo, conocido como río Zamurito por efectos de la suplantación toponímica que el nombre de la antigua hacienda cafetera usurpó por cortesía de los pobladores urbanos. El río Santo Cristo discurre por las ladeas y al llegar a la falda de la montaña recibe las aguas del río Perque, proveniente de predios guareneros y de cuya confluencia nace el río Guatire, que por obra y gracia del sentir popular se le conoce como río El Ingenio, ante la majestuosidad de la antigua hacienda homónima donde se cultivaba la caña de azúcar. No obstante, insistimos, su denominación oficial es río Guatire, nombre emblemático de la otrora apacible Santa Cruz del Valle de Pacairigua y Guatire, cuyo apelativo defendemos por tratarse de la toponimia en la cual se fundamenta los orígenes de la región. El río Guatire riega uno de los dos valles que sirven de escolta a la colina donde se erigió el pueblo, tiene aproximadamente 18,5 kilómetros de longitud y al llegar al sector Las Barrancas se orienta hacia el Este en busca del río Pacairigua, al cual se une cerca de la entrada de Sojo.
Un poco más al centro del territorio zamorano nace el río Norte, cuya cabecera está justamente en la hacienda cafetalera del mismo nombre, a una altura de 1400 metros, cerca del pico Pinturel, su recorrido es poco más o menos 10 km. Una hermosa cascada, playa y balneario conocida como La Llovizna, que  deleitó a varias generaciones de guatireños, era el regalo de despedida de este río, antes de unirse, cuando se unía, al río Aguasales, para dar vida al río Pacairigua. La falta de imaginación, la desidia, la incompetencia, la mediocridad, la negligencia o quién sabe qué intereses, llevaron a que las autoridades de entonces prefirieran arruinar un río que construir un dique, destruyendo a su vez un hermoso paraje recreacional cuyo diseño costó a la naturaleza sus buenos siglos, para obsequiárselo a esta comunidad.
Si continuamos hacia el Este, nos encontramos con el río Aguasales, a veces llamado La Siria y definitivamente mal llamado La Churca, que no es más que un atractivo pozo; nace entre las filas de Aguasales y las Perdices, entre 1600 y 1800 metros de altura y su longitud es de 9 km aproximadamente; al igual que el río Norte en su final, obsequia el Aguasales a la muchachada guatireña un hermoso y emblemático pozo para que luzcan sus dotes clavadistas, aunque con bastante peligro. Lo cierto es que a pocos metros de La Churca, los ríos Norte y Aguasales llegaron a unir sus corrientes para formar otro de los íconos toponímicos representativos de nuestra población: el río Pacairigua, a veces llamado Santa Cruz por la terca comodidad pueblerina de asociar el nombre del río a sus haciendas de caña. A varios kilómetros de allí, cerca de la entrada de Sojo, los ríos Guatire y Pacairigua se unen, y se impone el nombre de este último hasta su confluencia, en El Calao, con el río Grande,  que a muchos kilómetros de allí recibirá también las aguas de los ríos Araira, Chuspita y Morocopo para adentrarse en territorios del municipio Acevedo.

Los cristales andantes de Araira

Ya en la acogedora Araira, tenemos el río homónimo que nace en las estribaciones montañosas que conforman los topos El Oso y Cogollal (o Majagual, como también le llaman) a una altura que varía entre los 1600 y 1800 metros sobre el nivel del mar; su longitud es de 18 km. aproximadamente desde su vertiente principal en el topo El Oso hasta su desembocadura en río Grande.
Si dejamos atrás las otrora Colonias y nos adentramos un poco en busca del famoso lar de las mandarinas, nos encontramos primero con el río Chuspita, que nace en las vertientes Este y Sur del topo Majagual, a unos 1400 metros sobre el nivel del mar, y drena entre las Pavas, topo Redondo y topo El Camejo, con un recorrido aproximado de 25 kilómetros, lo cual lo convierte en el de mayor longitud de los ríos de nuestro municipio; desemboca también en el río Grande, que recoge todas las aguas guatireñas con excepción del río Salmerón.
El río Salmerón nace en los sectores conocidos como Brazo Grande y Brazo Chiquito, montaña adentro, entre topo Redondo y la Fila del Viento,  aproximadamente a 1.000 metros de altura, se nutre con Quebrada Honda y se dirige a la Fila de las Perdices en un recorrido aproximado de 18 km., y confluye en la quebrada de El Bagre, en el sector las Tapas, a partir de  ese lugar pasa llamarse río Capaya, que nace en territorio zamorano y luego se dirige a regar los valles del municipio Acevedo, donde decae topográfica y ambientalmente.
Las montañas de Santa Rosalía y El Amarillo, a una altura relativamente baja de entre 400 y 600 metros, dan vida al río Cupo, que se nutre de las quebradas de María, los Saltrones y El Amarillo, y con una longitud aproximada de 13,5 km., drena también hacia el río Grande.

El Río Grande y su carga de angustia

Por la parte Sur es poca el agua que riega tierras guatireñas, pero allí tenemos al río Morocopo, con una longitud aproximada de 6,5 km. que nace entre las filas de Morocopo y Tierra Negra, al sudeste de Cupo y desemboca en río Grande, en  el sector Los Jobos del Municipio Acevedo. Es precisamente ese río Grande que tantas veces hemos mencionado, el mayor colector de las aguas zamoranas, y el único que no mana de nuestras montañas. Recorre una distancia aproximada de 18 kilómetros. Se trata del mismo río Guarenas que cambia el nombre al entrar en tierras zamoranas y al nutrirse de las aguas de estos valles. Se extiende por todo el flanco sur del municipio y su cauce natural fue modificado en parte por la construcción de la autopista de Oriente. Tiene el dudoso honor de recibir también las aguas servidas de Guarenas y Guatire, efectos estos que llegan al río sin ningún tipo de tratamiento, en franca violación del Decreto N° 883  del 11/10/95, que establece las Normas para la Clasificación y Control de Calidad de los cuerpos de Agua y vertidos o efluentes líquidos, publicado en la Gaceta Oficial Nº 5021, Extraordinaria, del 18 de diciembre de 1995.

Las Quebradas, chicas pero cumplidoras

En cuanto a las quebradas, la conocida con el poco elegante nombre de “Cañaote del Barrio”, otrora tuvo una denominación más ostentosa: los indios la llamaban “Taparaquao”, o quebradas de las taparas, y por su cauce fluía agua clara de manera constante. También se le llegó a conocer como quebrada de El Palmar, de Montiel, de los Pompa, hasta que decayó su grandeza y con ella la sonoridad de su nombre.
Otra quebrada  que vio pasar mejores tiempos fue la de Care, o Cara, cuyas aguas también fluían de manera permanente. Por los lados de la Urbanización  La Rosa (donde nunca hubo flores sino gamelote que los vecinos acudían a rozar, en busca de alimentos para los animales domésticos, por lo que la llamaron simplemente “la roza”), tenemos a la porfiada quebrada Muñoz, que en su terco discurrir se negó a morir ante la acción urbanística y reapareció a poca distancia con otro nombre, laguna La Rosa, para ver si la dejaban quieta.
Por los lados de El Rodeo, en un sector hoy llamado Altamira, muy cerca del botadero de basura, también corre una quebrada que en algún momento llegó a servir de mucha utilidad a los agricultores de la región, hasta que vino el progreso y le interpuso un basurero; en su mejor época llegó a conocerse como la quebrada de Ceniza, cuando sus aguas regaron este pequeño valle ubicado en la entrada de Araira. Por su parte, el cauce de la quebrada de Canela sólo corría agua durante el invierno tropical.

Nuestra intención y anhelo imperecedero

Nuestra pretensión no es otra que la de insistir en la necesidad de establecer un programa de rescate de nuestros ríos, que permita, a la vuelta de quince años, verlos fluir nuevamente con la majestuosidad de antaño. Las leyes otorgan facultades a la comunidad organizada para tratar este problema que es demasiado delicado e importante como para dejarlo en las exclusivas manos de los dirigentes políticos, que por lo demás han demostrado ser incompetentes para solucionarlo.






 

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